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Fútbol, política y poder

Antonio José Monagas

En determinados escenarios, los estilos de ejercicios, así como el lenguaje, se transvasan. O sea, se cambian entre si en virtud del pragmatismo o de cómo se asumen los distintos ámbitos en cuanto a su manejo conceptual y metodológico. De manera que no sorprende a nadie que la política se ha aprovechado de otros medios de vida para desarrollar y consolidar su léxico. Aunque también, se ha servido de otros lenguajes para facilitar los procesos que se corresponden a su praxis.

En consecuencia, el lenguaje de la política, tanto como su gestión, se ha valido de términos, incluso de conceptos y métodos, para afianzar su discurrir, su trajín y su dinámica. Así que no sólo ha extraído palabras de la tauromaquia, de la economía, de la historia, de la física, de la geografía y de la religión. También, del ámbito militar, jurídico y deportivo, de la ciencia médica, de la arquitectura y de la gastronomía, fundamentalmente.

Pudiera decirse que la epistemología de la ciencia política, es casi un comprimido de concepciones foráneas finamente mezcladas con el propósito de afinar y refinar criterios que son requeridos por la teoría y la praxis política para impregnar de sentido social su activismo. Posiblemente, eso también le ha sido funcional al momento de intervenir ámbitos no sólo de actividades propias de las distintas esferas del conocimiento. También, de sectores alienados por condiciones conflictivas y bajo presiones y tensiones de naturaleza social y económica, particularmente.

La contribución de otros lenguajes al vocabulario político es apenas una de las distintas consideraciones que le suman importancia a la comprensión de la política. Sin embargo, eso no queda ahí. También, en cuanto a lo que define cada ejercicio de cada una de las múltiples ejecutorias que le dan forma y sentido al discurrir de buena parte de lo que configura la vida social, política y económica del ser humano.

Sin  embargo la disertación que ocupa estas líneas, acude al contexto que estos días está adquiriendo significado toda vez que la política y la economía nacional e internacional están supeditadas a lo que está aconteciendo alrededor del Encuentro Mundial de Fútbol que está llevándose en Rusia. Principalmente, en su capital, Moscú.

Desde esta perspectiva, no hay duda de la asombrosa relación que se establece entre la política, el fútbol y el poder. Sobre todo, en un ambiente tan contradictorio como el venezolano. Ambiente éste signado por los agudos problemas económicos y humanitarios que, el autoritarismo hegemónico imperante, descarga sobre la sociedad. No obstante, la población no deja de sentirse cautivada por estos juegos los cuales, gracias al extraordinario apoyo de Empresas Polar, determinado por su presidente ejecutivo, Lorenzo Mendoza Giménez, son retransmitidos por radio y televisión. Y por tanto, vividos por un pueblo de atiborrados y serios inconvenientes. Pero de humilde extracción social.

Así se tiene que la política el poder político se han copiado del fútbol para lidiar en medio de sus realidades. Pero no sólo es el lenguaje. También lo hace cuando de maquinar sus manejos, sin siquiera advertir las implicaciones que devela por tan característica extracción, se trata. No hay duda entonces, que la política estructura muchas veces sus maniobras comportándose cual jugador restándole al contrario el mayor poder posible.

Indistintamente del número de activistas de la política, en medio de alguna consideración que ponga en riesgo la jugada realizada, el ejercicio de la política se vale del poder para conspirar contra al adversario declarado o el enemigo encubierto. Así por ejemplo, enseña a la población para “meter un gol” al cumplir con la estrategia de confundir a cada jugador contrario. De esa manera, podría verse la cancha despejada y evitar así el asedio de algún posible contrincante.

Del mismo modo, la política busca mediante tácticas futbolísticas salirse por la tangente antes que el jugador del otro equipo advierta la “finta” realizada a manera de cansarlo o desorientarlo. Asimismo, en las contiendas políticas siempre se espera que el “capitán del equipo” o el jugador más rápido sea la persona armada del valor necesario para meter los goles mientras el resto espera a que la jugada sea tan imbatible como las posibilidades lo permitan.

Cualquier otro lance que no atine en su propósito, es objeto del más atrevido repudio o crítica sin comprenderse o considerarse que el fallo no tuvo nada que ver con la situación por cuanto no siempre se tiene cuadrada la condición para vencer todo lo que puede encausarse a desdén de la circunstancia. Pero esta suerte es incomprendida por quienes, desde la política, tienden a creer o suponer que está lidiándose en medio de un partido de fútbol con árbitros amañados, comprados o vendidos.

La política se vale del aforismo que en el deporte masivo se aduce como criterio para vencer: “divide y vencerás”. Y efectivamente, es el medio que sirve de recurso estratégico para alcanzar la victoria antes que las adversidades puedan ocasionar el triunfo del contrario. De manera que la trilogía entre el deporte, la política y el poder, se convierte en una ecuación perfecta para disponer de las mejores condiciones capaces de torcerle el camino del triunfo al otro. Aunque por razones obvias motivadas por el momento futbolístico que vive el planeta, habrá que endilgarle la responsabilidad del caso al fútbol. Así podría decirse que la conjugación más conmovedora, se tendría en la relación que tiene el fútbol actual, con la política y, por tanto, con el poder. Es decir, se construiría así la trilogía: fútbol, política y poder.

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