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El sonido de la libertad

Antonio José Monagas

Pareciera que Venezuela se hubiese dejado zarandear feamente por los vaivenes del tiempo. Entrada la década de los ochenta, del siglo XX, cuando el país enfilaba sus capacidades y potencialidades para apropiarse de tecnologías necesarias que le permitirían la esperada “renovación del Estado para así adecuarlo a las exigencias de una estrategia de desarrollo integral y armónico dentro de un concepto humano y social de la economía, la política y la cultura”(Del VI Plan de la Nación) se vieron truncado importantes objetivos del desarrollo estimado e iniciado.

En los años noventa, terminaron de enquistarse posibilidades que, tiempo atrás, se habían activado. Aunque lo que realmente remató el proyecto de país en ciernes, habida cuenta de las dificultades implícitas, fue el fallo político que registró la liberación del militar golpista, quien luego de aventurarse a conquistar el respaldo de venezolanos desinformados y carentes de preparación y conciencia política, en Diciembre de 1998 alcanzara la presidencia de la República. Aún cuando no con el porcentaje de votos logrado anteriormente por otros presidentes.

Sin embargo, este hecho fue demostrativo de la desesperación que para entonces vivía el venezolano por causa de la indolencia de partidos políticos del status quo, los cuales abonaron en este venezolano todas la fuerzas suficientes para repudiar el ejercicio de la política tal y como venía exponiéndose. Es lo que se ha denominado: antipolítica.

Justamente, en medio de aquel fragor político y social, caracterizado por contradicciones, incumplimiento de promesas, argucias, intimidaciones y manipulaciones de grosero talante, el venezolano común comenzó a pervertirse política, social y económicamente. Todo esto, habilitado y animado por un discurso político que exaltó la mentira, la aberración y el chantaje como recurso de gobierno. Así, el gobierno central se dispuso a ganar el espacio político que su afán de poder fue determinando en el tiempo.

Puede decirse que Venezuela, lejos de avanzar a instancia de las exigencias del desarrollo económico que daban la pauta para que toda sociedad ingresara al siglo XXI en términos de las ventajas comparativas y competitivas de cada nación, fue atrasándose. Así fue quedando rezagada. Siempre embriagada por los sorbos del populismo. Éste, combinado con un extraño y maléfico socialismo, dando lugar a un desmedido proselitismo apoyado en el inmenso flujo de dólares petroleros que inundaron el respectivo mercado.

Venezuela no llegó a ubicarse en lo que las nuevas realidades planteaban y azuzaban. Sus gobernantes no dejaron que esto sucediera. Aún, en beneficio del país en general. Mientras que otros países, antes de finalizar el siglo XX, ya habían comenzado a insertarse –adelantadamente- en el siglo XXI, Venezuela retrasaba su ingreso a los nuevos tiempos. El miltarismo dominante, actuó de un modo vulgarmente alcahueta. Se dedicó a deformar al país a partir de tácticas dadivosas que sólo determinaron la violación de valores morales y principios políticos. Al punto que el país cayó en desgracia. La corrupción hizo que desaparecieran (como por obra de magia negra) ingentes recursos. Recursos cuyo destino debió ser el crecimiento de la economía, sumado al aumento de la calidad de vida del venezolano. Pero nada se hizo. El país se fue a la “banca rota” afectando todo el entramado institucional dependiente del presupuesto nacional. Pero igualmente, se vio derrumbado el sector productivo. Asimismo, la educación universitaria de condición autónoma, la escuela, los servicios públicos, el valor monetario, la infraestructura soporte de la comunicación vial nacional, particularmente.

Hoy se vive un momento en que no se conocen soluciones. Pero sí los problemas. Y que además, son incalculables. No obstante, debe reconocerse que las realidades cambiaron. Son distintas de todo aquello sobre lo cual se depararon los conflictos que ocuparon la atención del venezolano y del mundo entero, hasta diciembre de 2018. Ahora, 2019, brindó las oportunidades para configurar las realidades, tal como son merecidas por el país.

Ahora la realidad venezolana es otra. Se agotaron los argumentos que sirvieron a las altas esferas gubernamentales a vociferar discursos y blandir chácharas chapuceras. Prueba convincente de esto, es la movilización del pueblo venezolano cuyo camino vino labrándose desde 2002. Pero es en el curso de estos días de 2019, cuando sus pasos han comenzado a grabar las huellas al recorrerlo. Por eso, ha decidido transitarlo contra vientos tormentosos que se cuelan entre mogotes, fístulas y chamizos.

Sin embargo, a pesar de toda dificultad, los venezolanos sabrán llegar al otro lado. La salida está finalmente mapeada y decidida. La ruta, está trazada sobre tres fases características de su relieve (político) que el caminante sabrá reconocer. Más si desde el comienzo del recorrido, se cuenta con el eco de la democracia. Aunque el mismo, contrapuesto a las inclemencias del clima, no será óbice para sentir los azotes del frío reinante. Igualmente será motivo, para escuchar el silbido del aire en ráfagas que engrincharán la piel, tanto como retumbará en la conciencia de cada caminante, y a manera de orientación. Es sencillamente, la euforia que incita escuchar y sentir el sonido de la libertad.

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