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Endemia de cobas

Y nosotros que creíamos que los trescientos y pico de “me quieren matar” del muerto viviente eran un récord.  Para nada, el heredero y usurpador se lo llevó en los cachos.  No hay día que no trate de embelecar a los más sencillos de mente con una nueva mentira, con otra farsa más.  Las dispara desde la cintura, sin pensar mucho.  Claro que no tiene con qué, y por eso se las dictan los del G2 cubano.  Siguiendo la estela de su embalsamado predecesor, al que mataban todos los días —una de ellas con un cohete tierra-tierra cuando iba a más de mil pies de altura en el “caracol” (por aquello de que el animal va por dentro)— es que acusó al nuevo presidente estadounidense de, al igual que todos los anteriores, haber mandado a matarlo con la CIA. Cometo una digresión cortica: lo que parece más verosímil es que a Boves II lo mandaron a matar los gerontócratas cubanos porque ya habían encontrado a uno con el cual reemplazarlo, que les era más útil, por más dócil, y que no tenía ilusiones de ser el nuevo Fidel, con su histrionismo y todo.  Habían encontrado al muchacho de los mandados perfecto.

Antes de la falacia recién estrenada, miles más, que van desde “para julio tendremos al setenta por ciento de la población vacunada”, pasando por “a finales de año estaremos produciendo un millón de barriles al día” hasta llegar a “los venezolanos comen tres veces al día”.  Aquella, la más reciente, solo sirvió para dejar claro que no habrá negociaciones productivas.  Que solo habrá diálogos en los que no se llegue a nada, solo sirvan para estirar la arruga y permitan prolongar su estada en el palacio de Ciliaflores. 

Igual pasa con la promesa de que autorizó elecciones para este año.  En un intento de aparecer como justo ante la escena mundial —porque ya a nosotros nos resbalan sus fingimientos-— le ordenó (uso el verbo correcto) al CNE que habilitara la tarjeta de la manito con el pulgar alzado; y al Tribunal de la Suprema Injusticia, que les eliminara las inhabilitaciones a ciertos políticos, pero solo a los que en su ansia de poder aceptaran competir en las fulanas elecciones.  También dijo que iba a prescindir de los “protectores” en estados y municipios en los cuales había gobernadores y alcaldes de oposición.  Cosa que no ha hecho y que no es sino una admisión de que, al nombrarlos, había hecho nugatorio lo logrado por las mayorías en esas reparticiones.  Pero, como habla por ambos lados de la boca, usando la siniestra, les ordenó a los mandaderos de la asamblea espuria que aprobaran una ley que va contra la letra y el espíritu de “la mejor Constitución del mundo” para poder crear las entelequias de las ciudades comunales.  Otro intento para convertirnos, más aún, en un país comunista.  Que es lo que son, pero les da pena admitirlo d’emblée.  Se empeñan en argüir que solo son “socialistas”.  Y del siglo XXI, nada menos.  Aunque en todos estos largos veintidós años lo que han derrochado es solo socialismo real.  Ni porque su ídolo, Fidel, le explicó a la Davies que comunismo y socialismo son la misma cosa, admiten que son émulos de Stalin.  Sería una raya…

Por todo lo anterior, insisto en que no vale la pena votar a finales de año.  El régimen no garantiza la igualdad, capacidad, imparcialidad, transparencia ni eficacia del sufragio.  No es votar por votar.  Es votar, en condiciones muy aceptables de seguridad, transparencia (que implica la observación internacional) y legalidad como para que se respete la voluntad de la mayoría.  Y se tome en cuenta lo que opinan las minorías.   Porque en eso se basa la democracia.  Por tanto, hay que revivir a monsieur D’Hont.  No olvidemos que una de las primeras cosas que hicieron los hunos del siglo XXI fue imponer aquello de the winner takes all.  La representación proporcional de todo el espectro político garantiza que se analicen todas las opciones antes de tomar una decisión que puede ser vital para la existencia de la república, el estado y la nación.

En todo caso, hay que seguir haciendo presión para lograr unas condiciones decentes, apropiadas a la ocasión, en la manera de cómo cambiar el estado de cosas que nos agobia.  Venezuela ya no aguanta más la destrucción de sus instituciones.  Hay que salir de esta gentecita.  Entre tantas cosas que se requieren, está la constitución de un TSJ y un CNE que de veras sean imparciales, no fichas de partido puestas ahí para que complazcan al régimen y, de paso, se lucren obscenamente.  Hay que obligar al Plan República a que se limite a lo que lo autoriza la Ley, sin cierres adelantados de centros de votación, o mantenerlos abiertos en contra de lo que dice la norma.  Hay que adecuar el Registro Electoral para que refleje la cruda realidad nacional en estos días, con varios millones de personas no registradas y con varios millones de electores fuera de las fronteras del país.

La tarea no es fácil.  Y, por lo mismo, debe acometerse lo más pronto posible.  Venezuela nos necesita a todos, en unidad.  Y sin personas y grupos obcecados en tirar la burra pa´l monte… 

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