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El maltrato de un país de intolerancia

Tanta política y tragedia económica han deshumanizado al país donde habitamos, al extremo de perder la sensibilidad ante el acontecer diario, donde el resentimiento refleja a flor de piel las heridas que deambulan personificadas en cualquier rincón de nuestra geografía.

Andar en Metro, la buseta, la avenida, la esquina del barrio es un espacio para la irritabilidad que habita en la mente de cada ser humano, quien sin desparpajo alguno manifiesta los sentimientos encontrados que sacuden su alma, con la agresividad característica del enemigo de guerra.

Aun cuando el gobierno a través de su costoso aparato publicitario nos abruma con el cliché de que somos “un país feliz”, inundado de amor hasta los tuétanos, los partes emanados de la morgue de Colinas de Bello Monte y de las ciudades del interior desmienten periódicamente el desaguisado gubernamental, al que solo le falta emitir una ley habilitante que decrete la felicidad eterna.

Ante tanta hostilidad en el ambiente el ciudadano requiere oxigeno social y no tiene otro lugar aparte del núcleo familiar, que no sea el ambiente de trabajo y la solicitud de servicios, y allí vuelve a rodar el caballo, al encontrarse salvo excepciones en el campo publico y privado con un nido de pirañas, que desmotiva cualquier petición o aspiración a ser cordialmente atendido.

Tradicionalmente en nuestra cultura de servicios se tenía al sector público, llámese alcaldías, gobernaciones, ministerios como la burocracia de la indiferencia, donde toda petición en la mayoría de los casos iba al sueño justo de la gaveta o a la aprobación del jerarca del partido gobernante. Situación que se mantiene hoy en instituciones gobernadas por oficialistas u opositores, salvo aquellas donde la descentralización dejó  huellas de calidad de servicio.

Pues bien esta arrogancia y descalificación al ciudadano se ha extendido al sector privado igualmente, de tal forma que en bancos, comercios, venta de productos o servicios, donde la respuesta es el desprecio o el chalequeo ante cualquier exigencia o solicitud de cualquier mortal.

¿Será que la hospitalidad y gentileza venezolana como cualidad nacional se fue a otra parte?, aun cuando debemos hacer la salvedad que existen islotes de instituciones publicas y privadas, donde se respiran otros aires de atención al publico con condiciones de gente y de humanidad. Siendo tan pocas que al ser asistidos plenamente creemos que estamos en otra región del planeta o en el nirvana de soñar no cuesta nada.

En verdad somos un país de millones de angustiados que concurrimos a diario a solicitar servicios al mercado, para encontrarnos  en este clima de escasez y desabastecimiento con empresas donde la calidad del servicio es “no exijas mucho porque te estoy haciendo un favor”.

Para una institución publica o una empresa privada presentar una imagen de atención cálida al ciudadano, es inmensamente beneficioso y literalmente gratis en materia de costos ante la inflación mas alta de la historia, donde una sonrisa alivie el tránsito a un mejor país.

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