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El despeñadero venezolano

El orgullo engendra al tirano,

cuando inútilmente ha llegado a acumular imprudencias y excesos,

remontándose desde el más alto pináculo, se precipita en un abismo de males,

del que no hay posibilidad de salir.

 Sócrates

El despeñadero ha jugado un papel importante en la historia de algunas naciones como  es el caso de España, donde el mismo ha sido instrumento de justicia, de venganza, verdadero ejemplo de lo que puede ocurrir cuando las pasiones se desbordan y la racionalidad se va de viaje.

En efecto en la historia hispana encontramos dos ejemplos que ilustran el rol del despeñadero en ocasiones distintas: el Despeñaperros y el Puente de Ronda.  El primero debe su nombre a los efectos de la celebérrima Batalla de las Navas de Tolosa, cuando los cristianos ibéricos derrotaron a los musulmanes, también denominados peyorativamente perros, en pleno desarrollo de la larga y lenta Reconquista.  Al término de la cruenta batalla buena parte de los musulmanes derrotados intentaron huir de los cristianos, adentrándose en los montes del despeñadero, sin embargo, los abruptos e intransitables relieves de la particular orografía del lugar, hicieron que muchos murieran en su huida cayendo por los desfiladeros, los capturados eran igualmente arrojados al vacío.

Lo ocurrido en el Puente de Ronda es mucho más reciente, aunque no menos cruento y patético, durante la Guerra Civil Española, se desarrolla en la ciudad  de Ronda el fratricida episodio que inspiró a Ernest Hemingway en su obra Por quién doblan las campanas, cuando en el año 1936, al principio de la fatídica  guerra, cerca de medio millar de simpatizantes del bando sublevado, fueron arrojados desde el puente hacia el río  Tajo, como una brutal represalia a la libertad de pensar distinto.

Afortunada o desafortunadamente, según la óptica del que lo vea, Venezuela cuenta con innúmeros desfiladeros, barrancos, puentes, cajones y rascacielos que pudieran ser propicios para despeñar a los que han despeñado al país, para arrojar al vacío a todos aquellos que han colmado a la otrora feliz y buchona patria en un verdadero vacío, instalando la nada, el no hay, por doquier, en hospitales, farmacias, supermercados, panaderías, carnicerías, pescaderías, universidad des y lo que es peor, en el alma, en la esperanza de los sufridos súbditos bolivarianos.

Perfecta y profunda razón tenía Sófocles cuando, sin conocer el Socialismo del siglo XXI, ni a la Revolución Bolivariana, y mucho menos a ese cascarón de oprobio denominado PESÚ, sentenciaba.

Un Estado donde quedan impunes la insolencia y la libertad de hacerlo todo, termina por hundirse en el abismo.

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