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Guaidonadas

Alfredo Maldonado 

Un amigo muy cercano y querido, hombre trabajador en sus cuarenta años, una esposa, un hijo en edad escolar, hace de todo excepto su propia especialidad. Su problema no es progresar en su oficio, sino repartir adecuadamente la bolsa CLAP por la cual paga un poco más de lo que cobra el Gobierno, porque debe dar algo al vecino que la recibe en su nombre.

De eso vive el vecino, de su propio CLAP y de los que recoge en nombre de amigos y familiares que mantienen sus ranchos y modestos apartamenticos y casas inscritos, con sus familias viviendo ahí, pero ellos han tenido que irse a otras partes a buscar trabajo para poder pagar ese escaso alimento que el Gobierno compra en el extranjero –los más patéticamente afortunados los que se han ido a Colombia, Ecuador o Perú y pueden mandar unos pocos dólares, que siempre rinden más.

El buen amigo sobrevive haciendo arreglitos aquí, barriendo allá, pintando un poco más allá, lavando carros –de los pocos que todavía disponen de dinero para financiar la limpieza de sus autos sin ser militares ni funcionarios- y, de vez en cuando hurgando en alguna basura en la cual sus ojos, que se han entrenado en estas nuevas y necesarias adivinanzas socialistas castrovenezolanas, perciben algunos restos de comida aprovechables. No todo lo que se bota apesta, señal revolucionaria.

Mi buen amigo, que de vez en cuando me hace trabajitos que pago como puedo y el cobra por transferencia, porque eso también aprendió, que no siempre hay billetes disponibles y que una tarjeta de débito sirve para todo excepto para comprar gasolina y para pagar el estacionamiento del Centro Comercial de El Hatillo, que no aceptan ni siquiera dólares, viven en otro mundo, critica al Gobierno por hambre pero no por convicción, es de los que creen que si Chávez estuviera vivo esto no estaría pasando.

Es una bandera deshilachada en alto, pero también su tragedia. No tiene salida. No cree en Maduro, lo pone nervioso Diosdado Cabello “siempre amenaza y se burla, ¿pero qué está haciendo de verdad?”, no sabe o no recuerda quién fue ni es capaz de analizar qué hizo Rafael Ramírez, no entiende lo que dice “el Pollo” Carvajal, solo piensa que si está preso por algo será.

A Juan Guaidó lo ve como “el flaco ése que es como el Gobierno, ofrece, ofrece, ofrece y el siguiente fin de semana vuelve a ofrecer pero de ahí no sale”. El 30 de abril convenció a un compadre que se gana la vida como mototaxista, y que ese día obviamente daba por perdido, y se fueron al Distribuidor Altamira y a la Plaza Francia.

A eso de las 9 de la mañana el motorizado lo dejó en mi casa. “Es otra guaidonada”, me dijo entre triste y aliviado, “no se preocupe, jefe, aquí no va a pasar nada, a lo mejor ponen preso a ese carajito para nada, ¿se imagina qué hubiera hecho Chávez? ¡Les hubiera partido el culo a todos antes del desayuno! ¡Lástima que se murió!”.

Y se puso a arreglarme una mesita medio tatareta sobreviviente de muchos amaneceres y chismes, a cambio de una bolsa de Harina Pan y el desayuno. Mientras cepillaba con una vieja lija, rumiaba que tenía que averiguar con su compadre (NO RECUERDO EL NOMBRE) cómo es la vaina ésa de Colombia para donde se fue su anterior mujer y le dejó la hija de ambos y el rencho para que los cuidara.

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