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El milagro del arte en tiempos de coronavirus

Hace una semana pinté mi primera obra en tiempos de coronavirus. La pieza representa a la Madonna Nera del Sacro Monte di Viggiano, que es la patrona de la región Basilicata en la cual vivo desde hace unos años y de donde mis abuelos italianos por el lado materno emigraron hacia Venezuela en tiempos de crisis para buscar refugio y esperanzas de realizar un mejor futuro. Esta versión, que hice con un estilo moderno y con una referencia en el fondo a la forma del coronavirus, la titulé Madonna Nera Corona. Hoy en día, puedo decir con orgullo, se encuentra expuesta en la entrada de la muy católica y conservadora comuna de Marsicovetere y Villa d’Agri, principal centro civil de todo el valle del Val D’Agri, como un símbolo de integración.

Esta historia comenzó cuando pinté la obra y mis padres contactaron en el Vaticano a un cura originario de Venezuela que conocían desde hace décadas y que hoy ocupa uno de los cargos mas altos en la Santa Sede. Le envié la imagen y le pedí por favor si humildemente me la podía bendecir para darnos fe y que la Virgen Negra proteja a ambos países: Venezuela e Italia. Monseñor Edgar Peña Parra la bendijo y extendió la bendición de la obra de arte a todos los que veneren la imagen no solo en nuestras naciones con un vínculo tan particular, sino en todo el mundo, concretando así  un verdadero honor y milagro para un artista ítalo-venezolano como yo que la vida obligó a evolucionar entre dos mundos.

En estos momentos de crisis que impone la pandemia de coronavirus, nos damos cada vez más cuenta de que la humanidad es una y de cuáles son las cosas que más valor tienen. Más allá del dinero y objetos materiales, la cultura, el arte y la solidaridad son los vectores que más nos recuerdan nuestra condición de hermanos sujetos por igual a las realidades y retos de la naturaleza e circunstancias. En tiempos en los cuales reina el miedo y la xenofobia, deben vencer la resiliencia, la empatía y la identidad común a todos como seres humanos para que al salir de esta tragedia terminemos todos creciendo como individuos y colectivo. El hecho de que hoy todos aceptemos juntos que una simple tela con pigmentos de acrílico se vuelva un símbolo de fe común, de identidad compartida y de protección en tiempos tortuosos, es una victoria y un pequeño milagro individual que vale mucho más, aun cuando es apreciado por la sociedad en su totalidad. Una bendición que une, toma su máxima expresión y valor por sobre todas las calamidades cuando es compartida en una lucha común.

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