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Episodios anecdóticos

Toda persona adulta mantiene recuerdos de experiencias, tanto agradables como poco gratas, forman parte importante del pasado de cada quien y permanecen en nuestra memoria a pesar del tiempo que ha transcurrido, y de los detalles que se han difuminado en algunas, pero guardamos lo esencial. Algún mecanismo en el cerebro de cada uno almacena celosamente ciertos episodios, mientras borra otros, aunque en ocasiones recuperamos parte de lo que desapareció (gracias a un objeto, una foto, una referencia de otra persona que participó o supo de aquella situación, y de inmediato activa el recuerdo escondido en nuestra mente). Hace años que anoto en un archivo de mi computadora grupos de muy pocas palabras que abrevian lo fundamental de mis vivencias más resaltantes, y con este artículo comienzo a compartir algunas de esas anécdotas, que supongo pueden ser interesantes para una porción de los potenciales lectores, que a su vez podrían asociar con vivencias propias similares.

Estando en Inglaterra, y recién llegado a Cambridge, un compañero de residencia estudiantil me invitó a una fiesta, y fuimos a una casa, donde había música, sidra, y muchos jóvenes disfrutando la velada. Observé que algunos iban al 2º piso, y al preguntarle a quien me invitó qué sucedía arriba, me respondió con un gesto, con la mano semicerrada y poniendo pulgar e índice sobre su boca. Entendí que se aislaban en la segunda planta para fumar marihuana, y de inmediato tomé mi abrigo (era invierno) y me fui sin siquiera despedirme. Yo era becario del Ministerio de Educación de Venezuela para realizar un postgrado, por lo tanto representaba a mi país y al IPC, y no me podía arriesgar a que hubiera una redada policial y apareciera formando parte de un grupo de fumones, lo cual dañaría no sólo mi reputación personal sino la del país y la del Pedagógico de Caracas (que había solicitado la beca), aunque el consumo de esa yerba alucinógena, como el pelo largo, las camisas con diseños de bacterias y la promiscuidad, estaban de moda a fines de los años 60, con los hippies de Woodstock y las barricadas de París y Daniel Cohn Bendit, que pretendían cambiar al mundo. Mejor solo que mal acompañado.

En abril del 69 por el asueto de Easter (Semana Santa) compré en la Estación Victoria de Londres un boleto de tren que, por 9 libras esterlinas (tarifa de estudiante, Bs 97,20 al cambio de Bs 10,80 por Libra), me permitiría viajar a Bélgica, Alemania, Holanda, bajando en cualquier estación del trayecto, y retornando a Londres, paso del canal incluido. Estuve en Brujas, Bruselas, Gante, pero poco antes de cruzar la frontera de Bélgica a Alemania, un funcionario del tren me hizo pagarle poco más de un dólar como impuesto de salida, lo cual me disgustó. Pero ya en Alemania otro uniformado me hace pagar de nuevo una cantidad similar, como impuesto de entrada. Al bajar en la Estación de Colonia fui a una taquilla que atendía Reclamos, pero -como en Francia- pretenden que todos hablen el idioma local, y a pesar de mis denodados esfuerzos por darle un tono alemán a mis palabras en inglés, el empleado me ignoró, y mi indignación aumentó. Un hombre alto y robusto que había presenciado todo, intervino y ambos tratamos de entendernos en un lenguaje híbrido, él intentaba en alemán hacer sonar como inglesas sus palabras, yo trataba de alemanizar mis palabras en inglés. Al cabo de varios minutos fue evidente que no lograríamos hacernos entender en esa jerigonza, y yo me desahogué exclamando en castellano “Maldita sea, perdí mis diez bolos”, y él -con expresión de sorpresa- me preguntó: ¿Y busté habla español?. Resultó ser un colombiano residente en Alemania. Él hizo en alemán mi reclamo en la taquilla y le dijeron que eran impuestos normales e inmodificables. Reímos y nos despedimos.

