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Europa polarizada

El viejo y venerable trasatlántico Europa va camino de aguas cada vez más tormentosas. Todavía resiste, según se vio este domingo en que salieron 3,5 millones de personas en Francia a protestar por la andanada de barbarie. No obstante, el temporal no promete amainar y el peligro dista mucho de estar conjurado.

El sanguinario ataque a Charlie Hebdo estaba dirigido a la espina dorsal de la civilización europea. No en vano tomó siglos aclimatar allí la tolerancia, sin la cual la democracia es un simulacro. Claro, hablamos de tolerancia a la crítica despiadada y a la burla mordaz, como las del célebre semanario, ya que tolerar cánticos y plegarias carece de mérito. Francia fue el primer país europeo en separar la religión y el Estado, de modo que no tiene por qué pedir excusas a estas alturas por su carácter laico.

La gente parece haber olvidado la larga lucha que hubo de librarse para que desapareciera casi por completo el cristianismo guerrero de antaño. A las religiones hay que enseñarles, a las buenas y a las malas, a ser tolerantes. Aprenden, si es que aprenden, cuando los profesores llevan décadas muertos. Quedan hoy en pie de guerra en el Occidente extendido, aparte del belicoso Israel, sobre todo fracciones muy agresivas de extremistas musulmanes, alimentadas y usadas de un modo u otro por las dictaduras, teocráticas o no, que abundan en el Medio Oriente.

De poco sirve destacar la diferencia entre yihadistas y musulmanes del común si no se encuentra la manera de controlar la creciente influencia de los primeros sobre los segundos. Ya se sabe, por la larga ristra de fracasos, que cualquier remedio aplicado desde fuera para “curar” al Islam de sus extremismos fallará. Sin embargo, el “antídoto” eficaz que combata al yihadismo desde dentro aún no se conoce.

Por si acaso, la existencia de guetos inexpugnables de alta población musulmana en Francia y otros países europeos indica que los problemas de fondo no se están solucionando. Los jóvenes musulmanes del continente necesitan algo colectivo que defender, más allá del Islam, para no ser presa del yihadismo. El racismo se reduce en forma lenta, pues a nadie lo pueden obligar a que le guste lo que no le gusta, pero la marginación sí se puede combatir con dinero y políticas socioeconómicas bien enfocadas. Dos ejemplos vienen a la mente: la socialdemocracia y el estado de bienestar que contrarrestaron el extremismo leninista, puesto en boga tras la revolución Bolchevique, y el Plan Marshall, que evitó el catastrófico marasmo de la primera posguerra mundial en la segunda.

Así, además de inteligencia y policía, son indispensables intervenciones de gran envergadura que resulten en oportunidades ciertas para estos jóvenes desafectos de los guetos. Claro, políticas como estas podrían atraer más gente a Europa, de suerte que deben correr parejas con una mejora análoga en los países de origen, lo que multiplica el costo y la dificultad. La crisis del euro, así como el colapso de los precios del petróleo, van a empeorar las cosas en el corto plazo. ¿Cómo vivir en paz al lado de un lío semejante, cómo tolerar el inevitable radicalismo que engendra?

La polarización se va a acentuar en Europa ahora. La lista de siglas de derecha y extrema derecha potenciadas por los ataques es larga y empieza por el Front National de Marine Le Pen, cuya llegada al poder en Francia no puede descartarse del todo.

Lo dicho, vienen tiempos de tormenta para Europa.

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