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El fin del patrón dólar-oro

En 1944, en la ciudad de Bretton-Woods se fundó el Fondo Monetario Internacional, junto con el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento más conocido después como el Banco Mundial. El sueño de John Maynard Keynes se había realizado, esto es, de que un banco central mundial sustituyera al desaparecido patrón oro enterrado por las dos guerras mundiales.

 La idea central y motivadora consistía en que las devaluaciones competitivas, las restricciones cambiarias y las barreras comerciales habían empeorado, o mejor dicho provocado, la Gran Depresión. Como resultado, los países miembros del FMI sólo podían modificar la paridad de sus tipos de cambio en casos de «desequilibrio fundamental», estimando que la solidez de las tasas cambiarias individuales (excluyendo las devaluaciones competitivas) daría lugar a la estabilidad del sistema en términos globales. Sin embargo, es importante indicar que únicamente el país miembro podía proponer una modificación de la paridad; la única facultad del FMI era aprobar o no la modificación propuesta. Recordemos que durante años Venezuela, sostuvo una paridad en que beneficiaba a las exportaciones de café y cacao, que habían experimentado una crisis por la sobrevaluación cambiaria ejecutada en 1934.

El sistema incluía elementos del anterior mecanismo monetario del «patrón oro», pero ahora, en lugar de que las divisas (monedas) estuvieran vinculadas directamente al oro, los países establecían sus tasas de cambio en relación con el dólar estadounidense. A su vez, Estados Unidos estaba obligado a proporcionar oro, bajo demanda, a cambio de los dólares acumulados en los bancos centrales extranjeros al siempre precio oficial de 35 dólares por onza. Todas las divisas vinculadas al dólar tenían así un valor constante en términos de oro.

En una casi extraordinaria renuncia a la soberanía nacional en aras del bien común mundial, los gobiernos mediante sus sus bancos centrales   se comprometieron a mantener una paridad fija para su tipo de cambio frente al dólar estadounidense, a menos que se enfrentaran a un «desequilibrio básico o fundamental» en su balanza de pagos. El FMI prestaría reservas (normalmente dólares) para que los bancos centrales pudieran mantener la paridad ante perturbaciones temporales de su balanza de pagos sin «recurrir a medidas destructivas para la prosperidad nacional o internacional».

El sistema operó más o menos, razonablemente bien durante casi más de dos décadas. Sin embargo, se presentaron inconvenientes. Los bancos centrales de los países deficitarios con monedas sobrevaloradas a menudo retrasaban las devaluaciones necesarias por miedo a sus consecuencias políticas e indeseables. Mientras tanto, los países con superávit, que disfrutaban de una ventaja de competitividad comercial, no tenían ningún incentivo para revaluar sus monedas. Esto es, lo que los abogados y expertos llaman “conflicto de intereses”.

La experiencia de los años 60 nos enseñó claramente que este equilibrio medio inestable de las tasas   de cambio de los países podía entorpecer el ajuste necesario, provocando crisis traumáticas de la balanza de pagos que causaban la inestabilidad del sistema, especialmente si estaba metido allí una de las principales economías (por ejemplo, el Reino Unido). El aumento de los flujos de capital privado implicaba   que cualquier síntoma de una posible devaluación enviaría miles de millones de dólares fuera de un país deficitario – precipitando así la devaluación – y hacia países con superávit que lucharían por contener las consecuencias inflacionarias de las entradas de capital.

A comienzos de la década de 1970, Estados Unidos experimentó una crisis de la balanza de pagos de esta clase, causado principalmente a sus laxas políticas monetarias y fiscales internas, ya que intentaba financiar los costos de la guerra de Vietnam y los programas de la «Gran Sociedad», de Lyndon Johnson junto con las pocas ganas de los principales países con superávit (especialmente Alemania y Japón) a revaluar sus monedas. En la medida que Estados Unidos perdía reservas de oro, Nixon decidió cerrar la llamada ventanilla o taquilla del oro. Aunque la intención era forzar a los países con superávit a revalorizar sus monedas, ya que el dólar era el eje del sistema, la acción de Nixon hizo derrumbar el sistema, de una vez por todas.

