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El docente y el poder del discurso

El octubre de 1964, el filósofo y escritor francés, Jean-Paul Sartre (1905-1980), lo anunciaron como ganador de Nobel de Literatura de aquel año. Sartre lamentó la decisión de la Academia sueca porque él había advertido que no lo quería recibir. Expresó en aquél entonces: “Un escritor que adopte posiciones políticas, sociales o literarias debe actuar solamente con sus propios medios, esto es, el mundo escrito. Todos los honores que pueda recibir exponen a sus lectores a una presión que no considero deseable”. Esto fue una demostración de un hombre que actúa como piensa y es leal a sus ideas y coherente con su percepción de la vida y del contexto en el cual se da esa vida. De la misma manera, es la postura del docente en su discurso pedagógico, ante todo aquello que le atañe o incide, en el mundo real.

Para reconocer el perfil humano de los docentes, basta ir al mundo social, desde la perspectiva de la teoría neo-kantiana, la cual le confiere al lenguaje y en general a las representaciones, una eficacia simbólica de la construcción de la realidad, está justificada al estructurar la percepción que las personas tienen del mundo social, la nominación contribuye a la creación de la estructura de ese mundo y es reconocida en el aula de clase o en la institución, por los estudiantes, quienes por consenso son influenciados por una conducta ejemplar de un ser que actúa como piensa y crea valores.

La ciencia humana, engloba la teoría del mundo, contribuyendo a imponer una manera autorizada de verlo; la realidad de este mundo se da entre  enfrentamientos de visiones, siempre pretendiendo adherirse a la autoridad simbólica a la cual el estudiante se somete, y donde el docente es el que da el punto de equilibrio y tiene que conservar la tutoría de esa autoridad simbólica y el poder socialmente reconocido, le impone una cierta visión del mundo social, pero sin dejar de lado las acotaciones que puedan llegar a hacer los estudiantes sobre determinado tema y sin negarles la posibilidad de crear valores en su integralidad.

Es decir, el docente toma su espacio a través del poder de las palabras, siendo estas un testimonio entre otros y la autoridad llega al lenguaje desde afuera, y como máximo también el lenguaje se limita a representar esa autoridad, la manifiesta, la simboliza dentro de la institución con una retórica característica.

Ahora bien, ese docente que actúa como piensa, visualiza la autoridad como un mandato de obediencia a la moral y los principios y valores sociales; no los refleja como idoneidad en el discurso frente al educando, ya que su método de hablar de algo y por un largo periodo de tiempo, es una cuestión de mostrar el conocimiento y enseñar las estrategias para llegar a él. La regla fundamental es que hay que hablar de lo que se obtuvo en la formación personal, de asuntos y cuestiones que nos interesan y que además consideramos importante transmitir a otros.

El docente brinda sus servicios sobre temas incluidos en el círculo de sus conocimientos anteriores obtenidos por su formación y desde allí preparar lo que se va a decir frente al educando, logrando de esta forma una mayor profundización del tema, con una cierta antelación el en el tiempo para que sea eficiente el proceso de enseñanza-aprendizaje. Cabe destacar en relación a los criterios que han de regir la selección del tema, que no solamente están en función de la voluntad y posibilidades del emisor, sino en función de la necesidad y demanda del receptor, es decir, que el docente tiene una gama de posibilidades en cuanto a temas a desarrollar y el estudiante un potencial de necesidades e intereses.

En este sentido, todo docente cumple una función y esta es la de transmitir conocimiento, tratando siempre de verificar que el educando adquiera tales conocimientos, para hacerlos personas formadas con un cierto nivel de capacidad y puedan desenvolverse en sociedad con dificultades ínfimas de acuerdo a lo que se ha aprendido y es válido que cuando se habla en clases es por algo.

A todas estas, el discurso pedagógico toma importancia desde la voz del docente. En la plenitud del Imperio Romano, Cicerón, se dijo que los fines del discurso pueden ser reducidos a cuatro aspectos: deleitar la imaginación, ilustrar el conocimiento, influir sobre la voluntad y mover las pasiones. En los fines se puede denotar la intencionalidad del docente en el método que esté utilizando, de modo que las intenciones pueden ser:  Informar, se trata de dar a conocer lo más objetivamente posible, una serie de datos, información y hechos referentes a una cuestión, que es el tema central de la clase, comúnmente utilizado para presentar el contenido para que el estudiante realice la correspondiente interpretación del texto o lo desmembre con otra técnica dada por el profesor.

Es importante distraer, esto se hace cuando se quiere entretener divertir, o llevar a un relajamiento agradable. Generalmente en estos casos el docente utilizará anécdotas y sobre todo una buena dosis de humor, se usa generalmente cuando el educando perdió la motivación de la clase de forma que se vuelva a retomar el tema y que nadie pierda el hilo conductor de la clase.

Así mismo, el docente en su discurso pedagógico busca convencer; en este caso se tiene el propósito de influenciar, modificar y transformar opiniones. Para convencer, en primer lugar, es necesario estar convencido uno mismo y ser sincero, excluyendo toda trampa o falacia y demagogia, hay que ofrecer datos, hechos, pruebas, o sea, dirigirse en especial a la inteligencia. Utilizado generalmente cuando se pretende implementar la autoridad del discurso, ya nombrada y modificar malas interpretaciones del alumno y convencerlo de lo contrario mediante la presentación de pruebas contundentes en cuanto a los contenidos vistos.

Un buen docente, persuadice con su discurso, no solamente se presenta una realidad o problema sino también se asume una posición, y se trata de persuadir al educando para que asuma esa posición, con ella se pretende influenciar fuertemente las actitudes y las conductas que llevan a la acción. Para persuadir hay que movilizar las emociones en el claustro, mostrando paralelamente las necesidades y las posibilidades reales de satisfacerla, demostrando sinceramente que es por su acción que pueden conseguir sus objetivos y salir de la situación actual frustradora e injusta. Para persuadir se necesita una intervención docente, donde se emplearán palabras cargadas de emoción, como libertad, lucha, justicia, entre otros. En este aspecto se busca orientar hacia los objetivos actitudinales que previó el docente, o sea, que intenta formar personas que tengan una cierta actitud frente a los problemas de la sociedad, en este último caso son los más difíciles de evaluar, ya que necesitan de una manifestación en hechos emotivos.

Si bien los propósitos o intenciones del docente en el uso de su discurso pedagógico es separar buena parte de los contenidos, para la retroalimentación, existe una simultaneidad de propósitos en una misma y sola intervención, por ejemplo, se puede informar, convencer y persuadir, como no se puede convencer y persuadir si no proporcionamos información y para mantener al grupo áulico atento también hay que entretener y distraer; esto evita que los que escuchan se cansen de hacerlo.

En concreto, los datos e informaciones que se obtienen por las lecturas y por la enseñanza, a través del discurso pedagógico del docente, no son suficientes para el completo dominio de un asunto. Se impone luego la propia «reflexión» sobre ellos y el empleo de nuestra «capacidad imaginativa”, para descubrir las relaciones que tiene nuestros conocimientos y nuestra experiencia con ellos, y, sobre todo, para organizar esos datos de manera que forme un conjunto sistemático y coherente de ideas.

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