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El vuelo del alma

“Desde su llegada Rikomi surca diariamente la selva en todos los sentidos, buscando la corteza del árbol Virola elongata que sirve para preparar un potente alucinógeno. El seca esta corteza y la pulveriza finalmente antes de verterla en un largo tubo estrecho, herméticamente cerrado con una piel de sapo.  (Jacques Lizot, El Círculo de los Fuegos)

Chamán  es un término genérico que define el personaje que ejerce roles fundamentales en las sociedades aborígenes, como son el ser vínculo viviente entre lo sagrado y lo profano; creador y recreador de estas visiones del mundo; conocedor de los orígenes, y dador del cómo y el porqué de la realidad cósmica, natural y cultural, a través de sueños e inspirados cantos, y de experiencias inducidas que van desde abstenciones – sexuales, alimentarias, conductuales- y danzas, hasta el consumo de alucinógenos. Es guardián y dador de la palabra, y por ella y a través de ella, modela y determina los rasgos sociales  y estéticos de nuestras etnias. Al adentrarse en los océanos interiores de la humanidad recoge, como dirían los chamanes ye’kuana, “las aguas vivas del Akehuna para recubrir de nueva vida el hueso y la carne putrefacta de la muerte.” Por eso, uno de sus rasgos fundamentales es, como lo dijo Mircea Eliade  el de ser técnico del éxtasis, pues gracias a esa acción se desprende de sí al trascender a la dimensión de lo sobrenatural, transformando la historia sagrada en acción ritual.

El chamanismo es  un fenómeno que posee sus peculiaridades en cada contexto socio-cultural. Así vemos como dentro de la misma etnia warao se encuentran varios tipos de chamanes, cada uno con nombre y actitudes diferentes: los wisidatus, que tienen la capacidad de curar y proteger a la comunidad de fuerzas espirituales malignas; y los hoarotus y bahabarotus, que sin ser tan benévolos, curan, más ejercen poderes malignos, generalmente mortíferos, provocando la muerte lenta o súbita del individuo, ya sea por encargo o por propia determinación. Cada uno posee sus propios métodos de curación,  y cada uno domina fuerzas diferentes: jebu, por el wisidatu; hoa, por el hoarotu; y hatabu, dominada por el temido bahabarotu. Solo el wisidatu recurre a objetos rituales: su maraca (jebumataro) y su petaca (toro-toro), contenedora de Kanobo, el abuelo protector de los warao. Es el único que se somete a los ritos iniciáticos obligatorios para poder alcanzar tan relevante posición.

Los chamanes desde que son niños poseen rasgos en su personalidad que los distinguen de los demás miembros de la comunidad, cómo son la facilidad para entrar en estados de trance, poseer el gusto por la soledad, la meditación, la ensoñación, y ante todo, tener el don de la buena memoria.

Rasgo común del chamán es el constituirse en eje viviente de las sociedades dominadas por la oralidad y, a su vez, el encarnar la memoriacolectiva de cada una de ellas. De generación en generación ha sido el responsable de guardar, enriquecer y transmitir los saberes acumulados por milenios, por lo que gracias a este paradigmático ser, se han mantenido y desarrollado los más diversos conocimientos y experiencias bajo el manto sagrado que caracteriza al mito: al ritualizar la historia oral, ésta es vivida por cada miembro de la comunidad.

El chamán no sólo atesora y comunica claves esotéricas o cosmogónicas para relacionar esta realidad con el mas allá, sino también es hacedor de praxis: sabe cuándo cultivar la yuca; conoce las palmas con cuyas fibras crear múltiples y preciosos tejidos; sabe qué tronco específico cortar para construir un improvisado cobijo de caza, lograr hacer brotar el fuego, curar las fiebres altas, o construir los instrumentos musicales que acompañan sus rituales curativos y exorcizadores. Este conocimiento es fundamental dentro de las sociedades tradicionales, pues la enfermedad y la muerte tienen un origen sobrenatural; son provocadas por hechizos y espíritus selváticos, creencia ésta compartida por todas las etnias indígenas.

El chamán yanomamï acostumbra a masajear al enfermo para curarlo y exorcizarlo, ya que probablemente esté poseído por un espíritu selvático o hekura. Estos  masajes buscan expulsar las energías destructoras de la vida. Exorcismo por tacto, en ocasiones es usado sobre ellos mismos en danzas en las que buscan transformarse en animal selvático o espíritu y, transformados, poder liberar las almas robadas o introducirse en los diversos planos de su cosmovisión. En  la identificación mística llevada a cabo a través de la metamorfosis o mimesis, el chamán busca aprender la conducta y adquirir la sabiduría de los animales que habitan en su entorno, pues muchos de ellos son antepasados míticos que por accidente, azar o por alguna acción transgresora a la ética de la etnia, sufrieron esta transformación. A través de este estado de arrobamiento, el chamán hace contacto con los dueños de los animales y árboles para evitar represalias en la caza o en la recolección de los frutos selváticos.  