El colapso de Bretton Woods (y de su efímero sucesor, el Acuerdo Smithsoniano) indujo un replanteamiento fundamental sobre lo que daría estabilidad al sistema monetario internacional.

Al concebir el sistema de Bretton Woods, se había partido de la base de que la fijación de las divisas individuales en relación al oro o al dólar proporcionaría algo de estabilidad al sistema. Sin embargo, después los funcionarios estadounidenses argumentaron que la simple fijación de la tasa de cambio aportaría rigidez, no estabilidad. Los intentos de mantener la paridad (incluso mediante restricciones cambiarias o controles de capital) cuando el tipo de cambio se desajustaba de las políticas nacionales sólo daban lugar a retrasos onerosos -y en última instancia inútiles- en el proceso de ajuste externo.

El   nuevo principio   aspiraba a que la estabilidad del sistema dependería menos de la fortaleza intrínseca de las tasas cambiarias individuales en sí, más de que las políticas nacionales se fundamentaran sobre la solidez interna (crecimiento ordenado con baja inflación), lo que daría lugar a tasas cambiarias estables, pero no excesivamente rígidas o inflexibles. Así se permitiría un ajuste externo oportuno, cooperando a su vez con la estabilidad del sistema monetario internacional en general.  Si bien, aunque ya no se exigía a los países que declararan y mantuvieran una paridad fija para su tipo de cambio, para evitar posibles devaluaciones/depreciaciones competitivas u otras manipulaciones monetarias, se le requirió   además al FMI que mantuviera una «estrecha vigilancia» sobre las políticas cambiarias de sus miembros.

La experiencia ulterior (especialmente tras la crisis financiera mundial de 2008) ha demostrado que incluso esa estabilidad interna puede no ser suficiente para el equilibrio mundial del sistema cuando concierne  a países de gran relevancia dentro del sistema monetario. En la actualidad tanto la Reserva Federal como el Banco Central Europeo le están inyectando liquidez en el mundo industrializado o desarrollado para mantener tasas reales negativas de interés. Sea como sea, el sistema de tasas cambiarias no exhíbe un equilibrio constante, sino que necesita casi consuetudinariamente un apoyo, algo sustancialmente diferente al patrón oro que rigió al mundo entre los años 1875-1914 y que le insufló al mundo crecimiento económico sin estallidos inflacionarios.

En este contexto, es conveniente exponer que Venezuela se apartó del patrón oro, cuando modificó la Ley del Banco Central en 1974 para plantear definitivamente que el valor de su unidad monetaria (billetes denominados en bolívares) no tenía porque estar respaldado en oro.  Es positivo señalar a este respecto, que en los años 1950-75 el bolívar estuvo entre las monedas más sólidas del mundo con un poder adquisitivo superior al dólar de Estados Unidos y al franco suizo (véase: cuadro en página 142 en libro La desnacionalización del dinero, Madrid, Unión Editorial, 1983, escrito por F. Hayek).

Cabe mencionar por otra parte, que de acuerdo a recientes informaciones, en los actuales momentos la Reserva Federal posee 8.100 toneladas de oro equivalentes a un 78% de sus reservas internacionales. Alemania por otro lado, posee su banco central 3.300 toneladas de oro, equivalentes a su vez de un 74% de sus reservas internacionales.

Algunos datos interesantes respecto al precio del oro. Desde el día 2-1-68 hasta ahora, el oro ha aumentado de precio en un 5.012,43%.  Durante la crisis bancaria del 2008 el oro aumentó su preció desde 750 US $ la onza a 800 US $ la onza en el año 2011.

De hecho, el ambiente está dado para que el mundo industrializado y los países emergentes regresen al patrón oro para retomar la senda de   un crecimiento sano con baja o insignificante inflación, y minimizar el efecto de las malas políticas fiscales con un sistema monetario sólido y confiable.

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