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El diálogo franco y verdadero

Johannes Tauler  (en castellano Juan Taulero), nacido en Estrasburgo hacia el 1300, fue un notable y profundo teólogo dominico discípulo de Eckhart. Nadie, dijo, “se impregna mejor del sentido de la verdadera distinción como quien ha entrado en la unidad”…“igualmente nadie conoce verdaderamente la unidad si ignora la distinción.”

Jacques Maritain recoge esas expresiones en una de sus obras más importantes[1] y la complementa explicando que “todo esfuerzo de síntesis metafísica, particularmente si tiene como objeto las complejas riquezas del conocimiento y del espíritu, debe pues distinguir para unir.”

Ambas expresiones, la de Tauler y la de Maritain, que desde luego se presentan en un terreno radicalmente distinto de lo que en este escrito estoy tratando, que no es el de la metafísica, pero no por ello deja de ser pertinente si uno se detiene en la propia expresión de Tauler y de Maritain y no en la profundidad misma de lo que expresaron.

En efecto, lo expresado por Tauler puede simplificarse en estos términos: quien entre en la unidad se impregna del sentido de la verdadera distinción y nadie conoce en verdad la unidad si ignora la distinción. Y, por su parte, añade Maritain: Hay que distinguir para unir.

Descendamos ahora de los altos vuelos de la razón y parémonos en el suelo de nuestra Nación. Vamos a otear en nuestra historia republicana, comenzando por la Cuarta República que no fue, como equivocadamente siempre se dice, la de Rómulo Betancourt en 1959 sino la de José Antonio Páez en 1830, y viajemos con la mente y el recuerdo histórico esos 186 años que nos separan de esa verdadera Cuarta República, para constatar historia en mano, si el presente que vivimos los venezolanos en estos ya demasiado largos años de “socialismo del siglo XX”, no es el peor uno de los peores momentos de esta Patria calificada como “bendita tierra de gracia.”

Los gobiernos de la IV República: dos de Páez; dos de Soublette; y el lamentable del Doctor Vargas, que atropellado por el cínico Carujo hubo, después de haber regresado al mando por gestión de Páez, retirarse definitivamente de toda opción política. En 1846 terminó esa primera etapa republicana, llamada de la Oligarquía Conservadora. La segunda etapa, entre 1847 y 1858, llamada de la Oligarquía Liberal fue catastrófica: Con la Presidencia asumida por José Tadeo Monagas, que inició en Venezuela la fatal práctica del abuso de los mandatarios. Entre otras cosas, recordemos que Monagas asaltó al Congreso e inició el estilo violento y perverso propio de otros posteriores gobiernos. Es suya esa frase “la Constitución sirve para todo”. Frente a esos atropellos, Páez se alzó en Apure, pero fue derrotado y apresado vejatoriamente, haciéndole recorrer las calles de Valencia. Sentenciado a muerte, al final Monagas lo dejó salir de Venezuela. Monagas designo Presidente a su hermano José Gregorio, pero después hubo muchos conflictos que terminaron con el poder de los Monagas cuando se alzó el Gral. Julián Castro (uno de los actores del golpe contra Vargas) en 1858.

La Guerra Federal surgió, entonces, como resultado de específicos intereses políticos y económicos que enfrentaron a conservadores y federalistas y de la frustración de un gran sector de población desprovista de toda suerte de riquezas y privilegios, con el agravante de que, al desamparo que quedó de la lucha por la independencia, se sumaron más de dos décadas vividas sin esperanzas. Este, sin dudas, ha sido de nuestros más difíciles tiempos. Pero como lo escribiera Domingo Alberto Rangel, “la Federación ya estaba falsificada desde Coche. Y el peón hecho general por la gloria de un combate no deseó ser el brazo ejecutor, en el gobierno, de la voluntad de justicia de las masas. Prefirió despojar a los oligarcas, sustituyéndolos en el vértice de la absurda estructura social de la época.”[2] Luego una serie de cambios de gobernantes, fue conduciendo la una nueva generación para asumir el poder. Cuando el federalismo triunfó, quienes habían alentado esperanzas de cambios favorables vieron hechos como los que ejemplificó el gral Falcón, victorioso de la guerra, quien entre sus amigos y allegados repartió pródigamente beneficios materiales obtenidos en los combates. Los historiadores han recogido la indignada expresión del federalista general José Loreto Arismendi, descendiente del héroe margariteño Juan Bautista Arismendi: “Luchamos cinco años para sustituir ladrones por ladrones, tiranos por tiranos.”