La parafernalia chamánica posee un carácter simbólico y sus formas son reiterativas, con diversos estilos según la versión de cada etnia. Entre los ye’kuana, los yanomamï, los panare y los piaroa se encuentran adornos plumarios vinculados al vuelo místico y a la ascensión simbólica a los diversos planos de su cosmovisión.

El chamán es creador de la parafernalia sagrada relacionada con sus diversas funciones, por lo que puede ser considerado creador de un arte tanto sagrado como profano, éste último relacionado a la cotidianidad, pues siendo cierto que todas las dimensiones de la cultura étnica son regidas por códigos míticos atesorados en la oralidad, no todas las formas estéticas que asume parecieran estar vinculadas a lo sagrado.

Estas manifestaciones cotidianas permiten adentrarnos en lo que se podría considerar la visión del mundo o filosofía de estas sociedades. Así, por ejemplo, acciones que parecieran de poca trascendencia sagrada para un extraño, como son el rallado del tubérculo de la yuca y la extracción del veneno de la harina de la yuca amarga para la elaboración del casabe y mañoco, son regidas entre los ye’kuana, por saberes chamánicos, a pesar de su aparente distanciamiento de lo sagrado.

Las raíces simbólicas de estos quehaceres se encuentran en los mitos del origen de la yuca, tal como lo evidencia la recopilación hecha por Marc de Civreux en su compendio de mitología ye’kuana. Solo a través de estos saberes obtenidos por el vuelo del alma del chamán  al sumergirse  en lo  sagrado   pudo llegar la yuca a la humanidad y la tecnología ancestral poder convertir en alimento este tubérculo y crear la tecnología para procesar la yuca amarga y extraerle el cianuro, como es el sebucán asociado simbólicamente a la boa, tejido de fibras y diseños estéticos, para la yuca dulce las culturas selváticas crean los bellos ralladores de yuca de piedrecillas, fragmentos de metal que revelan  formas de su arte sacro. También se trama alrededor de estas imágenes míticas el origen del fuego y de la cultura. Un ejemplo de esto es el proceso de elaboración del pan selvático, el casabe, donde el fuego ocupa el rol fundamental, tanto en la cocción de la harina de yuca, como en la alfarería, a través de la quema del budare, en este paso de lo crudo a la cosido de las sociedades tradicionales se materializa ese saber y  estética dominada por el los mitos nacidos del vuelo chamánicos a través de generaciones.

Es tal la importancia del fuego entre estas culturas, que casi todos los procesos de socialización giran alrededor de él, y esta dialéctica dinamiza la cultura. Entre los yanomamï, el hecho de que la fogata esté ubicada cercana al chinchorro en las noches, no sólo tiene un sentido práctico de espantar la plaga selvática, sino también de protección espiritual,   evidenciando  su concepción del gusto,  como lo es su admiración por la belleza de la leña ardiente y las lenguaradas de fuego, imágenes inspiradoras de sus pinturas corporales. Estos aspectos son relatados   mitos  donde se encuentran presentes tanto el fuego bajo el chinchorro como su relación — a través de los dibujos corporales— con los criterios estéticos de belleza masculina yanomamï.

El ser creador de cantos y transmisor de los saberes acumulados por generaciones, no debe ser subestimado por el chamán. Se ha dado el caso entre los piaroa, de chamanes expulsados de su comunidad por haber narrado de manera equivocada las canciones o mitos mágicos. Esto constituye una violación mayor, ya que de ellas depende la salud física y espiritual de la comunidad, al ser las tonadas que acompañan los rituales de “descontaminación” de las energías mágicas emanadas de los animales cazados, o de los hechizos de los brujos enemigos.  Así, cada comunidad  posee una clara distinción entre el verdadero y el falso chamán, tal como se evidencia en el mito yanomamï donde se cuenta cómo Yoawe perdió su poder chamánico. Otra de sus funciones es ser guía de las almas de los muertos.

