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En Cualquier País Serio …

La historia nos refiere países que han sido y son gobernados por personas que buscan mantenerse en el poder a toda costa, sin que su prioridad sea el bienestar genuino de sus ciudadanos. En el ejercicio del poder, adoptan políticas económicas que pudiendo ser positivas en su intención, no pueden resultar siendo realmente beneficiosas en razón del contexto económico y político en el que están inscritas. Seguramente  algún lector perspicaz será capaz de identificar países y gobernantes que puedan ser catalogados de una u otra manera.

En cualquier país serio y responsable, el gobierno buscaría adoptar decisiones para orientar a la economía por una senda de progreso y bienestar cuando las circunstancias lo ameritan. Otros países pudieran avivar los problemas y mantener los desequilibrios como forma de generar mayor presión, especialmente cuando se aduce que estos son generados por agentes externos (nacionales y/o foráneos); así, tratarían de minimizar sus responsabilidades.  Obviamente, esta estrategia perversa haría que la población reclame derechos y el gobierno otorgue o ceda a sus peticiones “a cuenta gotas”, haciendo a los ciudadanos dependientes de las dadivas del gobierno. Sin embargo, son condiciones donde nada se resuelve realmente porque no se adoptan decisiones integrales que atiendan a las raíces de los problemas.

En cualquier país serio, las actividades económicas y políticas deberían ser desarrolladas por agentes distintos o, en todo caso, sin conflicto de intereses. En otros, esos roles se intervienen mutuamente y son los consumidores los que se ven afectados por los conflictos que se generan.  

En cualquier país serio, el gobierno nacional buscaría estimular la producción nacional vía la generación de condiciones favorables para que el sector privado nacional y extranjero invirtiese y produjese, bajo una mínima supervisión gubernamental. En otros, se hostiga a los empresarios, se intervienen negocios, se cierran fábricas, se expropian activos, se exageran las supervisiones administrativas y operativas, todas decisiones/acciones contrarias a un buen ambiente de negocios. Es claro que el mantenimiento de un clima integral adecuado de negocios beneficiaría a todo el país, ya que “la inversión de hoy es la producción y el empleo del mañana”. La racionalidad sugeriría la necesidad de ser “celosos guardianes” del ambiente de negocios.

En cualquier país serio, se dicta una medida de inamovilidad laboral en situaciones críticas y por corto tiempo para defender el empleo y el salario de los trabajadores, así como el consumo, y esperar a que otras medidas estimuladoras del aparato productivo hagan su efecto para ampliar la oferta de bienes y servicios y sostener los puestos de trabajos creados en forma permanente. En otros países, una decisión de inamovilidad laboral termina siendo un fin en sí misma y se decreta para ser prorrogada al infinito como si esta fomentase la verdadera estabilidad laboral. Lo que se obtiene es más bien el efecto contrario: disminución del empleo, la producción y la productividad.

En cualquier país serio y dependiente de las importaciones, los precios de los bienes y servicios debieran ajustarse a la baja cuando el tipo de cambio disminuye. En otros, los precios se mantienen o se incrementan como consecuencia de la incertidumbre reinante en el país, haciendo que los únicos perjudicados sean los consumidores, quienes deberían ser precisamente los beneficiados de tal disminución en la tasa de cambio.

En cualquier país serio, una dolarización formal o de facto haría que se produjese una contención en el aumento de los precios internos, cuando esta se soporta con otras medidas económicas. En otros, ni siquiera la dolarización impide la subida de los precios porque las expectativas económicas y políticas no son parte de un escenario favorable, sino más bien muy incierto.  En términos simples, los precios internos no tendrían que verse incrementados más allá de lo que lo harían los precios internacionales o los precios de los principales socios comerciales del país.

En cualquier país serio, la autoridad monetaria (banco central) corregiría o dejaría deslizar el tipo de cambio para ajustar/frenar/restablecer el valor externo de la moneda nacional (tipo de cambio). En otros, se hace lo mismo pero se logra lo contrario, ya que los agentes económicos conocen por anticipado que estas intervenciones cambiarias no pueden sostenerse por mucho tiempo (días) porque el banco central no dispone de suficientes reservas internacionales para afrontar la demanda que se genera en la economía. En esta situación, la caída inicial que pudiera verse en la tasa de cambio que se produce por la inyección de divisas hecha por la autoridad monetaria, termina por presionar aún más la demanda de dólares y repotenciando el incremento de dicha tasa. Aquellos que adquirieron divisas a más bajo precio en la primera fase, realizan ganancias con el transcurrir de los días en razón del diferencial en las tasas de cambio.

En cualquier país serio, se toma una medida de reconversión monetaria para reconocer la sustantiva pérdida de valor del signo monetario nacional respecto al nivel de los precios internos. Ello debería ocurrir en el marco de la adopción de medidas integrales que abatan la inflación, causante del deterioro del valor de la moneda. En otros países, la corrección monetaria solo “elimina ceros” a la moneda (cono monetario)  y se le da otro nombre a la misma, bajo el entendido que la inflación se corregirá por “efectos celestiales”. Es obvio que la eliminación de ceros no corregirá la inflación, como ha tratado de “venderse” en ciertos países que han atravesado situaciones hiperinflacionarias. Para que tenga sentido la reconversión monetaria, primero debe corregirse la inflación (o actuar en paralelo sobre esta) y luego realizar dicha reconversión.

En cualquier país serio, el ajuste del salario minino es muestra de justicia social para restablecer poder adquisitivo y para ubicarlo en niveles que logren cubrir las necesidades básicas de los trabajadores. En otros, es solo una decisión “cosmética” más que no beneficia prácticamente en nada a los trabajadores, puesto que resulta totalmente insuficiente de cara al nivel de los precios de los bienes y servicios esenciales. En el peor de los casos, los aumentos en los precios de los bienes y servicios se adelantan a la corrección salarial, dejando a los trabajadores iguales o peor que antes del anuncio salarial.

Finalmente, un país serio demanda de gobiernos con credibilidad que apliquen políticas económicas consistentes con la generación de un ambiente propicio para el desarrollo y el bienestar nacional. Sobre la base anterior, los empresarios son los encargados de materializar y aprovechar estas condiciones a fin de generar la satisfacción de las necesidades ciudadanas. Si ello no sucede, se corre el riesgo de perpetuar una sociedad en conflicto.

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