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El nuevo paredón

Muchas son las formas en que las dictaduras aseguran su estancia en el poder. Y una de ellas es la eliminación real o política del adversario. Un adversario que para ellos es un enemigo en una guerra por el poder. 

En estas dictaduras modernas, que se deben vestir con un ropaje  de democracia, la eliminación del adversario toma nuevas formas, pues hay que “guardar las formas”. Es decir, hay que hacer elecciones, aunque ellas no elijan o elijan poco.  El mundo confunde democracia con elecciones y cree o prefiere creer que donde hay una elección hay democracia. 

La democracia es un método de toma de decisiones con base al mayor consenso posible y no un sistema electoral.  Las democracias en  búsqueda de ese mayor consenso posible se desarrollan sistemas electorales orientados a que la mayoría decida con el voto, facilitando la alternancia en el poder y respetando los derechos de las minorías. 

Ahora bien, lo que conocemos por gobiernos democráticos no solo son democráticos en cuanto  a la toma de decisiones y a lo electoral, sino que además son Repúblicas, donde la autoridad del Estado se descentraliza y divide entre varios poderes, los clásicos: el ejecutivo, el legislativo y el judicial. Pero lo más importante no es que existan, sino que las instituciones donde reposan sean independientes y sólidas en sus responsabilidades republicanas.

Que haya elecciones y exista un poder judicial y otro legislativo además del ejecutivo, no convierte a ningún país en país “democrático”.  Y esto lo podemos constatar muy cercanamente en nuestra región.  Los casos más emblemáticos actuales son los de Nicaragua y Venezuela. Cuba no está en este grupo pues desde hace muchas décadas dejó de querer aparentar ser democrática. Aunque ellos hablan de otro tipo de democracia, una democracia de un solo partido y con elecciones internas que no son ni libres ni justas. Además en Cuba la oposición fue reprimida desde el principio y la oposición llevada al paredón. ¡Vaya democracia!

Ahora el paredón se ha modernizado, es menos cruento, pero igual de eficaz, se ha adaptado a un mundo más pendiente de los derechos humanos; al menos los referidos a la integridad física de las personas.

En la Venezuela chavista y la Nicaragua de los Ortega, entre otras cosas, se han cambiado las leyes y normativas electorales, eliminado la observación electoral internacional independiente y  a los partidos políticos les arrebataron sus representaciones, símbolos e incluso sus bienes se confiscaron. 

 Ahora en forma abierta los Ortega encarcelan a los precandidatos opositores que osan competir con ellos en las próximas elecciones.En Venezuela los principales líderes opositores han sido inhabilitados para las contiendas electorales, hechos presos con falsas acusaciones, exiliados, perseguidos y muchos con causas judiciales abiertas por, entre otras cosas, traición a la patria.  Todo lo anterior para someter a todas las instancias de poder del Estado a la autoridad de un déspota y su séquito. 

Mientras la República esté bajo el control férreo de una persona o un partido ( léase un cogollo) no se puede hablar de  elecciones democráticas.  En Nicaragua o en Venezuela ni siquiera si un sector o incluso toda la oposición decide presentarse a algunas elecciones, con fines de retar al poder de facto de esos países podemos hablar de elecciones democráticas. Una participación electoral no define a una democracia sino la praxis republicana de consensuar la vida de un país. 

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