La dialéctica que domina el cantar mítico chamánico se basa en el delicado equilibrio entre la innovación y la tradición. Alejarse mucho de sus estructuras y contenidos originales, al igual que el dar la espalda a los nuevos contextos históricos en que se insertan estas sociedades, puede poner en peligro a la comunidad. La reiteración ritual y la inmersión en el tiempo del origen equivalen, en las sociedades tradicionales, a recuperar esta fuerza energético-espiritual, y es el chamán el canal a través del que sucede ésta recuperación. Por esto, cuando nace un niño, se crea un cobijo, un bote, una maraca, un banco, un remo, un arco; se hace brotar el fuego y se recitan los orígenes míticos, pues se busca recuperar el vigor y la fuerza del génesis. Entre los yanomamï, ésta recuperación se observa en el proceso de elaboración  y en el untamiento de las flechas con el veneno del curare, acto que refleja la repetición de las pautas míticas sobre su origen.

El chamanismo no es función exclusiva del sexo masculino, pues entre los wayuu este papel también es desempeñado por la mujer, y son muy comunes los relatos de mujeres chamanes, aspecto que determina una concepción de estética particular dentro de su parafernalia. También en los relatos piaroa se encuentran narraciones mitológicas de mujeres dedicadas a las canciones y a las curaciones. Expresa sus concepciones del universo, a través de cada uno de los objetos rituales que usa. Ejemplo de éstos son los bancos chamánicos, símbolos de ascensión, pensamiento y creación; y las maracas, creadoras de armonías musicales exorcizadoras, las cuales se encuentran entre casi todas las etnias de nuestra geografía. A través de estos objetos la naturaleza es culturizada y sacralizada al traspasar las barreras del tiempo, materia y espacio profano, haciendo contacto el chamán con los dioses y espíritus auxiliares.

También son significativos los comportamientos y acciones del chamán. Danzar y cantar para expulsar a los malos espíritus, es acción común que vemos entre los chamanes de  todas las etnias venezolanas; chupar para extraer la enfermedad y soplar humo de tabaco o asperjarlo para limpiar el ser espiritual del paciente, es propio de los chamanes warao; y remontarse por horcones— símbolos mitológicos de las vías que conectan con los diversos planos cosmogónicos— es labor del chamán ye’kuna, quien dialoga y lucha para recuperar las almas robadas por las fuerzas sobrenaturales adversas, culpables de la enfermedad y la muerte en su comunidad. Técnicas curativas que incluso se encuentran presentes en el chamanismo siberiano, donde pudo haber tenido origen el chamanismo.

Dentro de estos marcos culturales, este conjunto de funciones, símbolos y comportamientos son percibidos como una totalidad,  que determinan la estructura de la sociedad, e inspira las formas que consideramos artísticas. Se evidencia en las estructuras, diseños y construcción de las casas comunales, determinados estrictamente bajo los cánones mitológicos. Es así como, entre los yanomamï, la disposición del patio central— donde los chamanes realizan sus danzas y ritos para proteger a la comunidad de los espíritus adversos de la selva— es reflejo de este principio fundamental; y entre los ye’kuana, la ubicación del horcón central— reflejo del axis mundi a través del cual se elevan a los diversos cielos o se  hunden en el inframundo— es símbolo del mismo principio de totalidad. Especial interés reviste en el chamanismo los procesos iniciáticos, poco conocidos dados su carácter esotérico y hermético.

 Dentro de nuestra concepción cultural, la figura del chamán estaría cercana a la noción de poeta, danzante, pintor, escultor, místico, curador, músico, profeta,  erudito…, fundidos todos en un mismo ser.  Por tanto, el chamán dentro de la evolución de la humanidad y en las sociedades tradicionales, fue y es uno de los ejes del surgimiento y conservación de la cultura, creador de vínculos indisolubles entre el cosmos y la sociedad.  

Como conclusión podríamos decir que del imaginario del chamán provienen las formas de su cultura material y espiritual al dar  forma y rostro a las cosas.

 También es el chamán el conocedor de las plantas curativas; depositario de conocimientos climáticos, astronómicos, zoológicos y etológicos; y sabedor de los códigos éticos que crean una visión del mundo que se adecua a los cambios. Estamos ante hombres que reflexionan sobre problemas existenciales y prácticos fundamentales en las concepciones del saber y el gusto de estas culturas. De ahí su importancia en la investigación del arte y la visión del mundo indígena, pues es él quien establece las pautas de la organización social, perpetúa a través de la oralidad los diversos saberes, desde cómo sería hacer un arco y todos los saberes pacticos…, y por tanto las formas y símbolos que materializan el lenguaje plástico de cada etnia, a través del cual humaniza y transforma su entorno natural.

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