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El que matraquea, vence

La perseverancia como un valor agregado al trabajo, la perseverancia como lema de vida. Aquella lección me sirvió para cuando me convertí en madre de una niña especial, pues con su perseverancia, la mía  y una enorme dosis de amor, hemos logrado grandes cosas. Sin embargo, me duele comprobar a cada rato que en esta Venezuela de hoy no es quien persevera el que vence, sino el que matraquea.

La matraca se ha institucionalizado. Prácticamente no existe un lugar en donde –de una manera u otra- no matraqueen. En unos es claro y directo “tienes que cancelar tantos miles de bolívares en efectivo para la doctora”, en otros, solapado detrás de un “eso podemos arreglarlo de otra forma”. Todo esto desparpajadamente frente a los inmensos carteles que dicen que ninguna transacción se hace en efectivo y que instan a denunciar al funcionario corrupto  que le exija pago más allá de las tarifas estipuladas.

Y la situación es la misma en todos los ámbitos: desde los fiscales de tránsito en esas interminables alcabalas “cazamujerestontas” y “hombresconcarasdericos” que terminan “bajándose de la mula” para poder seguir, aun teniendo todos los papeles en regla, pasando por el empleadillo de ministerio que se redondea un sueldo mediocre poniéndole precio a los “favores” que hace, hasta los jueces que mediante intermediarios hacen saber al mejor postor que “el juicio se arregla por trescientas tablas” o los más sofisticados que envían vía Blackberry los datos de  las cuentas de sus testaferros en el exterior y en moneda dura. Nada de bolívares débiles y devaluados. Todos tenemos una, dos, tres o muchas experiencias cercanas de este tipo.

Lo peor es que el sistema de matraca es tan sofisticadamente perverso que muy difícilmente saldremos de él. Es como un hueco negro que se va comiendo todo, en una suerte de espiral que no termina.

Si usted se pregunta por qué algo funciona tan mal cuando es fácil que funcione bien, sospeche que hay matraca por detrás… o por delante. Pongo un ejemplo simple: mi hija tenía pasaje para salir de Venezuela y la ruta que tenía fue cancelada por la línea aérea. Tuvo que emprender un periplo maratónico de ésos que aparentemente se convertirán en el devenir de todo venezolano que quiera salir del país, como lo es salir por Cúcuta. Sí, el aeropuerto Camilo Daza de la ciudad de Cúcuta es, por obra y gracia de la deuda bolivariana, el aeropuerto internacional más importante y con más tráfico de Venezuela. Pero llegar a Cúcuta es una odisea. Todos los vuelos al Táchira están llenos. Ella llegó al aeropuerto sin pasaje y el empleado de una aerolínea le dijo que por Bs. 3000 “la montaba en el avión”.

Es decir, que no es que no haya cupo. Es que los cupos están bloqueados y se desbloquean –pago mediante- a un empleado de la aerolínea. Y las quejas ante cualquier organismo público no prosperan. Porque las comisiones de las matracas pican y se extienden. Todos los involucrados, desde el que matraquea al cliente hasta el que debe procesar la denuncia, comen de la torta.

Por eso es que muy pocos denuncian. “¿Para qué lo voy a hacer si eso no va a prosperar”?… Esta desidia alimenta la matraca. Para adecentar este país hay que agotar todas las instancias de denuncia. Alguna tendrán que oírla y si usted puede documentarla, ahora que es tan fácil tomar videos, fotos y hacer grabaciones con los celulares, estará colaborando a romper el círculo de la matraca.

Así que póngase de acuerdo con sus amigos si quiere que sus hijos y nietos –los que aún estén aquí- sigan viviendo en Venezuela, y la próxima vez que alguien trate de matraquearlo, arme un escándalo por todos los medios que pueda.

Henri Bergson escribió sobre pueblos de moral abierta y moral cerrada. Los primeros son quienes cumplen las leyes por la convicción de que son buenas para ellos. Los segundos, por el temor al castigo. Si hubiera conocido Venezuela en el s. XXI hubiera escrito también sobre los pueblos sin moral. Y lo peor es que esto de que «el que matraquea vence» no nos parezca una tragedia.

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