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El llamado de nuestra patria

Existe un vínculo muy profundo con la tierra en la que nacimos, de alguna manera nos sentimos unidos a nuestro terruño; es como si el hecho de haber nacido en un lugar nos sellara con un sentimiento de pertenencia. De la misma manera que al nacer corre por nuestras venas la sangre de nuestros progenitores, así también corre por nuestro ser un manantial de sentimientos de orgullo y de amor por nuestro país. No importa donde nos encontremos, cualquier cosa que veamos o escuchemos de nuestra patria nos hace saltar el corazón.

Y así como el amor puede estar impregnado de una inmensa alegría; de la misma manera, podemos amar sintiendo una gran tristeza. Esa tristeza que proviene de los deseos y anhelos no cumplidos para la tierra que nos vio nacer. Todos lo hemos sentido, en menor o mayor intensidad; ninguno puede renunciar, aunque quiera, al vínculo con la patria. Pareciera, que de una manera irrevocable estamos enlazados con ella. De tal manera que el acontecer de nuestra nación nos afecta a todos y produce en nosotros más o menos felicidad.

Por lo tanto, así como estamos comprometidos con la familia en la que nacimos, y no deberíamos denigrar nunca de ella; de la misma forma deberíamos estar comprometidos con nuestro país. Y así como en una familia todos los miembros en su individualidad son importantes, pero ninguno aisladamente es una familia propiamente dicha; también en un país todos somos importantes como personas individuales, pero solamente juntos formamos ese conjunto llamado nación.

En la antigüedad las ciudades (naciones) estaban rodeadas de muros, con la finalidad de ser protegidas de los enemigos; en esos muros se encontraban las atalayas o torres desde las cuales los vigilantes podían atisbar cualquier cambio en el horizonte, y de esta manera dar aviso a las autoridades para tomar las decisiones necesarias a fin de hacer frente a la situación presentada. Cuando un muro o parte de éste era derribado o sufría cualquier cambio a consecuencia de los enfrentamientos era reparado de inmediato, puesto que suponía, para la época, la seguridad de la ciudad.

Gracias a la evolución del pensamiento del hombre, al respeto a los pueblos y a las libertades conquistadas, esos muros fueron desapareciendo y las fronteras se convirtieron sencillamente en delimitaciones trazadas en los mapas. Sin embargo, aunque no existen las paredes físicas, si existen esas murallas que no se ven, pero que están formadas por un conjunto de sentimientos, valores y principios que constituyen la moral de una nación.

En nuestra amada Venezuela los muros se encuentran derribados, solo que no hemos tenido un enemigo foráneo que se ensañó contra nosotros, sino que de nuestra propia tierra surgieron los detractores, que sembrando el odio más férreo han herido a la madre patria. Han utilizado el arma más letal para el alma del hombre, la cual tiene una característica de peste o enfermedad contagiosa, pues fácilmente se disemina, y poco a poco va convirtiendo al corazón de todos en el mismo pozo de amargura, incapacitándolo para vencer al mal con el bien. 

En la Biblia se relata la historia de un hombre llamado Nehemías quien al enterarse de que el muro de Jerusalén estaba en ruinas y sus puertas destruidas por el fuego, lloró y clamó a Dios pidiéndole perdón por los pecados de los Israelitas y por los propios, al mismo tiempo que le pidió le concediera éxito para la tarea de restauración del muro. (Nehemías 1). Luego se fue a su pueblo y alentó a sus hermanos a levantarse de la depresión y a reedificar. Por supuesto, fue despreciado por algunos, los cuales opusieron resistencia; pero él no se dejó amedrentar y confió en su Dios quien desbarató el plan de los enemigos; mientras él reunía a los que estaban dispuestos y repartió el trabajo para la reedificación del muro.

En el proceso, Nehemías no solo tuvo que tomar precaución contra las maquinaciones de sus adversarios, sino también tuvo que exhortar a sus coterráneos a la unidad y a rectificar caminos torcidos. No fue una tarea fácil, pero él se mantuvo en la oración: “Acuérdate de mí para bien, Dios mío” _“Ahora, Dios mío, fortalece mis manos”. _  Y también, dándole ánimo al pueblo: _“Venid y reconstruyamos el muro para que ya no seamos objeto de deshonra”. _” El Dios de los cielos nos prosperará, y nosotros sus siervos nos levantaremos y edificaremos”. _  (Nehemías 3 y 4).

Es un deber de todos en nuestro círculo de influencia desatar el poder moral. No debemos permanecer pasivos, no debemos mantener esa perniciosa actitud de indiferencia ya que más temprano que tarde todos somos afectados por la conducta imperante en nuestra sociedad. ¡Todos tenemos un círculo de influencia! El problema con nosotros es que subestimamos nuestra capacidad de influir positivamente en aquellos que nos rodean. Me atrevo a aseverar que la influencia positiva de cada uno, sumada a la del vecino, el amigo y el hermano puede llegar a lograr cambios sustanciales. Siempre estamos esperando que los cambios se den de arriba hacia abajo, es decir, desde el liderazgo hacia la sociedad.

Sin embargo, cuando en una sociedad el liderazgo está corrupto es el deber de los ciudadanos levantar sus luces en todos los aspectos de la vida de la nación. Porque, cómo podrá resistir un liderazgo corrupto ante la oposición moral declarada y exhibida públicamente de todas las sociedades científicas, de Historia, de Artes, de Ingeniería, de Economía, etc. Ante todas las sociedades de padres y representantes de las diferentes instituciones educativas. Ante todas las universidades, los colegios federados, los diferentes sindicatos de trabajadores y obreros. Ante las diversas empresas que se desenvuelven en la economía del país. Ante todas las ONGs, los líderes religiosos, la familia y todos los grupos de individuos reunidos con un fin moral. 

Ante la avalancha del bien el mal tiene que quitarse del camino. ¡La luz en las tinieblas resplandece! Debemos desatar el poder contenido en la influencia moral en todos los ámbitos de nuestra nación. Es tiempo de que los venezolanos invoquemos el nombre de Dios sobre nuestra nación. Es hora de pedir perdón, de enmendar los caminos torcidos. Es hora del quebrantamiento, pero no el de la tristeza que paraliza y destruye, sino el del arrepentimiento personal que nos conduce a rectificar. 

¡Vamos a levantarnos a restaurar nuestros muros!

“¡Cuán superior es la suma de las luces a la suma de las riquezas!  

Simón Bolívar.


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