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Gerencia del absurdo

En los últimos meses he estado leyendo cuatro sendos estudios del Dr. Orlando Albornoz (“Breves notas sobre Autonomía y la Libertad Académica”, 2009, “Regulación y Control Académico”, 2010, “Competitividad y solidaridad: las tendencias de la universidad contemporánea”, 2011, y “Las múltiples funciones de la universidad: crear, transferir y compartir conocimiento”, 2012), en los cuales presenta un escenario ideal desde donde poder valorar la administración y conducción de los destinos de las instituciones de Educación Superior.

Los aportes de Albornoz, son muy variados, pero sin duda van como dardo direccionados a una realidad incuestionable: las universidades están para prestar un servicio educativo que motive la creatividad, el intercambio de ideas y el debate permanente acerca del contexto en el cual se vive. Una universidad “eunuca”, castrada de raíz ideológica y culturalmente, es una universidad que producirá profesionales sin criterio ni autonomía de competencia alguna.

El autor, Albornoz, destaca que, en el caso de Venezuela, no ha sido posible organizar un sistema normativo aplicable a todas las universidades, el cual brinde homogeneidad a las políticas públicas universitarias y gobernanza al co-gobierno universitario, para el caso de las universidades autónomas. Ahora bien, y esta es una realidad que Albornoz destaca, en el país la visión de academia se haya alejada de la visión de academia que internacionalmente ha sido una tradición en el mundo universitario. Se ha banalizado el carácter “especialista” de la universidad venezolana, dándole connotación de élite, grupo de poder, burguesía académica, entre otros calificativos. Es una visión instrumentalista de la universidad, buscando que ella aporte soluciones inmediatas a problemas de las comunidades y que sirva de espacio de formación masificado para las nuevas generaciones.

En este aspecto, quienes leen a Albornoz como un “opositor” o “representante de la burguesía elitesca de la academia venezolana de los ochenta”, desvirtúan el sentido objetivo de sus aportes. Existe la necesidad, desde la visión de las políticas públicas bolivarianas universitarias, de rescatar la majestad de la academia, monitoreando en ella su valor y alcance para el progreso y desarrollo del país, no para generar matrices de opinión que dan la percepción de que todo el mundo universitario se debe a la suma de una voluntad política y no a la combinación de voluntades, en las que destaca el talento, la capacidad y la disciplina por alcanzar niveles profesionales de excelencia y calidad competitiva. Pertenecer al mundo académico no es un asunto solamente de derechos, sino de deberes, éstos han de ser asumidos por cada ciudadano o ciudadana que desde el beneficio de una política pública de inclusión sepa responder, acertadamente, al compromiso profesional que está construyendo.

Albornoz realza que la conceptualización “…más sencilla, clara y objetiva de la universidad es considerarla el símbolo de la sociedad experta…; ser un cuerpo capaz de ofrecer respuestas técnicas avaladas por las metodologías científicas y tecnológicas a los problemas de la sociedad, en las materias críticas de su sobrevivencia y en aquellas otras menos acuciantes pero no menos importantes, de la ética, la estética y la salud espiritual…” Y este tipo de acción de la universidad solamente es posible por la vía de la autonomía y la libertad académica; el papel del mundo universitario es persuadir a la sociedad de la utilidad de la universidad como instancia de un conocimiento racional, sistemático y objetivo, el cual mantenga vigente los valores críticos de la universidad y sus soluciones objetivas, cargadas de referentes ideales y rompiendo, definitivamente, con el vicio de la improvisación.

Hoy día, en las universidades públicas y privadas, se da una especia de Gerencia Educativa del Absurdo, caracterizada por la colocación en puestos de jefatura, coordinación y hasta dirección rectoral, de profesionales que, si bien en sus curriculum de vida aparecen algunos estudios que los califican como competentes en determinadas áreas de conocimiento, no es menos cierto que llegan a estas instancias del control administrativo universitario careciendo de calidad humana, de sentido de pertenencia y sobre todo, de comprensión contextual de su papel y responsabilidad en las funciones que la universidad les da como retribución a su perfil profesional o por ser personas de confianza ideológica que coincide con las máximas autoridades del co-gobierno académico en la orientación que les han de dar a la universidad.

Estos personajes del “absurdo”, porque asumen funciones de dirección caracterizadas por el maltrato a la academia y los que hacen academia, gravitan en una confusión monumental acerca de las funciones de un docente universitario. Como bien destaca Albornoz,  la docencia universitaria da la posibilidad de pensar la educación no como entrenamiento de recursos humanos, sino como la actividad dirigida a brindarle a cada estudiante las herramientas e instrumentos para que pueda desarrollar plenamente sus potencialidades como persona y profesional; solamente eso garantiza que la universidad se integre, desde lo social y medioambiental, en la tarea por brindar a la sociedad de respuestas oportunas y especializadas. La universidad debe abocarse a reflexionar acerca de esa Gerencia Educativa del Absurdo que no regenta ni satisface la demanda de la comunidad, sino que crea conductas sectarias y anti-académicas, fruto de frustraciones y egolatrías maltrechas, lejos de un sentido humanista y de solidaridad que ha de caracterizar el Estado de Derecho y Justicia, en un mundo cada vez más dinámico y cambiante. El docente universitario se debe a las funciones de docencia, investigación y extensión, como  tareas básicas y constitutivas que la universidad espera y exige de él como dedicación absoluta, reflejando la naturaleza de la universidad y la relación entre la producción de conocimiento y la mediación, donde los profesores son los encargados de concretarla.

El llamado es a no entender la Gerencia Educativa Universitaria como una instancia de control y regulación, sin sentido ético ni conocimiento especializado. Ejercer la autoridad es un asunto más de liderazgo que de implementación de normativas o reglamentos. Un docente universitario debe comenzar por respetar sus funciones y tareas, para luego exigirlas desde el espejo del ejemplo y la dedicación; el problema se presenta cuando esas autoridades ni cumplen sus roles de docentes universitarios ni entienden el papel que les toca hacer en esas instancias de dirección en las cuales el espíritu creador y el trabajo cooperativo debería ser las banderas de sus competencias administrativas. Si no existiera esta realidad en nuestras universidades sería necio mencionarla, pero está, aquí en nuestras universidades, día a día, y es lo que ha ido descomponiendo la academia y a la que hay la necesidad, antes de transformar, de rescatar de la pandemia de la docta ineficacia.

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