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El Nosferatu caribeño

La dramática escena del arribo del Conde Graf Orlok o Nosferatu a la ciudad portuaria de Wisborg, en la que el vampiro desciende de su tenebroso navío junto a miles de ratas que invaden la ciudad, siempre me ha parecido la analogía perfecta para describir a Fidel Castro llegando a Venezuela, invitado por Hugo Chávez en el año 2000. El reality show titulado “Socialismo del Siglo XXI” implementado por el chavismo sirvió de escenario decadente para la propagación de la plaga de miseria y destrucción que asola al país. Wilfrido Vargas lo dice cantando: “Vampiro vampiro, te chupa el vampiro…”. El vampiro le chupó la sangre a Venezuela hasta el día de su muerte, dejándole el bagazo en herencia a su momificado politburó.

El film Nosferatu (1921), dirigida por F. W. Murnau y cuyo título original era Nosferatu, una sinfonía del horror, es uno de los más representativos del expresionismo alemán. Heredero de la novela gótica y del llamado romanticismo oscuro, este filme representa una premonición del derrumbe de los valores occidentales que viviría Alemania con el ascenso de Hitler y el nazismo.

Resumiendo su trama, el joven Hutter viaja a Transilvania para ofrecerle propiedades inmobiliarias al Conde Orlok. El vampiro, luego de apreciar la tentadora belleza de Ellen, su joven esposa, negocia comprarle una casa justo enfrente de la suya en la ciudad portuaria de Wisborg. Desde su arribo a la ciudad, Nosferatu conspira en las sombras y poco a poco comienza a chupar la sangre de sus habitantes y a propagar la peste. La ciudad, antes floreciente, comienza a arruinarse. Ellen, consciente del peligro, se entera que en lugar de una estaca en el corazón, Nosferatu sólo puede ser derrotado si una mujer pura de corazón decide sacrificarse para que se alimente con ella, entreteniéndolo hasta el amanecer. Ellen logra que Nosferatu vaya a su habitación, le clave sus filosos colmillos y beba su sangre. De pronto, amanece y el vampiro se desintegra al ser bañado por la luz del sol. Una tibia claridad invade a la ciudad y a sus habitantes liberándolos del maleficio. Ellen muere poco tiempo después. Cualquier parecido con la realidad venezolana es mera coincidencia.

Si bien Chávez fue quien invitó al vampiro a ocupar el país sin ninguna resistencia y chupar del codiciado petróleo que sustentaría a su isla en ruinas y a su decadente revolución, es bueno recordar que éste ya había sido invitado de honor a la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez en 1989, conocida como la “coronación” de CAP. En ese entonces, el vampiro fue glorificado por la crema de los intelectuales del país quienes, seducidos por su carisma, le entregaron el alma a través de una proclama henchida de loas. Una vez que la intelligentsia venezolana fue inoculada por la mordida del depredador, la conspiración comunista cobro más fuerza y comenzó su cuenta regresiva hasta dar el golpe en 1992.

Fidel Castro, que había expresado “no querer morir sin ver incendiada Latinoamérica”, le pasó el testigo de la subversión a Chávez en 1994, durante la visita de este último a La Habana. Una vez en el poder, Chávez adoptó el eslogan: “Patria, socialismo o muerte”, demostrando una vez más que las ideologías dogmáticas y sectarias que adoptan “la muerte” como su motto, son la fuente de un terrorismo grupal o de Estado, que al creerse poseedoras de una verdad absoluta, se arrogan el derecho de aniquilar en forma física o política a quienes se opongan a ella o a sus objetivos.

Escudados en una supuesta revolución de los pobres y esgrimiendo la bandera del antiimperialismo, la izquierda venezolana colocó en la mesa del juego político una desatinada apuesta de todas sus fichas a una marea de fondo antidemocrática orquestada por Cuba en asociación con militares neonasseristas y un caudillo populista, liados en una danza de la muerte con la narcoguerrilla, corruptos de todo pelaje, delincuentes y mafiosos. Una apuesta temeraria y nihilista al “se vale todo”.

Guy Debord, afirma algo perturbador: “La hostilidad abstracta hacia su propia sociedad los lleva a admirar o a apoyar a quienes son, a primera vista, los más grandes enemigos de ésta” (La société du spectacle, 1967). Apartando a las mafias militares y civiles, así como a la camada de delincuentes con los que se ha rodeado el chavismo en el poder, pensamos que lo que ha privado en muchos de esos intelectuales amancebados con este régimen militarista es la transacción, el resentimiento social, el desquite mediocre, el cinismo o la simple perversidad. Nos negamos a creer que se trata de ingenuidad o miopía, como la de aquellos que aún hablan del “Chávez bueno de la primera etapa”, como para librarse de responsabilidades, pero la llamada revolución bolivariana inspirada en el estalinismo caribeño y en los horrores de esa tiranía, desde sus orígenes estuvo a mucha distancia de la práctica del socialismo democrático moderno.

El beso del vampiro crea dependencias vehementes. La seducción y posesión sobre sus seguidores dio paso a una pulsión que floreció y dio sus frutos en el terreno de la psicopatía, al apoyar incondicionalmente los desmanes del régimen y la actitud perversa de callarse ante sus innumerables actos de violencia verbal y física que fueron convirtiendo al disidente, al adversario político o simplemente al que no piensa como ellos, en “enemigo” al que hay que encarcelar o aniquilar. Pasaron muchos años, antes de que algunos dirigentes de la oposición criticaran la entrega de la soberanía al tirano Fidel Castro y aún les cuesta llamar las cosas por su nombre: una feroz tiranía “comunista”, con todo el legado de crueldades, genocidios, retrocesos, pobreza y calamidades que conlleva el término.

Habría que realizar un estudio a profundidad de los que padecen de este síndrome que avala toda clase de desviaciones al sentirse seducidos por la fascinación de hombres fuertes y carismáticos como Castro o de tiranuelos mediocres como Chávez y Maduro. Según Mark Lilla (La seducción de Siracusa), “las ideologías mesiánicas son capaces de
generar feroces dictadores, pero también de cegar a los intelectuales ante sus crímenes. Un nuevo tipo social para el que necesitamos un nuevo nombre: el del “intelectual filotiránico”.

El país vive una ópera gótica de un oscuro estilo expresionista, una mezcla melodramática de elementos macabros y sobrenaturales, sus personajes actúan como peligrosos sicópatas interpretando al pie de la letra el guión violento y criminal elaborado por el vampiro, en un escenario desvencijado que patentiza la ruina espiritual y material de un país otrora próspero y amable.

El tan esperado amanecer desvanecerá la sombra del mal y disipará la atmósfera siniestra que ha invadido a Venezuela. San Juan lo dice en la introducción de su evangelio: “La luz brilla en la oscuridad y la oscuridad nunca podrá envolverla».

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