En la vacación de diciembre del 69 viajé por Escocia y las dos Irlandas. Comencé por Edinburgo, y el día 26 opté por conocer su Zoológico, que me habían recomendado. Cuando ya había recorrido la mitad del amplio y variado Zoo, me topé con una casa con un aviso de FAUNA TROPICAL. Adentro había ambiente con calefacción y unas 6 jaulas de 1,50 x 3 metros, con 3 paredes de concreto y al frente una reja con gruesos barrotes. Sólo una de esas celdas estaba ocupada, por un Gorila adulto, sentado y apoyando su lado izquierdo en la reja, que miraba fijamente a la pared lateral (a mi izquierda, estando yo frente a aquel formidable y solitario simio, a mi vez apoyado en una baranda de metal que mantenía al público a unos 80 cmts de las jaulas). Dado que en esa instalación estábamos solos el gorila y yo, comencé a decir en voz alta lo que esa circunstancia me inspiraba, y el gorila me miraba y parecía entender, no tanto mis palabras sino mi actitud respecto a él al pronunciarlas. Le expresé; “Tú y yo tenemos en común que somos de lugares muy distantes, estamos solos, y hoy cumplo 24 años, sin celebración ni familia, en tu compañía. Tú vienes del costado oriental de África, yo de Venezuela. Pero mientras a ti te secuestraron de tu ambiente y te trajeron obligado, para estar todo el resto de tu vida encerrado acá, yo vine voluntariamente y becado, de manera que vivo en libertad, disfruto de lo que hago, mantengo comunicación telefónica y por cartas y postales con mis seres queridos, y al término del postgrado regresaré a mi terruño y a mi familia. Tu futuro es muy triste e imposible de cambiar en tu beneficio”. Supongo que su tendencia gregaria y el tono suave y afectuoso en que le hablé, además de la sincera solidaridad que sentí por él, convergieron para que nos tomáramos de las manos, y así permanecimos por un buen rato, aquel antepasado remoto y yo, al sureste de Escocia.

A mediados de 1970 el doctor Arnoldo Gabaldón llegó a Cambridge para hacerse cargo de la Cátedra Simón Bolívar en la Universidad de esa pequeña ciudad. Averigüé su dirección y fui a saludarlo en mi condición de venezolano participante de la dinámica académica a la que se integraba el prestigioso médico, responsable de dirigir la tenaz y efectiva campaña contra el paludismo en Venezuela. Estaba con su esposa, su hijo menor, y una señora que se había ocupado de las labores domésticas por décadas, en el hogar de los Gabaldón en Maracay. A dúo, los esposos me contaron dos deliciosas anécdotas, que hoy narro por primera vez; Como el doctor Gabaldón era un embajador cultural, a diario recibía visitas, y procurando ser buenos anfitriones, ellos ofrecían sencillos pasapalos y copas de vino. Pero al observar que la empleada de toda la vida, que por supuesto no sabía ni ñé del idioma inglés, se movía con la bandeja entre los visitantes, con dificultad y riesgo de tropezar, la señora Gabaldón le dio un curso express, haciéndola memorizar un “Excuse me” para que lo pronunciara a menudo y la gente le diera espacio. Esa noche disfrutaron más que lo usual, pues cada vez que la empleada atravesaba la sala con su bandeja, ofertando vino y snacks, ella repetía cada 5 segundos en alta voz: “Mikiús, Mikiús”.

Pero esa misma persona, protagoniza la segunda y muy hermosa anécdota. En el Maracay de los años 40 y 50 la cena se servía muy temprano, y luego de recoger la mesa y lavar ollas y platos, cesaban sus labores del día, y ella -en sus años de juventud- puntualmente salía al patio frontal de la vivienda, con simple baranda de poca altura, y recibía la visita de su novio, entrelazadas sus manos sobre la verja, ella en el patio, él en la acera. Aquello llevaba años, y es de suponer que en sus domingos libres, cuando ella se alejaba de la casa donde trabajaba, iban mucho más allá de agarrarse las manos. Pero no se producía el embarazo que ambos deseaban y, aunque nunca interrumpieron su rutina romántica por las noches en la baranda, él montó un segundo frente y allí sí hubo gestación y criatura, lo cual fue aceptado por ella en virtud de su obvia infertilidad. La nobleza y generosidad de esta sencilla y leal dama llegó al extremo de ir a la casa de “la otra” a ayudar cuando el niño estaba enfermo. Ese triángulo duró muchos años, con las mismas visitas en la baranda, y las horas dedicadas a cuidar al hijo del hombre que amaba, aunque lo hubiera tenido con otra. Una historia de amor intenso, sin egolatría ni prejuicios.

