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Globalistas, nacionalistas y cosmopolitas

Estamos viviendo un cambio de época. El mundo que hemos conocido está dejando de ser y el que tenemos está lleno de incertidumbres e interrogantes. Se respira una atmósfera anti establecimiento, de desconfianza institucional, de antipolítica, de frustración con las utopías de ayer, de élites poco transparentes que practican la posverdad (uso y encubrimiento de la mentira). Como diría Bauman, vivimos una modernidad líquida donde nada permanece, todo es fugaz, incompleto, indefinido, nada es sólido por desvanecerse todo en el aire, donde la política emigra a instancias libres de control democrático.

Esta realidad es parte de un irreversible proceso histórico de cambio multidimensional que ha venido recibiendo el nombre de globalización y se manifiesta en todas las facetas de la vida. Hay aspectos positivos como la conformación de una economía planetaria, las nuevas tecnologías, las comunicaciones; y negativos como su carácter predominantemente económico, con pocos cambios políticos. Las fronteras nacionales van cediendo en un tiempo caracterizado por una gran movilidad de mercancías y personas. Emergen nuevos poderes que trascienden las estructuras estatales en un ambiente de escaza regulación jurídica sin autoridades mundiales con poder coercitivo y autoridades nacionales débiles y poco eficaces. Ciertamente, lo político cede ante la economía.

El debate sobre esta temática ha ido adquiriendo importancia y aparece en las campañas electorales de los países democráticos. En los Estados Unidos los partidarios de Trump con frecuencia hablaron de globalización y orden mundial.  

Ante estas realidades identificamos tres posturas básicas que denominaremos globalistas, nacionalistas y cosmopolitas.

Globalistas serían quienes pretenden mantener el statu quo, es decir, que las actividades económicas y financieras continúen desarrollándose planetariamente con absoluta libertad, es decir, sin regulación alguna que las limite. La consecuencia sería el aumento del creciente poder de empresas transnacionales que continuarían siendo más fuertes que muchos estados y organizaciones internacionales. Se impondrían los más poderosos, los nuevos y opacos poderes de facto, lo cual incrementaría su influencia indebida, su abuso.

Nacionalistas denominaríamos a quienes afrontan la realidad pretendiendo volver al pasado, al mundo conformado a partir de la Paz de Westfalia de 1648 que marcó la existencia del monárquico Estado nacional moderno. Conceptos como la soberanía, no injerencia e igualdad de los estados sustentarían su independencia frente a los poderes supranacionales. Proponen aislacionismo, proteccionismo y prácticas no exentas de xenofobia.

Cosmopolitas llamamos a quienes proponen una democratización global fundada en el bien común universal, el cual deberá prevalecer sobre los intereses particulares de estados y empresas. Exigen autoridades mundiales con poderes coercitivos en diversas materias, así como la promoción de la integración de los estados en unidades políticas democráticas más amplias.

Este proceso democratizador multicolor y heterogéneo supone la globalización de los derechos humanos. Será necesario asumir la autonomía de los pueblos, su derecho a la democracia y flexibilizar o mejor aún desechar conceptos como la soberanía que no se corresponden con las nuevas realidades y distorsionan la democracia y el estado de derecho.

Consideramos necesario establecer un nuevo orden global y una estructura democrática pluralista para gobernar el mundo cuidando, como aconsejaba Maritain, no reproducir a escala planetaria las estructuras, defectos y perversiones del Estado nacional que es necesario ir corrigiendo simultáneamente. En tal sentido será fundamental un gobierno de tipo subsidiario articulado en múltiples niveles que colaboren recíprocamente e impidan una monocracia global. En definitiva, se trata de ser ciudadanos del mundo sin renunciar a la patria asumiendo en el plano mundial una vieja tarea: someter el poder al derecho y rehabilitar la política subordinándola a la ética.

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