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¿El Mundial de Dilma?

Esto ocurrió hace siete años. Con el paso del tiempo las cosas han cambiado. Las inversiones milmillonarias, el despilfarro y la corrupción alrededor de la construcción o remodelación de los estadios de balompié y de las obras para las Olimpíadas de 2016, que se celebrarán en Río de Janeiro, han mostrado el rostro más envejecido y deteriorado de la élite gobernante.  Gente vinculada a Dilma Rousseff y a Lula da Silva son señalados como responsables de malgastar y apropiarse de los dineros del pueblo, que ya no siente el bienestar ni la prosperidad de antaño. El descontento se expresa por todos lados. En los meses pasados hubo revueltas que sacudieron a Sao Paulo, a Río de Janeiro y a otras grandes ciudades. Dilma tuvo que ceder a las presiones populares para evitar que el movimiento de protesta se extendiera y el país se incendiara. El último conflicto  importante fue el de los trabajadores del Metro de Sao Paulo, que puso en jaque la instalación del evento y el juego inaugural.

Los síntomas del malestar aparecen por todos lados. La popularidad de Dilma para las elecciones del próximo octubre ha retrocedido y su reelección se encuentra amenazada ante el avance de la oposición, especialmente del Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). La cita mundialista podría darle un nuevo aire a la Presidenta, en el caso de que a selección nacional quede campeona o subcampeona. Pero, si queda eliminada en las fases tempranas del torneo, ese podría ser el puntillazo a sus aspiraciones para volver a estar al frente del Gobierno. En las apuestas, Brasil es considerado favorito por ser la sede, pero todo el mundo sabe que no le resultará fácil vencer a sus poderosos enemigos europeos, latinoamericanos e, incluso, africanos. Tampoco su selección es evaluada entre las mejores que haya presentado la nación sureña.

Dilma pende en una medida importante del comportamiento de la selección en el Mundial. El triunfo justificaría, en parte, el derroche. Esta dependencia se debe a que no ha construido un sólido liderazgo ni en Brasil, ni en el resto del continente. En el frente internacional, especialmente en lo que concierne a Venezuela, prefirió convertirse en dirigente de la ultraizquierda troglodita y, aunque parezca paradójico, en jefa de Relaciones Públicas del grupo Odebrecht, que en la líder la visionaria que reclaman los demócratas de toda la región frente a los avances del autoritarismo izquierdista en Argentina, Bolivia, Ecuador y, donde más, Venezuela. El silencio cómplice de la señora Rousseff frente a la violación de los derechos humanos, el acoso a los medios de comunicación independientes y las elecciones fraudulentas, ha sido decepcionante.

Una potencia de las dimensiones de Brasil –entre las diez economías más desarrolladas y poderosas del mundo- no puede limitarse a ver hacia adentro y desentenderse de lo que ocurre en el resto de Suramérica e, incluso, de Latinoamérica. Los jefes políticos de grandes naciones en el mundo globalizado son también líderes internacionales. La señora Ángela Merkel representa un notable ejemplo. En América Latina, tal responsabilidad no corresponde solo a los Estados Unidos, cuyos presidentes siempre son acusados de “imperialistas” precisamente por quienes, situados a la izquierda del espectro político, no honran los compromisos internacionales que tienen.

El liderazgo de Dilma Rousseff va en declive. El Mundial podría salvarla de la hecatombe. Si el milagro ocurriese, sería gracias a la habilidad de los jugadores y del entrenador, no a la maestría de una Presidenta que ha ha decepcionado por sus numerosas inconsistencias.

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