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El odio como discurso político

Los discursos basados en el odio, la descalificación del adversario y el linchamiento moral que alienta Nicolás, el ungido de Miraflores y sus voceros, contra todo signo de disidencia política, nos retrotrae a la retórica utilizada por los regímenes inquisitoriales del siglo pasado. Son rasgos comunes en las Ideologías fundamentalistas basadas en el desprecio y exclusión del contrario.

La nomenclatura fachobolivariana ha impuesto a lo largo de estos últimos 15 años una matriz discursiva que incita al odio contra todo aquel a quien no considera un aliado incondicional de su proyecto. Discurso perverso y excluyente que popularizó el ya fallecido “comandante eterno”, quien siempre apeló a la intimidación, a la intolerancia, y a la incitación a la violencia frente al contrincante a quien tipifico como enemigo a destruir. Se recrea una imagen del otro que encarna todas las dificultades posibles y pensables y a quien se le convierte en el común denominador de todos los males sociales (escasez, inflación, violencia, desempleo, etc.). El tte coronel un avezado ejecutor del saber conectar las esperanzas y los deseos de amplios sectores populares en torno al amor-odio social, fue un creyente de que era más fácil unir a la gente alrededor del odio que en torno a cualquier creencia positiva.

Los últimos hechos de violencia acaecidos en el país, como el asesinato del Diputado Serra y el ajusticiamiento a manos del CICPC de 5 miembros de un grupo paramilitar afecto al régimen (colectivos en el neolenguaje fachobolivariano) ha profundizado el discurso del odio, de la mentira, de la calumnia por parte de los voceros del proyecto en el poder, algo muy característico de los fanatismos ideológicos. Ya lo decía el bastardo de Goebbels: «una mentira repetida mil veces se convertirá en verdad».

Apoyados en su poderosa maquinaria propagandística recurren a la manipulación de la información, a las burdas simplificaciones, a las exageraciones absurdas, y al victimismo paranoico a fin de imponer su matriz de opinión. Antes de disponer de los elementos probatorios que inculpen del delito a un  determinado sujeto o sector político, saltan como los tribunales de la Santa Inquisición a emitir veredictos condenatorios. El manejo irresponsable, inmisericorde y oportunista de las muertes de Danilo Ardenson, Eliezer Otaiza, Jesús Aguilarte y más recientemente los asesinatos del diputado Robert Serra y la joven María Herrera por parte de la elite cívico-militar son muestras de una subcultura ruin que le rinde pleitesía a la muerte a fin de obtener beneficios políticos. Más allá del dolor que los puede embargar por las muertes de sus camaradas, es la oportunidad “política” para seguir afianzando su mensaje de odio y de rencor a fin de aglutinar sus huestes ante la crisis que los devora internamente.

La “Venezuela bolivariana y bonita” se ha transformado en una especie de trinchera de guerra, donde cada ciudadano lucha por sobrevivir frente a un discurso oficial violento basado en el odio y la animadversión y ante una avasalladora ola de violencia que al ritmo de las balas se lleva a los mejores hijos de la Patria. Padecemos las consecuencias de un libreto basado en una cultura del odio y la violencia que institucionalizó el fallecido tte coronel vocinglero de Miraflores y que le ha dado continuidad el ungido de Maduro. Libreto que gira cada vez más en torno a un criminal terrorismo de Estado que criminaliza la protesta social y que dentro de su repertorio represivo contempla el uso de grupos paramilitares afines al régimen –integrados mayormente por delincuentes- los cuales a pesar de actuar al margen de la Ley, disfrutan de la mayor impunidad en sus actividades delincuenciales.

La cúpula bolivariana intenta justificar bajo el paragua de su siniestra revolución la calumnia, la difamación, el agravio, la mentira y la incitación al odio y a la violencia. Para el grupete cívico-militar que “desgobierna al país”, la paz es la guerra y el amor es el odio, algo propio del mundo orwelliano donde los términos significan lo contrario producto de un neolenguaje confuso y engañoso.

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