OpiniónOpinión Nacional

Fotografías de Flavio de Barros: La Guerra de Canudos y Antonio Consejero, el Cristo brasileño

Eduardo Planchart Licea

Encontrar el reino de Dios en la tierra, la búsqueda de un cristianismo enraizado en el pueblo  a la espera  del retorno  de Cristo, juzgar a  los pecadores  y premiar a los bienaventurados. Ese anhelo recorrió a Europa en  el  medioevo,  con el fin del milenio y movió a miles de seres a la búsqueda de purificar  la sociedad.  La historia llamó  a este movimiento: Milenarista, y creo trágicas rebeliones populares y movilizaciones sociales como fue “La Cruzada de los Niños”, que terminaron siendo vendidos como esclavos. Quien iba pensar que en el corazón de Latinoamérica a finales del siglo XIX, entre 1895 y 1897 se generaría en el interior de Bahía, Brasil en los sertones un movimiento de este tipo, que la intelectualidad y políticos brasileños no pudieron  comprender, pues vieron lo que deseaban ver  y  sentir,  como lo siguen haciendo.

Los seguidores del Consejero   palpitaban por la búsqueda y el encuentro de lo sagrado,  vivificaron el mito del retorno de Cristo. Movimiento  milenarista nacido entre miles de kilómetros de áridas tierras, donde las gotas de  lluvia son  un tesoro, y la resequedad muerde el alma. Antonio Vicente Mendes Maciel, más conocido como el Consejero (1830-1897), durante años recorrió esas tierras,  su mirada flamígera traspasaba el alma, y con un verbo sencillo dio esperanza y fe a los bahianos, peregrinos, campesinos, exesclavos, exconvictos, asesinos… , arrepentidos gracias a  un cristianismo que buscaba  sus raíces.  No tuvo Antonio Consejero la misma suerte que  San Francisco de Asís, que convirtió su llamado a  la pobreza en un orden monacal. Por el contrario fue perseguido, junto a sus seguidores masacrados  en un Brasil que en 1888, la monarquía  había  abolido la esclavitud, y un año después se hizo la independencia,  sin héroes y sin guerras fratricidas. La Republica fue impulsada por la monarquía   a diferencia de Venezuela, pues el Libertador tuvo como norte la ilustración  que ayudo a materializar   la trágica revolución francesa, y  admiraba el  bonapartismo. La independencia venezolano fue cruenta, y degenero en un largo periodo de guerra civil.  Por estos rasgos y tener un lenguaje diferente como es el portugués   Brasil, creo un destino histórico, que los latinoamericanos debemos descifrar y comprender.

En este contexto surge un movimiento  milenarista, del cual gracias al artista y fotógrafo Flavio de Barros, podemos imaginar al haber  tomado  más de 70 fotografías  de Canudos, y poder permitirnos, así,  tener una idea  de esa rebelión popular, como se ve en la  imagen “400 jagunzos prisioneros”, 1897, donde  se apiñan niños, ancianos, mujeres, vestidos con despojos de telas  de sabanas, cobijas,  cubriéndose el cuerpo y la cabeza para protegerse del inclemente sol. Desvalidos, indefensos como los califica la crítica brasileña,  estos rostros de pueblo de piel mestiza, con el temor anidado en sus miradas, entre  pelos ensortijados. Esperando  la  muerte para renacer como habían  oído decir al Consejero. “El anticristo derroto a los ángeles, pero renaceremos de la muerte”. Se siente el  amor con que los padres acarician a los  huesudos hijos. Y los angustiantes gestos  de los  huérfanos por recuperar a sus padres, en una guerra provocada por la incomprensión. Están  hambrientos y susurrando entre sí, cuál será su destino tras  los batallones de  la Republica  derrotar la  rebelión de Canudos.  Rodeados como ganado, por  milicianos con casacas, cruzados de cintas de balas, fusiles entre  manos, bolsos con avíos, y oficiales con pañuelos para no respirar el  olor de la muerte. Militares  con  rostros  iguales que los jagunzos,  serían  sus verdugos, y dejarían  correr su sangre como ríos, en esa tierra infértil. Fue un genocidio como pocos, decenas de miles fueron asesinados sin misericordia, por un Estado  enceguecido ante lo que ocurría: eran vistos erróneamente como la punta de lanza de los ingleses y los  monárquicos, grande fue  la sorpresa de los militares  al no encontrar[ep1]   un solo hombre con la caballera  rubia, y vestido con uniforme  inglés.

Una de las fotos que tomo Flavio de Barros,  muestran el cuerpo inerte, como  despojo de Antonio Consejero, cubierto con su manto purpura, no murió por los cañonazos, ni por  las miles de balas, sino por la ascética austeridad que   consumió su existencia.  Siendo desenterrado, cuando  Flavio tomo la foto, el 2 de octubre de 1897,  que Euclides da Cunha,  publico en su libro “Os Sertaos”. Se ve un cuerpo enflaquecido,   con las manos delicadas, y una caballera leonina, cubierto con un manto,  y calzado con chancletas de cuero.

Un Jaguzano, o guerreros santo de Canudos, en otra imagen se ve  rodeados de cuatro militares armados con fusiles. Destaca su altura,  en su mirada no hay temor, es retadora, pareciera estar en paz consigo mismo, cubierto de gruesas telas para mimetizarse en el reseco paisaje. Tiene las manos amarradas en la espalda y aun así se ve el temor de quienes  lo vigilan. El sombrero  no oculta el rostro, posiblemente Flavio se lo movió antes de fotografiarlo.  Nunca sabremos que estaría pensando este guerrero santo,  pero podemos imaginar las inquietantes dudas que provocaron en su  fe las palabras del   Cristo renacido, que fue el Consejero.

La imagen del “Batallón 16 de infantería”, muestra una desértica  colina, con improvisadas chozas  construidas de  ramas, algunas tiendas, y varios grupos de soldados, vestidos informalmente, pocos tienen uniformes, destacan los sombreros cada uno diferente del otro, afirmando sus diversas personalidades y orígenes. Se percibe en sus poses  que todos están en función  de  la fotografía que estaría tomando Barros. La formalidad de esta imagen se rompe completamente en la  foto la  “Bateria de Perigo”, 1897, donde entre dos ranchos de barro y techos de caña, más de veinte soldados son fotografiados,  algunos asumen  gestos, para  afirmar lo que el otro desea que vean de él, como el de un soldado uniformado, con la mano en la cintura, descalzo recostado sobre un rancho, con una mirada frontal y una  pose poco masculina, posiblemente se estaría  chanceando con el fotógrafo. Unos se ven sentados, otros recostados, a la espera de la comida que se está calentando en el fogón,  en el interior de una  olla de barro, sobresale la cuchara de madera con que se remueven los frijoles. Están recostados,  sosegados,   mirando al cajón de la cámara del que sobresale un ojo de vidrio. Desean huir  de ese aciago paisaje, donde   asfixia  la ausencia de  brisa y el verdor de los árboles frutales. Otra de las fotografías de Barros del libro “os Sertaos” muestra un paisaje dominado por la desolación, la sequedad y al fondo  se ve el poblado de Canudos, cientos de chozas una al de la otra. Donde milagrosamente se instauro el Reino de Dios, guiados por el renacido Cristo bahiano. Hoy este poblado del interior de Bahía, se convirtió en una laguna, donde aún se ven las ruinas de la iglesia del pueblo, que fue restaurada por el  peregrino,  pareciera haberse  cumplido una de las profecías del Consejero: las aguas volverían a  Canudos…

Publicaciones relacionadas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba