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En el país que quiero vivir

En el país en el que quiero vivir los ciudadanos son lo más importante para quienes gobiernan. Las personas son valoradas porque son seres humanos con una dignidad que nada ni nadie puede ni podría menoscabar.

En el país que quiero vivir todos tienen posibilidades, todos tienen oportunidades y aquellos que las toman, las trabajan con esfuerzo e integridad son premiados, tienen el mérito que les corresponde.

En el país en el que quiero vivir el salario mínimo cubre las necesidades básicas de comida, vestido, vivienda y salud. Porque el país en el que quiero vivir la pobreza solo queda a aquellos holgazanes y perezosos que desdeñan las muchas oportunidades que la nación les ofrece.

En el país que quiero vivir la salud es un derecho para todos, en todas partes. La salud de los habitantes de la nación se traduce en producción y felicidad para toda la patria; por esa razón, en el país en el que quiero vivir los médicos son retribuidos por su trabajo en la misma medida de sus esfuerzos para proveer salud a los enfermos. Y por prevenir de enfermarse a los sanos.

En el país en el que quiero vivir, cuando veo a un policía o guardia nacional no tengo miedo, no se me acelera el corazón, no suplico en una oración ser guardada del mal. Por el contrario, en el país en el que quiero vivir cuando veo a un policía, veo a un amigo, siento confianza y si algo me sucede, sé que puedo acudir a ellos porque mi seguridad es su meta, el propósito de su labor.

En el país en el que quiero vivir hay una gama muy variada de oportunidades de estudio y de instituciones que los ofrecen. Instituciones que honran a los educadores como piedras angulares del desarrollo de una nación. Les pagan salarios acordes con  la labor imprescindible, invaluable e impostergable que llevan a cabo; pues sin educación no hay futuro, solo las sombras de una gran oscuridad que pronto arropa a toda la nación.

En el país en el que quiero vivir, los niños y los ancianos son cuidados, protegidos y amados como tesoros invaluables; pues los primeros son la esperanza, representan el amanecer de la vida y, los segundos, son la luz del atardecer, el ocaso de la vida con la sabiduría de la experiencia y de la reflexión. Por esa razón, sus pensiones les permiten vivir con la satisfacción del deber cumplido. Les recompensan el esfuerzo de los años de la fuerza, porque en los días donde éstas menguan, la sabiduría de sus mentes y el amor de sus corazones son necesarios para la nación. 

En el país en el que quiero vivir los blancos llaman a sus hijos “negrito” por puro cariño y, como dicen los españoles: no pasa nada. Los negros llaman a los blancos “musiú”sin que nadie se sienta ofendido. Si, no pasa nada, porque somos una nación deslastrada del peso del racismo, de los complejos y los odios inculcados; porque entendemos que somos como una olla de estofado donde caben la carne, los vegetales y las legumbres de todos los colores, porque al final somos todos una misma nación.

En el país en el que quiero vivir los jóvenes están estudiando, construyendo su futuro, no engendrando y pariendo muchachitos barrigones por los parásitos, raquíticos por la falta de proteínas y enfermitos porque no hay real para las vacunas, la leche y las frutas. En el país donde quiero vivir los hombres son padres hasta la muerte y las mujeres no se embarazan para retener a un proveedor. Los hijos son deseados no descartados o usados como carnada de machotes con músculos inflados y cerebros de cotufas.

En el país en el que quiero vivir las familias se reúnen los domingos después de la iglesia para almorzar y compartir con los abuelos. Las familias crecen, se desarrollan, se ayudan unos a otros, comparten penas y alegrías. Porque viven todos en la misma ciudad comparten sus cargas y se ríen juntos. Se van al exterior por diversas razones, pero siempre regresan para aportar a su país las maravillas que han aprendido, sus experiencias, sus vivencias.

En el país en el que quiero vivir los impuestos que pagas cada año y el producto de la explotación de los recursos naturales de la nación puedes verlos, no en camionetas blindadas, fiestas en yates y bodegones con chucherías que sobrepasan largamente en precio al salario mínimo con el que el gobierno pretende que los niños sean inteligentes; sino en los parques, escuelas, universidades, calles y hospitales.

En el país en el que quiero vivir los servicios básicos son un derecho, no una oración. Se vive con las comodidades de la modernidad, no en la sobrevivencia de la pobreza causada por la negligencia de mentes mezquinas, emborrachadas de poder.

En el país en el que quiero vivir ser político es un honor, la gente los admira y los respeta por su integridad. En ese país los políticos no tienen precio en $ ni en ninguna otra moneda, metal o mineral; ellos se respetan a sí mismos y se saben servidores de la nación. 

En el país en el que quiero vivir a la gente ni siquiera le pasa por la cabeza tomar lo que no es suyo. Cada quien se gana sus bienes por esfuerzo propio, todos saben que la riqueza material es proporcional al trabajo, el conocimiento y el esfuerzo. No el resultado de negocios fraudulentos, de saquear los bienes de la patria, no en detrimento de la destrucción de la nación. 

En el país en el que quiero vivir hay respeto de unos por otros y un sentimiento fraternal de hermanos venezolanos. No el odio que carcome, amarga y destruye. El pasado es  historia no motivo de venganza; una lección para establecer vías a un futuro  lleno de oportunidades.

En el país en el que quiero vivir el sol brilla todo el año, las lluvias bendicen la tierra, los ríos abastecen de agua y electricidad nuestros hogares, el mar baña nuestras orillas, las montañas llenas de aves purifican nuestro aire, los saltos nos recrean la mirada, los tepuyes nos elevan a las alturas, las nieves de Mérida blanquean nuestras almas.

En el país en el que quiero vivir tenemos la bendición de Dios.

“Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime.” Proverbios 29:2.

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