Una nueva generación estaba por llegar al poder: Tres líderes jóvenes destacaron  y ejercieron la Presidencia: Falcón, Guzmán y Crespo. Los tres ejercieron la Presidencia. Falcón, a quien no le gustaba permanecer en la Capital; su presidencia no duró mucho y su mano derecha fue Guzmán Blanco. Cuando al fin decidió dejar el poder, lo asumió éste. Todos conocemos la historia del gobierno de Guzmán: tiranía despótica, atropelladora del clero, con un ego inmenso que le hizo autoconstruirse estatuas, sin duda logró cierta modernización del país, especialmente en Caracas. Lo sucedieron gobiernos militares y civiles con mandatos de 2 años como el de Joaquín Crespo quien ya había ejercido el cargo en los paréntesis de Guzmán, el de Linares Alcántara, quien trató de prorrogar el mandato de dos años impuesto por Guzmán; el de Rojas Paúl, quien restableció las libertades y la armonía en el país. Más tarde vino la dictadura de Crespo y su muerte en combate y el gris gobierno de Ignacio Andrade, que fue derrocado por Cipriano Castro en 1899. Castro tuvo un gobierno catastrófico, hecho propiciado por su conducta tiránica y personal, pero contó con el apoyo de Juan Vicente Gómez, quien le financió y le acompañó en su expedición.

Lo demás es historia muy conocida, desde Gómez hasta nuestros días. Pero hay algo muy importante que destacar: ninguno de los gobiernos, desde el de Páez en 1830 hasta el de Caldera en 1998, jamás permitieron que el extranjero tomará posesión de nuestro país. Hemos tenido 168 años en lo que han habido muchas turbulencias, pero jamás, como en su tiempo lo expresara Cipriano Castro “la planta insolente del extranjero ha osado hollar el sagrado suelo de la patria”.

Después del breve y apretado recuento de nuestra historia, volvamos a considerar lo escrito por Tauler y Maritain que fue señalado al inicio de este escrito. Desde luego, es imposible en esta corta reflexión presentar detalles, ni siquiera los voluminosos, que puedan explicar nuestra conmocionada historia. Pero si a ver vamos, y se nos ocurre divagar sobre las posibles, probables o creíbles razones de ese nuestro acontecer histórico, no parece que sería un error el pensar que uno de los factores, entre los principales de todos, que puedan dar razón parcial de ello, es que “quien entre en la unidad se impregna del sentido de la verdadera distinción y nadie conoce en verdad la unidad si ignora la distinción. Y, por su parte, añade Maritain: Hay que distinguir para unir.”

Sí!  La falta de unidad es un elemento importantísimo a la hora de indagar sobre los múltiples porqués de nuestro proceso histórico-político.  El asunto es que nunca hemos aprendido, y menos practicado en nuestra historia republicana el que “hay que distinguir para unir” y que “nadie conoce en verdad la unidad si ignora la distinción”.

Nos hemos enfrentado los unos contra los otros, casi sin pensar que “el otro” es un yo semejante al mío.  Reconocer y vivir esa semejanza, esa identidad que al mismo tiempo que separa está llamando a la unión es lo que es clamado por el solo hecho de ser personas humanas, sujetos de eminente dignidad a los ojos del Creador.

Hay que distinguir para unir, pero no hay verdad de unidad si se ignora la distinción.

Bajo esa premisa y penetrando en ella, me permito recoger lo que hace poco expresara María Carolina Machado. Dijo ella:

“Hoy tenemos tres opciones: huir, sucumbir o insurgir. Huir, que sería negar la realidad, lo propicia el régimen al imponer el Plan (de destrucción) de la Patria; el cual excluye -en su esencia- cualquier posibilidad de diálogo. Tengamos presente que el silencio sólo abre la puerta de la servidumbre. Sucumbir sería traicionar nuestro legado histórico: libertario, demócrata y republicano. Insurgir es la única opción. Significa la decisión individual de persistir hasta reinstaurar la democracia.

Ello requiere un liderazgo amplio, firme y dispuesto a arriesgar y a arriesgarse; entendiendo el riesgo como un acto de responsabilidad.  A lo largo de nuestra historia, lo más grande que hemos hecho como pueblo, ha sido impulsado por nuestras creencias, por la fuerza de nuestras aspiraciones. La más poderosa de ellas, el ejercicio de nuestra soberanía y la libertad. Hay que distinguir para unir, pero no hay unidad si se ignora la distinción. ¿Será posible un diálogo al interno de la oposición que pueda unir distinguiendo?.

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[1] Maritain Jacques. “Los Grados del Saber”, Tomo I. Ed. Desclée de Brouwer.

[2] Rangel, Domingo Alberto. “El proceso del capitalismo contemporáneo en Venezuela”. Colección Humanismo y Ciencia.

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