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El papa regresa a Corea del Sur

El papa Francisco, que no ceja en su empeño de ser él mismo y no deja de sorprender a las comunidades religiosas del mundo entero con sus valientes afirmaciones sobre el estado de las cosas, se encuentra hoy en el tercer día de su histórica visita a Corea del Sur. Desde hace 25 años, cuando Juan Pablo II llevó a cabo su segunda gira por la nación asiática, no iba por aquellas tierras ningún pontífice a encontrarse con los 5’400.000 católicos –cifra pequeña comparada con las de otros lugares, pero nada despreciable en un país de cincuenta millones de habitantes– como una manera de seguir recuperando el contacto con las naciones del Lejano Oriente, que nunca ha sido fácil.

Llega Bergoglio en un momento muy delicado para la relación entre las dos Coreas. La del Norte, que no ha reaccionado nada bien a los llamados del papa para que sus ciudadanos de fe participen en las ceremonias que se llevarán a cabo en Seúl, no solo ha lanzado una serie de misiles al mar en señal de protesta, sino que luego, en medio de una visita papal llena de llamados a “la estabilidad en la península coreana”, a “los esfuerzos en favor de la reconciliación”, a “la paz duradera”, ha mantenido un incómodo silencio, que significa “no se metan en nuestros asuntos”. Corea del Sur, que ha visto crecer el catolicismo entre sus habitantes, ha celebrado la idea de Francisco de beatificar a los 124 mártires coreanos que siglos atrás fueron asesinados en la defensa de su fe.

Se dice con razón que la visita del papa a este país es también el intento de comunicarse con la República Popular China y de restablecer con estas relaciones diplomáticas, que se rompieron en 1951. Según ciertos cálculos, cerca de doce millones de católicos viven en China. Pero, por la animosidad de las autoridades contra el Vaticano desde que el régimen de Mao Tse-tung expulsó a los misioneros cristianos en el 52, no es nada fácil seguir fiel a esa fe cuando se vive en territorio chino. Perseguidos y vigilados a más no poder por funcionarios implacables, los católicos del gigantesco país han demostrado gran valor a la hora de aferrarse a sus convicciones, y muchos se han visto obligados a reunirse en la clandestinidad.

El papa Francisco, consecuente con su estilo, empezó su visita eligiendo un pequeño carro popular, de la marca surcoreana Kia, para viajar por Seúl. Ayer, viernes 15, ni más ni menos el día de la independencia, pidió ante 50.000 fieles, reunidos en el estadio de Daejeon, “combatir el encanto de un materialismo que ahoga los auténticos valores espirituales y culturales, así como el espíritu de la competencia desenfrenada, que genera egoísmo y lucha”. Se encontró con un grupo de familiares de las víctimas del trágico naufragio del ferri Sewol, y luego, en la tarde, se vio con 6.000 jóvenes en la Tierra Santa de Solmoe.

Pero hoy, cuando beatifique a los mártires, en la Puerta de Gwanghwamun, ante una multitud que se calcula será de un millón de personas, el papa dejará a los países asiáticos el mensaje de que ha llegado el momento de que el catolicismo no vuelva a ser considerado una anomalía, un enemigo, una sombra en la cultura en el Lejano Oriente. El catolicismo tiene puesta su confianza justamente en el estilo abierto, sincero, de Francisco. China, a la luz de la simbólica visita papal a Corea del Sur, se ha limitado a decir que está lista para mejorar su comunicación con el Vaticano. Quizás los tiempos, como en la canción de Dylan, al fin estén cambiando.

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