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El chavismo: epílogo del fracaso

La historia de la crisis venezolana actual, o el menos la del capítulo que transcurre desde que asumió la presidencia Nicolás Maduro, será juzgada, me atrevo a pronosticarlo, de una forma mucho más diáfana y sencilla de lo que el gobierno y los venezolanos de esta hora se están figurando.

El tinglado propagandístico en torno a la guerra económica, ahora ha mutado hacia la retórica antiyanqui, se desarrolla procurando esconder el nudo en el cual tiene su seno el verdadero debate que han sostenido los chavistas con el resto del país durante todos estos años.

La discusión venezolana es la misma que ha tenido lugar en casi todo el mundo en estos casos: la dimensión ética, los alcances y la viabilidad de los modelos de propiedad.

El alto mando bolivariano, con o sin su líder, tuvo a su disposición todo el dinero, el mandato popular y el control de los factores de poder en Venezuela para ejecutar la encomienda que tenía en la cabeza. Dejar atrás la corrupción, la impunidad, la traición a la esperanza popular.

El chavismo pudo dominar a sus anchas la escena parlamentaria; ha podido legislar por decreto en varias ocasiones; creó varios fondos nacionales para los excedentes petroleros y llevó adelante, no sólo un insólito plan de expropiaciones, sino que usó su popularidad y vigencia antes las masas para malponer al sector privado frente al país, tomando sus estructuras de forma integral y controlando arbitrariamente todos sus pasos.

Se suponía que, liberado de los escollos, Chávez y sus ayudantes podrían concretar la puesta en marcha de la «nueva economía»: esa en la cual el grueso de la gestión iba a descansar sobre la propiedad colectiva, de carácter solidario y complementario. La nación iba a quedar liberada de la «irracionalidad» neoliberal para asentarse en los plácidos dominios de la economía planificada.

Pasó en Venezuela lo que en todos lados. Lo que le advirtieron reiteradamente economistas, agentes financieros y observadores internacionales a los actuales moradores del Palacio de Miraflores. La gestión colectiva no paró en nada; no se pudo concretar modelo productivo alguno; el dinero de los excedentes petroleros se esfumó en componendas entre empresarios de maletín y funcionarios chavistas, y la crisis de productividad le abrió las puertas al vórtice de un endemoniado proceso inflacionario, del cual, al parecer, no hemos visto la peor parte. Los precios no los coloca la «mano invisible» del mercado, sino otra, bastante visible, la de los funcionarios corruptos, causante de la escasez de bienes y la sangría de recursos.

La gravedad de la crisis que está planteada en Venezuela tiene dos caras. Porta un costado estructural: un proceso de descomposición que estamos transitando desde los años 90, que se expresa en la debilidad institucional y la terrible decadencia del debate político. Una crisis social que los chavistas no han logrado detener, sino que, muy por el contrario, han agravado aún más con sus equivocaciones.

La esperanza nacional está sepultada, también, gracias a claves coyunturales.

Mora hoy en los sórdidos dominios del control de cambios y en la podredumbre que éste trae al remolque. Ahí está cavado el hoyo en el cual estamos ahora, gracias a una nueva secuencia de estupideces administrativas y decisiones disparatadas impuestas por el actual elenco dirigente.

Tenemos, pues, ante nosotros, como lo propone Manuel Caballero, la existencia de toda una crisis histórica: una crisis social, política, económica y moral gravitando sobre nuestras cabezas al mismo tiempo. No comenzó ayer: tiene poco más de 20 años de duración.

No damos con un modelo político que honre las demandas ciudadanas; no hemos logrado acordar en los fundamental para respetar la letra de la ley; no hemos hallado las claves para poner a crecer la economía sin inflación. No hemos podido consolidar instituciones dignas, que eduquen a la ciudadanía y la preserven del soborno, el chanchullo, y la rapiña. No lo logramos, ni con Lusinchi, ni con Pérez, ni con Caldera. Muchísimo menos con Chávez o con Maduro.

Los chavistas tuvieron todos los medios a su alcance, elecciones mediante, para hacer las cosas tal y como les había dado la gana. Lo único que hicieron fue agravar más el problema. Hoy el país está igual de pobre, y es tres veces más violento; tiene destruido su parque industrial y transita una enorme crisis de confianza entre sus ciudadanos.

Venezuela no está condenada a fracasar de forma continua. La crisis nacional no es el resultado de una tara estructural o un bache educativo irremediable, como con alguna frecuencia lo insinúan en esta hora algunas mentes simples.

Esta sociedad está intoxicada con un modelo de gestión que, en todo momento, está emitiendo estímulos negativos desde el poder. El fracaso de esos dos experimentos institucionales ­el de Punto Fijo y la Venezuela Bolivariana- no deben hacernos perder de vista que, durante buena parte del siglo XX, fue esta una nación amigable, con éxito económico y moneda fuerte, que había sido capaz de hacer la tarea de la democracia.

