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Ese guiño burlón

No soy especialista en estudios históricos. Me fascina eso sí curiosear en el teatro del tiempo, donde juegan con nosotros esos personajes y hechos que dejaron huella por alguna razón, alguna que son tantas, en los depósitos memoriosos de la humanidad. Mire que el olvido también tiene sus archivos y cenizas que se anidan en nuestros corazones y conciencias, y no nos dejan descansar en paz de tanto persistente asombro.

Dentro de esos escombros me persigue lo que más busco, tal vez por orfandad, por ausencias. Y aparte y sobre todo porque el riesgo que esa debilidad anuncia, y en vista de tanto napoleoncito suelto por el mundo y no tan lejos, es que uno no puede dejar de mencionar esas gestas heroicas, esas gesticulaciones ampulosas que ofrecen héroes en batallas de sangre y muerte que en muchos casos, dicen, han cambiado el rumbo de la historia, sin que pueda la humanidad a fin de cuentas terminar de apreciar su fin benéfico o al contrario, y por lo mismo no podamos dejar de recordar ni de olvidar así las aborrezcamos a tan ostentosas y temibles metástasis de plomo.

Recuerdo que siendo aún un muchacho tuve un temido y afable al mismo tiempo maestro de química que nos aconsejaba con vehemencia, y cito de memoria, «… no le den tanta importancia a la porquería que les enseñamos y más bien dedíquense a la literatura y a la lectura de biografías, que allí aprenderán de la historia y de la vida de los otros y de las suyas propias”. Ahora lamento, no sin dudar, no haber seguido sus consejos a pie juntillas.

Y mire usted que cada generación se alimenta de ídolos y de eventos que la taquilla impone cual manoseado álbum de barajitas, que son vendidos en el mercado de los héroes y de las heroínas por supuesto; válgame dios no recordarlas. Y aparte no nombraré a ninguno en especial para no atiborrarnos de tan estorbosos, reiterativos, ¿imprescindibles?, actores de reparto, que se mueven a sus anchas en el desván cinético de nuestros avatares formando parte de nuestro mobiliario más personal e íntimo, que no tocan la puerta para entrar en el guion de nuestros antagonismos y fantasmagorías preferidas.

Esos personajes conocen y comparten tu biografía, te moldean, te sueñan, conducen, y atiborran de esa bulla que fingen los recuerdos; gesticulan contigo, te observan en el espejo y se miran a ellos mismos a través de ti. Eres los fantasmas que nombras o que callas; son un virus mohoso sin vacuna posible que los prevenga o destierre definitivamente. Son tus genes históricos, histriónicos también quiero decir.

No hay ni juicio de Nuremberg ni guillotina ni horca ni desdén que los desplace de su vicio mayor que es el de flotar en el tiempo. Los detalles no importan. Buenos o malos o peores, allí están a tu gusto o pesar, qué más da. Se desplazan con la confianza que tu familiaridad otorga y así se dan el tupé de invitar a amigos o a desconocidos o hasta a sus archienemigos al banquete que les ofrece la excesiva bondad del anfitrión que eres.

En estos tiempos, que parecen eternos de tan perversos, donde creceremos sin faros y buscando desesperadamente lazos de pertenencia y cobijo, pienso que tenemos una oportunidad para existir sin esos modelajes que la rutina de la costumbre impone. Tendremos que aprender en orfandad compartida. Tal vez eso nos haga más fuertes individualmente; más sólido el piso incierto que seguiremos construyendo, pero tal vez más en común y fraterno. Nosotros singular, casi que unión común que es comunión. ¿Será posible?

Ordena tus espejos pues de tantas brujas calcáreas que te acosan. Pero, a fin de cuentas, qué sería de nosotros sin ese guiño burlón que impone su cofradía.

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