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Esta crisis multidimensional

Con Chávez comenzó la noche para la democracia venezolana. Continúa con Maduro. Un ventrílocuo externo –la dictadura cubana- le presta voz, una voz que ayudada por el retintín de las espuelas militares domésticas, retumba en la oscuridad de la crisis multidimensional en que vivimos. Crisis política. Crisis económico-social. Crisis ética.

La crisis política rueda con velocidad de descarrilamiento institucional. El extravío de la ruta, que se estrenó con el régimen del comandante fallecido, se ha mantenido y acentuado con el hijastro que lo sucedió en 1913.  Nadie cree que el elemento esencial de la democracia -la soberanía popular expresada por el sufragio para escoger los que ejercerán el poder- tiene vigencia en Venezuela. Sobre todo, desde que en el año 2015 se eligió una Asamblea Nacional, la Asamblea Nacional legítima, en la que el pueblo le dió a la oposición una mayoría calificada. Desde entonces, el miedo a una limpia y verdadera consulta de la voluntad electoral de los venezolanos se pasea como un fantasma por los pasillos del palacio presidencial de Miraflores. La separación e independencia de las ramas del poder público pasó a ser un cuento, no un cuento de hadas, sino un cuento de horror. El respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales de que nos habla el artículo 3° de la Carta Democrática Interamericana, se lo llevó el viento del llamado “socialismo del siglo XXI”. Los que disienten del oficialismo son sometidos a torturas, y a sus pies quedó hecha trizas la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes, suscrita por nuestro país. La libertad de expresión ya oyó su réquiem con el cierre de más de doscientos medios de comunicación y los incontables bloqueos a portales web y plataformas digitales. En fin, el Estado de Derecho, con paso firme, entró al olvido. Antes de que llegara la pandemia del coronavirus, ya el régimen dictatorial imperante había puesto tapabocas a los  venezolanos.

La crisis económica continúa sin detenerse. Las caídas del Producto Interno Bruto (PIB) nos indican que llevamos siete años de contracción económica; entre 2013 y 2020, la actividad económica se redujo 83%, y, según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), para este año 2021 Venezuela tendrá el peor desempeño con -4%.  Desde el año 2017, el país entró en una etapa hiperinflacionaria cuando en un mes la tasa superó el 50% y sólo se puede dar por concluida cuando esa tasa esté por debajo de ese porcentaje durante 12 meses. Mientras no cese el financiamiento monetario del déficit fiscal y éste se siga cubriendo con el dinero inorgánico emitido por el Banco Central, al alza de precios no se parará. Se ha destruido el poder adquisitivo del bolívar, que, como moneda, ha perdido sus tres funciones: a) como unidad de cuenta, ya no sirve para fijar los precios, hay una dolarización de facto, primero los precios se fijan en dólares, y luego se hace el cálculo en bolívares; b) como medio de intercambio: hoy más del 70% de las transacciones del país se realizan en dólares c) como depósito de valor, tampoco ahora sirve, porque ahora nadie ahorra en bolívares debido a su acelerada devaluación, se ahorra en dólares u otras divisas. Conforme a la ONU, quien perciba menos de 1,25 dólares diarios, se ubica en pobreza extrema, el asalariado en Venezuela se estima que gana 5 o 6 centavos de dolar. En Venezuela hay dos hambres: hambre de comida y hambre de libertad y democracia. Por eso, hay una migración masiva. El pasado 29 de julio, la OEA emitió un informe en el que advierte que “la migración venezolana puede llegar a los 7 (siete) millones de personas a finales de 2021 o inicios de 2022, superando el éxodo de Siria, considerdo el mayor del mundo, con 6,7 millones de refugiados que han abandonado ese país”.

La crisis ética está a la vista. El régimen que nos oprime desde hace 22 años es el que más ha robado en toda nuestra historia republicana, y en el ranking mundial de gobiernos gozosos de hurtar los dineros públicos, ocupa  sitio  encumbrado en el indeseado Olimpo de la corrupción. Sus personeros no podrían presentar, si se les pidiera, un testimonium paupertatis (certificado de pobreza). El índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional, en su último informe sobre Venezuela -mes de junio de este año 2021- asigna a nuestro país, en una escala donde 100 es muy limpio, apenas 15 puntos, “esta cifra le otorgó el título del país de América con el peor manejo de sus recursos y como la quinta nación en el mundo con esta práctica desbordada” (en Panam Post del 14-6-2021).

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