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En la antesala de las Olimpiadas

Xi Jinping nunca imaginó en 2015, cuando postuló a su país como sede de los juegos olímpicos de invierno de este año, que la cuesta sería tan empinada. El líder chino apenas llevaba dos años al timón de la potencia mundial.

El diseño y la adecuación de los sitios donde se celebrarían las justas deportivas y la preparación y desarrollo de los eventos de gran espectacularidad como todo lo que caracteriza a las ceremonias y proyectos visibles del gigante asiático eran lo de menos aunque el camino estaba plagado de escollos logísticos, comunicacionales, ambientales, de transporte y políticos. La aceptación mundial del régimen chino que sigue manteniendo un cuestionable estilo de actuación totalitario era también una variable que requería ser mejorada hasta el punto de no provocar resquemores generalizados.   

Lo que era imposible de imaginar entonces era que China enfrentaría dos dificultades mayúsculas: la presencia de una pandemia que sigue golpeando duramente a la humanidad y la posibilidad de una conflagración bélica de inmenso impacto transnacional cuyos prolegómenos se encuentran en franco desarrollo. Frente a todas estas contingencias la imagen china debería salir fortalecida.

Ya a menos de semanas del inicio de los juegos todos los preparativos están concluidos. Lo que se espera no es que no se presenten fallos en lo organizacional, sino que el mundo quede boquiabierto ante el alarde de belleza y de eficiencia en todo lo que atañe al desarrollo de las justas deportivas. El propio Xi se ha asegurado que las instalaciones puestas a punto o construidas desde cero para albergar la contienda no luzcan en absoluto extravagantes.

Lo que se refiere al manejo de las estadísticas sanitarias relacionadas con el COVID que están interviniendo en el país, las ciudades o los sitios de los juegos es algo sobre lo que es imposible especular. Si existe un secreto bien guardado es el que tiene que ver con los contagios de Omicron en China, en sus aeropuertos, sus estaciones de tren o en todo lugar de concentración del público o de los deportistas. Dos vertientes paralelas de información llegan hasta la prensa mundial: la bien cuidada y dosificada información proveniente de fuente oficial y las investigaciones de terceros sobre la expansión del virus, coloreadas ellas de su buena dosis de amarillismo. El Comité Olímpico internacional contribuye con algo de incertidumbre por ser parte interesada en el éxito de los juegos y por no estar dispuesto a adversar al gobierno de Pekín. La realidad es que hay un esfuerzo comunicacional en marcha encaminado a no provocar ansiedad en quienes siguen de cerca estos eventos.

Una cosa es incontestable: se han diseñado operativos para garantizar el mejor y el más detallado manejo de las variables sanitarias susceptibles de afectar a los participantes activos o pasivos de los juegos. 

De no ser por una inesperada contingencia bélica entre terceros sobre las que China no tiene un control, todo está a punto para que se encienda la llama olímpica. Algunos países han bloqueado diplomáticamente la competición, como Australia, Canadá y Estados Unidos pero desde la capital se han dado todos los pasos en todos los foros internacionales para que el sistema político del país anfitrión no sea un elemento limitante para los deportistas.

Doblegar las críticas de los defensores humanos no será el resultado de este magno evento deportivo por muy exitoso que él sea, pero China se crecerá ante los ojos del planeta. Su imagen saldrá edulcorada hasta en el tema que tiene que ver con su cuestionado tratamiento del origen y desarrollo de la contaminación mundial generada por el Covid 19.

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