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El viraje necesario

La semana pasada anuncié a mis pacientes lectores que a la de «El dilema chavista» seguiría esta columna y otra más en las que procuraré abordar la naturaleza de los cambios que urge implementar si queremos sacar al país del atolladero en que se encuentra. Primero, en el plano de lo económico, y luego, la próxima semana, en el de lo político.

Si destacáramos lo que nos une y no lo que nos separa; si los vastos sectores democráticos del chavismo (deslindándose del radicalismo comunistoide y totalitarista) buscaran un punto de partida común para la reflexión de lo económico con la oposición democrática (deslindada de la extrema derecha fascistoide, golpista y colonial), podríamos decir, alejándonos de inútiles juicios de valor, que Chávez quiso favorecer a las mayorías más pobres, a los que fueron excluidos por más de dos décadas de decadencia punto-fijista, y que lo hizo transfiriéndoles capital (público, básicamente petrolero) directamente, pero hasta tal punto que al final terminó por afectar al conjunto de las fuerzas productivas inhibiendo su desarrollo (que, Marx dixit, es condición sin la cual no es posible siquiera soñar en unas relaciones socialistas de producción sólo pensables con base en la abundancia y no en la escasez, en la creación incesante de nueva riqueza).

Tal estrategia fue condimentada, lógicamente, con controles y controles (sin percatarse de que el mejor control es el que la sociedad ejerce sobre sí misma, y eso es mercado, aunque, claro está, de Roosvelt y Keynes en adelante casi nadie niega el rol regulador del Estado), centralización, y estatismo desenfrenado. Así se conformó, de antes no de ahora, este contexto en el que estamos de baja producción, alta inflación y desabastecimiento.

Resulta por ello de mala fe que algunos voceros oficiales (lo dijo José Vicente Rangel, para mi propia perplejidad) digan que esto de hoy no se vivió con Chávez, como si todo hubiese comenzado con Maduro y no fuese cierto de toda certeza que las actuales atrofias de nuestra economía hunden sus raíces en una política económica errada de los últimos tres lustros y, para ser exactos, aún de mucho antes.

El error de Maduro (como el de Caldera de 1994 a 1996) ha sido, en todo caso, no haber impulsado los cambios que se requieren cuando sus tiempos eran política y electoralmente permisibles (todo el 2014) o pretender que ellos pueden tener algún efecto implementándose a cuentagotas. Todo lo cual hará cada vez más costoso social y políticamente el ajuste inevitable.

El viraje necesario está allí, esperando por la audacia del gobierno. Son medidas de sentido común que si los economistas del PSUV invitaran a sus camaradas de Ecuador y Bolivia e incluso Nicaragua para una reflexión común sobre la materia (por no decir de Brasil, Uruguay y Chile) le serían recomendadas por ellos: unificación cambiaria, aumento en el precio de la gasolina y sinceración en el de otras mercancías (subsidiando sólo algunos alimentos y medicinas), reprivatización de algunas empresas innecesariamente estatizadas, suspensión de gastos dispendiosos, revisión de algunos convenios petroleros internacionales, entre otras, nada de lo cual, dicho sea de paso, supone el desmantelamiento al menos de las más importantes misiones sociales.

El viraje necesario espera por la audacia del gobierno… y por la comprensión y apoyo de una oposición que, si el gobierno hiciese lo conducente, debería esquivar la tentación de hacer demagogia con el costo político y social que aquél supone. En lo que ahondaremos la próxima semana al abordar un tema esencial: el gobierno de unidad nacional y el nuevo consenso.

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