Parece quimérico imaginarse al progreso, pero no lo es. De hecho, la estabilidad y el desarrollo económico es, en este momento, la moneda corriente en América Latina. Los países de la región siempre celebraron las ocurrencias de Chávez y procuraron tenerlo de amigo. Ninguno de ellos, sin embargo, habría cometido la tontería de estar copiando los disparatados postulados económicos que le animaron.

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3 comentarios

  1. Muy oportuno el artículo del señor Moleiro porque a veces es necesario darnos un ´´respiro´´ para poder poner en orden las ideas y no perder la perspectiva dentro de este maremágnum de enfoques y puntos de vista tan interesantes, pero que a veces son excesivamente reiterativos. Y es que pensar que un cambio está a la vuelta de la esquina no parece muy probable, salvo que surjan imprevistos e imponderables que escapen a cualquier control y al menos, a la vista, no son detectables, al menos de momento. Así, por ejemplo, se habla de las elecciones ´´parlamentarias´´, pero no se ve por ninguna parte el que se haya alcanzado un nivel de motivación elevado como para generar el deseo de una participación masiva. El público elector lo que hace es observar de lejos el drama de los partidos políticos con sus conflictos y confrontaciones ; y un gobierno empeñado en gobernar, desgobernando.

    Tiene razón el señor Moleiro cuando habla de ese proceso de decadencia nacional que se venía incubando desde hace muchas décadas atrás y que pareciera se incubó con el mismo parto de la mal llama democracia. Una etapa que ha tenido una corta duración y que se agotó en pocas décadas para desembocar en una fase terminal con el advenimiento del chavismo. Todo dentro de un continuon que nos tiene en el fondo del foso, pero dentro de una misma línea que ha tenido su permanencia en el tiempo y que hoy se expresa en lo que somos y tenemos. ¿ A donde nos conducirá esta crisis a la que pocos le ven solución ?. Nadie lo puede decir a ciencia cierta, pero es evidente que nada bueno se presagia en el horizonte.

    No se trata de que mañana tengamos de nuevo el gobierno de los partidos ; tampoco, el que compremos de nuevo la ilusión de ser hombres libres y que afirmemos que recuperamos la ´´democracia´´. El problema es mucho mas complejo. Se trata de ver que tipo de democracia queremos ; que parte del país se puede reconstruir y cual parte se debe sepultar ; estudiar de que manera podemos reinstalarnos en la comunidad global ( concepto que no existía en los años 60 ) ; admitir dentro de la ruina en la que nos encontramos que hay que volar bajo y despacio, hasta que aprendamos a encontrar nuestro sitio dentro de una nueva realidad nacional que no tiene nada que ver con la bonanza petrolera del pasado. Hasta puede que en pocas décadas el petroleo pierda mucho de su valor estratégico y nuevas fuentes de energía limpia nos lo hagan ver como algo sucio y contaminante.

    La clave es saber construir el modelo que se ajuste a nuestra realidad, necesidades y posibilidades. Y es que si bien es cierto que el modelo tipo Pacto de Punto Fijo funcionó un tiempo históricamente breve y que el modelo del Socialismo del Siglo XXI, ha sido la culminación de una etapa mortalmente decadente, vemos como una ´´contradicción´´ el que la Venezuela ´´bonita´´de la prosperidad y el modernismo, se haya realizado precisamente gracias a aquel pacto de Punto Fijo. Tal vez, fue tan solo una falsa ilusión de democracia que como afirmábamos al principio, llevaba dentro de sí, el gérmen de su destrucción. Y donde el modelo ´´bolivariano´´ ha venido a ser el final de todo este proceso de destrucción. Así visto, ambos modelos están hermanados y el uno existe gracias al otro. Como hermanos siameses mas no gemelos. La diferencia esencial es que bajo ´´Punto Fijo´´ se aprovechó mejor el recurso petrolero y con el ´´bolivarianismo´´ se despilfarró ; pero al final, ya no queda nada.

    La creación de un nuevo modelo ajustado a nuestras posibilidades, pasa necesariamente por un proceso educativo que genere una cultura del ´´no petroleo´´ y además, en materia de organización política, el deslastrarnos de ese peso específico que ha sido nuestra herencia ibérica que ha diferencia de lo que se opine en contrario, si creo que tiene algo de atávico y puede que hasta genético en nuestra manera de hacer y entender la política. Y el que le debamos a España lo poco o lo mucho de lo que somos, son hoy en día realidades diferentes y cada quien debe seguir explorando sus caminos para alcanzar sus propias realizaciones, según sean sus necesidades y proyectos de país que pueden ser complementarios, pero no idénticos.

    De momento, dejemos el asunto hasta aquí y llamemos al ´´proyecto´´ el Modelo X, pues primero hay que darle cristiana sepultura al señor ´´Punto Fijo´´ y a la señora ´´Revolución Bonita´´ ; del ´´hijo por nacer´´…ya veremos.

    PS.: Excelente y motivador artículo señor Moleiro. Lo felicito.

  2. ¿Saben porque aparece tanta gente en las manifestaciones del Chavismo?, porque les pagan, pero las cosas estan tan mal que ahora les pagan con paquetes de harina de maiz y cafe.

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