En la inauguración de la nueva sede de la Galería Freites en Las Mercedes, Caracas, junio 2006, con una exposición de cuadros de Edgar Sánchez, estaban entre el numeroso público invitado, el pintor Jacobo Borges, el crítico de arte Perán Erminy, Douglas Bravo, el mítico jefe guerrillero venezolano, Sofía Leoni, hija de Raúl Leoni, quien siendo presidente del país continuó el combate contra la guerrilla iniciado por su antecesor Rómulo Betancourt. Los saludé y fotografié a cada uno, pero hubo una escena inesperada que me sorprendió tanto que no usé mi cámara para capturar la imagen de lo que constituye lo esencial de esta vivencia; Douglas y Sofía se saludaron con un abrazo, mientras yo miraba absorto, paralizado por un intercambio afectuoso entre dos personas que representaban los dos bandos que se enfrentaron con violencia en los años 60 y 70, y que Chávez, el hegemón de turno, se empeñaba en mantener separados y odiándose a muerte, para lograr su objetivo de dividir y vencer. El “loquito pintaparedes”, lo llamó Argelia Melet, la entonces esposa de Douglas, cuestionando la escogencia del oriundo de Sabaneta para formar parte del Plan B de Fidel, infiltrar en las FFAA jóvenes que ya fuesen parte de la fachada legal de la ultraizquierda, derrotado el Plan A de las guerrillas rurales y urbanas, derivadas del inmediatismo de las juventudes del PCV y AD (MIR), y apoyadas por Fidel, cuya intrínseca maldad y megalomanía lo llevaron a obsesionarse contra Betancourt (quien le negó la ayuda que solicitó, en dinero y petróleo, en enero del 59, cuando no había tomado aún posesión de la presidencia, para la que fue electo en diciembre del 58) y contra la democracia “burguesa” apuntalada por el Pacto de Punto Fijo: AD, COPEI y URD.  Fracasaron en sembrar odio y en mantener ese 40% de apoyo popular (que inflan a conveniencia).

El golpista bipolar, mantuvo oculta su vieja subordinación al castrismo, hasta que la solicitud, por parte de la oposición, en febrero del 2003, de un Referendo Revocatorio, dejó en evidencia su condición de marioneta de Fidel, al implementar un esquema demagógico-populista para reducir el descontento de la  obvia mayoría, por lo que habría sido revocado de haberse realizado el referendo en el lapso regular que corresponde a esa opción, en lugar de retardarlo descaradamente por AÑO Y MEDIO, mientras invadía con parásitos cubanos (babalaos con bata, y otras alimañas haciéndose pasar por expertos en toavaina), para producir el espejismo de las misiones, y en paralelo contrataron a SMARTMATIC, a cargo de inflar la baja votación roja con una enorme masa de electores virtuales, mesas itinerantes y salas de conteo de resultados clandestinas e inescrupulosas. Con esos elementos “ganó” el referendo en agosto del 2004. Douglas Bravo, responsable por la infiltración del payaso de Barinas en las FFAA (me lo dijo dos veces, en dos ocasiones distintas, en Caracas y en Barquisimeto) no apoyó sus arbitrariedades ni apoya las del sucesor, indocumentado con curso ACME en La Habana, escogido -para vergüenza del ñangarato estancado en el neoestalinismo- por la Nomenklatura raulista en diciembre del 2012, cuando murió el resentido bastardo, y ya Fidel llevaba seis años sumergido en su crónica demencia senil. Chávez le hizo un daño terrible a Venezuela, sus caprichosas e insensatas ejecutorias de napoleoncito delirante, mostraron sus consecuencias luego de su muerte, y se agudizaron con la abrupta caída de los precios petroleros. Pero no tuvo éxito en su afán perverso de sembrar el estúpido odio cheguevariano, y la mejor demostración de su fracaso en este mal propósito, es aquel significativo abrazo entre el mítico comandante guerrillero y la hija de uno de los presidentes del período democrático, que enfrentaron con éxito aquella gran equivocación histórica.

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