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El valor de la palabra y el juramento

En el Sermón del monte Jesucristo le da un lugar al poder de la palabra dada en forma de compromiso, nos habla del juramento al que estaban acostumbrados los antiguos hebreos. Como en los ejemplos anteriores al hablar de la ley y del adulterio, nos lleva a una dimensión de consciencia espiritual mucho más profunda, mostrándonos que al jurar por el Cielo o por la Tierra, por Jerusalén o por nuestra propia cabeza, nos quedamos muy cortos al dar nuestra palabra con estos testigos como garantía, puesto que no tenemos la capacidad de hacer cumplir nuestra palabra en nombre de ellos, porque están muy por encima de nosotros.

No obstante, Jesús nos hace un llamado claro y preciso, el cual ha sido olvidado o ignorado por muchos, por siglos. Jesús señala que debemos dejar la práctica del juramento y añade que nuestro Sí sea un Sí verdadero y nuestro No sea realmente un No. Un reto, en un mundo en el cual, por una parte, el Si se entrega para quedar bien, para no entrar en argumentación, como decimos coloquialmente, para salir del paso. Es decir un Sí que enmascara la hipocresía. Y por otra parte, un No que pareciera prohibido, que al usarlo casi que inmediatamente le damos una connotación de negatividad, de rechazo, sin ni siquiera haber pesado las razones que lo sustentan. 

El verbo jurar proviene del latín “iurare” con la misma raíz de la palabra justicia “ius/iuris”. En su origen el verbo jurar significaba afirmar o negar algo poniendo por testigo a Dios. También el verbo “juramento” que nos compete en este análisis, proviene del latín “iuramentum”. Se considera un juramento a una afirmación o negación en la cual ponemos testigos de máxima significación en nuestra vida: Dios, la madre, el padre, los hijos, la patria, la bandera, la propia vida, la salud o el honor propio. 

Cuando ponemos a estos testigos como garantía de la palabra que damos en un juramento estamos asegurando o certificando que lo que declaramos es cierto, así como que el compromiso que estamos haciendo se cumplirá. El juramento es lícito por su origen y por su fin. Por su origen porque proviene de Dios, es un acto a través del cual se invoca y adora a Dios porque se cree que Dios está en posesión de la verdad, Jesucristo es la verdad. En uno de los libros del Pentateuco de Moisés, Deuteronomio, Dios le habla a su pueblo Israel y les dice: “Al SEÑOR tu Dios temerás, y al él solo servirás y por su nombre jurarás” (6:13). Por su fin, porque el jurar es poner a Dios por testigo de lo que se afirma. Es invocar la veracidad divina como garantía de la propia verdad.

Ahora bien, el segundo de los 10 mandamientos dice textualmente: “No tomarás el nombre de Dios en vano”, advirtiéndonos acerca de la seriedad de un juramento. Por lo tanto, al jurar falsamente por Dios, estamos tomando el nombre de Dios en vano. Por esa razón, Jesús conociendo profundamente la naturaleza humana, su corazón engañoso y la debilidad de su carne, nos insta a dejar de jurar y comprometer nuestra palabra. Sin duda, sabiendo que esta práctica requiere de un carácter forjado en el ejercicio de los principios fundamentales del reino de Dios, el cual Jesucristo vino a mostrarnos. Desnudando el corazón de los fariseos de la época que en sus juramentos, probablemente, usaban el nombre de Dios en vano, al poner a Dios como garantía a sabiendas que no estaban comprometidos con la palabra dada, esto es conocido como perjurar.

Perjurar significa jurar en falso, a sabiendas que no cumpliremos con nuestra palabra dada. También se considera perjurio cuando alguien con insistencia ofrece juramento para darle fuerza a su palabra y ésta es falsa. Además, cuando se falta a la fe ofrecida en el juramento, no solo cuando dejamos de actuar de acuerdo a la palabra sino cuando actuamos en sentido contrario a la palabra declarada. El apóstol Pablo en su epístola a los Efesios les dice: “Desechando la mentira, hablad verdad cada uno con su prójimo; porque somos miembros los unos de los otros”. (4:25) Fue el mismo llamado de Jesús al decir que tu Sí sea Si y tu No sea No, porque lo que es más allá de esto de mal procede. Sencillamente, porque cuando necesitamos respaldar el Sí o el No con un juramento, pareciera que estamos dándole lugar a una mentira que necesitamos encubrir.

En la actualidad no se habla tanto de juramento como en otras épocas, más bien se habla de promesas. Le prometemos a otros que algo es cierto o no. También tendemos a hacer promesas a quienes amamos, a Dios mismo o en ambientes o circunstancias en las cuales queremos que crean en nosotros, entonces empeñamos nuestra palabra prometiendo llevar a cabo algún tipo de acto. Con respecto a hacerle promesas a Dios, la Biblia nos dice en el libro de Eclesiastés (4:5-7): “Cuando a Dios haces promesa, no tardes en cumplirla; porque él no se complace en los insensatos. Cumple lo que prometes. Mejor es que no prometas, y no que prometas y no cumplas. No dejes que tu boca te haga pecar”. 

En conclusión, Jesús nos traslada de los juramentos de los Hebreos a la integridad de la palabra. Nos enseña que al hablar debemos ser responsables con lo que nos comprometemos a cumplir, porque la palabra por sí misma, al salir de nuestras bocas, debe estar sellada por nuestra consciencia espiritual de que toda palabra tiene trascendencia y al no cumplir con nuestra palabra los primeros afectados seremos nosotros mismos, al perder credibilidad. Además, por un espíritu de honestidad que nos impulse a actuar de acuerdo a lo que hemos prometido, ya que este es el único camino para edificar la confianza en cualquier relación, ya que solo de esta manera seremos congruentes con la fe que profesamos y creíbles en nuestras afirmaciones.

“Pero sobre todo, hermanos míos, no juréis, ni por el cielo, ni por la tierra, ni por ningún otro juramento; sino que vuestro sí sea sí, y vuestro no sea no, para que no caigáis en condenación”. Santiago 5:12.


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