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El bolívar en la unidad de cuidados intensivos

Este régimen es despreciable por muchísimas razones.  Pero una de las más resaltantes es la de haber acabado con la economía.  Del colapso de esta se derivan casi todas las demás calamidades que azotan al país: la fuga de cerebros, la emigración de cinco millones de compatriotas, la carestía de los bienes esenciales de consumo, las infinitas tribulaciones que causan los apagones y la falta de agua, las crisis en las instituciones que hasta ese momento habían tenido comportamientos más que aceptables (Pdvsa, las FAN, el BCV, etc.), el deterioro de la vida en sociedad, la pudrición del aparato policial y pare usted de contar.

Las conversaciones diarias ya no son acerca del peligro del bicho chino y a quiénes ya agarró entre los conocidos, ni si Trump ganó o perdió; ni siquiera de lo desenfrenados que están los malandros.  Ahora todas se refieren a la economía (doméstica, pero economía al fin): lo raudo que van subiendo en los supermercados los precios de los alimentos y demás requerimientos hogareños, de cuántos meses sin cocinar con gas tenemos, lo mala y cara que está la gasolina importada —porque los ineptos no son capaces de producir algo que ya exportábamos a mediados del siglo pasado: combustibles.

Todo, por la infame, nefasta, combinación en el poder de unos “socialistas” obcecados en que todos debemos ser iguales (sin importar los méritos hechos para sobresalir en algo) y, por tanto, hay que emparejar por debajo; con unos politicuchos que creen legítimo gastar hasta lo que no se tiene para complacer a sus amos allende el mar (cubanos, chinos, rusos, iraníes) y comprar amigos internacionales; más unos corruptos que no les importa si el país se va al diablo con tal de no ser tan iguales como preconizan los ilusos nombrados de primero. 

Todas sus acciones han matado al signo monetario de toda la vida y que impone la Constitución.  Pero ellos actúan al igual que algunos galenos poco escrupulosos que, a sabiendas de que el paciente ya está legalmente muerto, lo mantienen artificialmente con vida en la UCI para seguir expoliando a los familiares (ya casi deudos).  El régimen continúa dándole oxígeno al bolívar para poder seguir pagando la abultada nómina y a la recua de sigüíes que mantienen nariceados a punta de bonos con el mal llamado “carnet de la patria”.  Crean la ilusión de que gastan, cancelan y remuneran.  Pero con unos billetes que no cuentan con respaldo, solo con la complicidad de la junta directiva del Banco Central.  Unos individuos que tienen la responsabilidad constitucional de preservar la solidez del signo monetario pero que se han doblegado (uno sospecha las razones) y se han convertido en meros acólitos del mondongudo usurpador y sus cómplices.

Unos billetes que ni bien hechos son: pálidos, como si quisieran ahorrar la tinta para poder imprimir más.  Y que tampoco es que circulen mucho.  Si no fuera por las transferencias, los pronto-pago y los pago-móvil ya la economía se hubiera terminado de paralizar. 

El bolívar, en términos prácticos, ya no existe.  Es indefendible.  En el pasado propuse este reto: vayan a una agencia de fotocopiado y pida que le hagan un facsímil a un billete de 50 mil.  Después pregunten cuánto costó la copia…  Aquel, para todos los efectos prácticos, fue reemplazado por el dólar estadounidense; toda la población y los agentes económicos han adoptado al dólar como moneda funcional.  Ya no es más un asunto de economistas o especialistas monetarios; es de la gente ordinaria que entiende que debe defenderse.  Hasta el tipo que le mide la presión de los cauchos a uno quiere cobrar en dólares.  Pero como es un pobre ignaro que no sabe el valor real de sus servicios (y como no han comenzado a circular los quarters, dimes y nickels), pide un dólar.  ¡Por lo que, cada caucho revisado sale en no menos de doscientos mil bolívares!  La deformación es tal que, si solo revisara un carro al día; al final del mes ya hubiera ganado más que un profesor universitario, o que un general retirado…

Nos maravillábamos de que hubiese países, como El Salvador u Honduras, que vivieran de las remesas enviadas por quienes estaban de inmigrantes de algún país del primer mundo.  Hasta que nos tocó a nosotros.  Hace un montón de años, le escuché a Orlando Ochoa que los países se hacen ricos por su capital humano y el ahorro nacional.  Que son los dos recursos, ¿renovables, no renovables?, que Venezuela está exportando masivamente.  La cosa se ha empeorado de esa fecha para acá.  Y ahora somos los nuevos salvadoreños u hondureños: esperando que llegue lo que pudo remitir el pariente (quizá quitándose el trozo de la boca para aliviar a los menesterosos que dejó atrás.

Leo por ahí que se estima que en Venezuela hay circulando una masa de dólares que sobrepasa los dos mil millones.  Vale decir —tomando en cuenta que solo quedamos unos veinticinco millones habitando en Venezuela—, que hay un promedio de ochenta por cabeza.  Que estén mal repartidos, es otra cosa.  Pero, si la memoria no me engaña, al final de la Segunda Guerra Mundial, a cada alemán se le entregaron sesenta marcos, la nueva moneda impuesta por los vencedores para reemplazar al viejo e hiperinflado signo monetario anterior.  Y funcionó para llevar a las dos Alemania a los niveles acostumbrados de producción empresarial, empleo cónsono con la situación fabril, y la consecuente estabilidad monetaria.

¿Podrá algo parecido ser la solución en Venezuela?  Eso sí, después del empujón inicial, tiene que acabarse el Tío Rico repartiendo bonos por cualquier cosa…

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