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¿En Venezuela hay odio, miedo o rencor?

«La psicología define el odio como un sentimiento profundo y duradero. Es una intensa expresión de animosidad, ira y hostilidad hacia una persona, grupo u objeto. Debido a que el odio se cree que es de larga duración, muchos psicólogos consideran que es más una actitud o disposición que un estado emocional temporal». 

El odio, entonces, es un sentimiento negativo, perverso, destructivo y contraproducente que experimentan los seres humanos al no tolerar a alguien por -y a su entender- haberle causado un daño a sus sentimientos, entorno o subsistencia. Es un sentimiento perverso, por cuanto, lejos de perjudicar al odiado, es la persona que engendra el odio la más afectada, tanto en su salud, como en su calidad de vida.

En la actualidad, y con mucha frecuencia, se escucha afirmar que en Venezuela hay mucho odio. No obstante, la bonhomía, hospitalidad y buen humor del venezolano, han sido siempre reconocidos  internamente, como a nivel internacional. Se recuerda que, en pasadas épocas conflictivas en el planeta, las puertas venezolanas siempre estuvieron abiertas para los ciudadanos del mundo. No hubo diásporas o familias huidas que buscaran refugio y protección, y que en Venezuela no encontraran  unos brazos abiertos; que fueran  bien recibidas, con respeto y sin discriminaciones. De ahí que sorprenda  que esa no haya sido la reciprocidad con la que ha sido recibida la diáspora venezolana en muchos países del mundo, algunos de ellos calificados aquí como «hermanos». 

Una pena, pero, inevitablemente, ante dicha situación, ha emergido un inciso que se han hecho presentes en las conversaciones sobre el caso. Y se trata de que: «a ese maltrato xenofóbico y de desprecio de los conciudadanos, NO se le puede premiar con olvido».

Ahora bien, lo que sí es cierto es que, entre los venezolanos, no hay odio. Sí  un sentimiento de rencor «Intuitu personae». Es decir, contra la personas o grupos que han causado ofensas, daños y dolor. De igual manera, de  los responsables de la ruina, la destrucción y del hambre reinante en el país. Ellos tienen nombres y apellidos convertidos en padre y madre de la culpa. 

Hay sabiduría en el pueblo venezolano. No califica por ideologías o por partidos políticos. Lo hace, además de que califica e identifica, por los actos y acciones personales realizadas. Ya no hay «Escuálidos» ni «Maduro-Chavistas», afortunadamente.  El llamado pueblo tiene bien claro quiénes son los responsables y culpables del saqueo y de la destrucción de que ha sido objeto el país. 

Dicha expresión silenciosa, en cambio, sí las registran las encuestas nacionales. Ellas reflejan que más del 90% de la población, la constituyen las expresiones opositoras del país. Es decir, casi toda la población que se siente víctima de lo que ha sucedido, y que identifica a los responsables de lo que ha pasado, rechaza  el manejo, la destrucción y la obligación de sobrevivir en su Patria, donde, día a día, se expande el hambre reinante en el país. 

Lo que no hay que hacer, es creer que la población que se sabe víctima de lo que sucede, acepta y está obligatoriamente sometida a la voluntad de los destructores y de los culpables,  a cambio de recibir de ellos mendrugos y dádivas concebidas para cultivar falsas pasiones ideológicas, o tratamientos sistemáticos de favoritismos por el hecho de guardar silencio.

La interconexión a tiempo real del mundo al alcance de todas las poblaciones, ya le  ha restado credibilidad a los conceptos ideológicos y a los  encartonamientos de frases partidistas. Lo que tiene importancia actualmente para el género humano, es: los valores éticos y morales, los problemas y sus respectivas soluciones, además de cómo es posible  vivir en un ambiente de mejoramiento permanente de calidad de vida; asimismo, de cómo se pueden reducir los riesgos, los peligros y se mejoran las expectativas en función del futuro. 

Para lograr esto último, desde luego, es esa misma población la que tiene que dar otros pasos. Y eso traduce que los venezolanos tienen que  deslastrarse de viejos conceptos y de atavismos. Mejor dicho,  hay que trabajar decididamente  para REFUNDAR el país. Convertir en un hecho de bases sólidas lo que recomienda la Conferencia Episcopal de Venezuela. 

En Venezuela, definitivamente, no se puede continuar cometiendo ni repitiendo errores y, mucho menos, seguir en manos de quienes insisten en rendirle culto a concepciones mesiánicas de aquellos que  creen poder operar respondiendo a la tesis de políticos salvadores. El país necesita mucho más que eso: experiencia, eficiencia y honestidad.

Hay que hacerle un llamado de participación activa y continua de todos los sectores del país: sociales, económicos, gremiales, laborales y de producción. Pero, además,  hay que eliminar el concepto colonialista de supeditarse a la voluntad de una Corona Imperial, como de una combinación de dictador, caudillo, respondiendo a los fundamentos de la rapacidad que emergen cuando la administración del Estado  termina convirtiéndose en carne fácil para incapaces abrillantados o usurpadores de tributos públicos.

De igual manera, hay que dotar al país de un sistema educativo, salud y seguridad de primer mundo. La independización absoluta de los poderes públicos no puede seguir siendo una caricatura que se exhibe y se oculta, dependiendo de la voluntad de quienes, desde las sombras, construyen mentiras administrativas. 

Adicionalmente, la municipalización del país tiene que dejar de ser una falsa atomización del poder. No puede ser que lo importante sea servirle a quienes construyen servidumbres administrativas grupales. Es la población la que necesita una respuesta que se corresponda con una relación más estrecha, entre esa misma ciudadanía y la celebración de elecciones libres y confiables, capaces de hacer posible que en Venezuela, alguna vez, pueda apreciarse que existe y funciona  un estricto y confiable Sistema de Justicia, además de demostraciones convincentes de que hay respeto absoluto por el acatamiento y cumplimiento de lo que traduce la vigencia de una sabia Constitución Nacional.

En fin, hay que partir de la necesaria convicción de que la Refundación de Venezuela, no es el producto de una propuesta accidental. Es una necesidad imperiosa  que plantea la urgente obligación de llamar a los mejores, como más reconocidos y destacados valores del país, para impedir que las normas rectoras de la nación sigan siendo la sobrevivencia entre la miseria, el empobrecimiento y la conformidad, a la vez que se insiste en coseguirle haciendo el juego a un falso acomodo de bienestar y progreso.

Desde luego, esto es lo que traduce un proceso CONSTITUYENTE, impuesto y controlado por el SOBERANO, tal y como expresa la Constitución vigente de la República Bolivariana de Venezuela. No se pueden seguir tolerando escándalos, ni aceptando más atropellos y violaciones de los derechos de casi 30 millones de venezolanos, en cuyas manos está la solución de fondo. Y lo está  por ser el reflejo cierto de una sociedad civil que quiere vivir en un ambiente de libertades, y no de sometimientos forzosos a la voluntad de minorías que actúan en nombre de una falsa caricatura evolutiva.

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