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Guillermo Morón: Los animales socialistas del siglo XXI

Fabula con sus bestias el narrador Guillermo Morón, las hace cercanas y afectivas, no les altera su esencia física, pero les inventa otra alma, otro sustrato, una forma de ser, una idiosincrasia, una índole, una personalidad, para, con sus animales, muy suyos y particulares, formar un ejército sin armas que sólo empuña la palabra – la más destructora de todas las máquinas concebidas para la guerra – en forma  de ironía, de sátira, de puya, de sarcasmo, de socarronería, a objeto de ridiculizar personas que apuestan a ser personajes y de criticar, por mampuesto, conductas y actitudes impropias de lo humano.

Morón nos recuerda que ningún soberano transita desnudo, que ningún político camina en cueros. Confirma el escritor: “No soy yo quien pone los nombres. No soy, ciertamente, un inventa nombres. Los nombres ya estaban allí cuando llegué para recogerlos y animarlos un poco con estos recuentos. En tales circunstancias se podrá notar fácilmente que si no invento los nombres es porque los encuentro ya inventados.”

La codicia, la solidaridad, la avaricia, la gula, la amistad, el engaño, la componenda, la caridad, el amor, el abuso de poder, la injusticia, los celos, la inocencia, el pudor, la lujuria, la hipocresía, la suficiencia, el desprecio, la equidad, el abuso, el respeto por el otro, la consideración, la condolencia, la compasión, el odio, la protección, el chisme, el elogio, la adulancia, la soberbia y la jaladera de bolas, según el caso y la circunstancia, acompañan, para retratarlos, a los animales del zoológico personal de Morón, sito en la comarca de su fértil imaginación. “No tengo por qué atender a quienes me critican por el desorden con que escribo. Me interesa sólo la verdad, la calidad de mi trabajo, el empeño que en él pongo, la dignidad de su estilo y composición y la propiedad con que se emplea cada palabra en cada frase. Y mi nombre Claudius Aelianus, nacido en Praeneste, ciudadano romano del Siglo dos, De natura animalium que escribí en griego. No se asusten, pues, los animales de hoy.”

Acompañemos al escritor ecologista, al narrador guardián de bestias con alas y bichos con uña, agarrados de su fantasía, sin susto ni miedo ni pánico ni pavor, pero sí con mucha curiosidad, para de buena tinta conocer, ver de cerca, sin tocarlos, darles de comer o perturbar su ecosistema, algunos de estos animales criollos, muy pero muy socialistas del siglo XXI.

  • El conejo: “El conejo – a quien un escritor, llamarase Antonio Arráiz bautizará como Tío Conejo – es un animalito sumamente libidinoso, sexópata pudiera ser el término apropiado. Esa es la razón por la cual el conejo, que tinto abunda por allí, se vuelve loco cuando va tras la hembra”.
  • El Rey de los Lagartos: “Asomó el primero su altiva cabeza por el borde izquierdo del barranco. Movió, altanero, el rostro; la mirada al frente, avanzó luego a paso firme, como si aplanara la trocha, casi a marcha de vencedor, Ágiles los nerviosos cuerpos, en fila india, ascendieron por el flanco derecho entre los matorrales, los cinco de un pelotón delgado. Pequeño, liso, frágil el delantero, los ojos precavidos y alerta. Más fuertes, como peones mal entrenados, los compañeros de ruta. Otro solitario, acomodó todo el cuerpo, a cuatro patas, en la piedra ancha que parte en dos la geografía bajera del lugar, unas tunas, arena gruesa de volcán, chamizal tieso de largos días sin lluvia, cantos rodados con viejas nostalgias de nubes, rocas ancianas, pedrugones mozos. Uno chiquito, con los ojos apagados, parece tomar el sol en una pala del tunero. Mueve sigilosamente la cola aguda, verde la cola como aguja de cardón. Los ojos sumidos, ojos de barro seco, de un pequeño ejército, se mueve con ruido ligero por la retaguardia, de improviso, en escaramuza, guerrilleros de sombras apretadas, de dos en fondo, a la ofensiva. Los lagartos del barranco se han dado cita para escuchar a sus dirigentes. El Rey de los Lagartos, que es general, los vio congregarse y creyó que venían para aplaudirle y rendirle pleitesía. Por eso se asomó a la ventana, levantó las delanteras, sonrió complacido y se disponía a echar un discurso. Pero los lagartos se dedicaron a lo suyo, esto es, a comer conchitas de pan y hojitas verdes y granitos de arroz blanco. El Rey de los Lagartos, que es general, volvió a dormir su siesta, después de cumplir con sus hábitos, beber cerveza, comer arepa tostada con caviar y tomar el sol en la terraza. En el barranco, donde viven los lagartos, todo quedó nuevamente en paz y buen calor”.
  • La Hormiga roja: “Un día se apareció por la ciudad socialista de las hormigas, un ser mesiánico que lo sabía todo porque todo estaba y salía de su cabeza. Al principio parecía una hormiga mayor, una hormiga roja, con la habilidad de moverse más ágilmente. Dijo que era sociólogo y podía explicar por qué las hormigas eran como eran desde siempre. Dijo que era economista y podía regular el transporte, la circulación, el acarreo de los alimentos, el precio de las hojas, el tamaño de los palitos, todo cuanto las hormigas conocían normalmente. Y dijo también que era político y que podía gobernar la ciudad que se había gobernado eternamente por sí misma. Resultó ser un monstruo de dos cuerpos, cabeza y abdomen, con ocho patas. Su habilidad era tanta que convirtió en tela de araña y en trampa todo cuanto tocó”.
  • Los zamuros. “Pero un día se ha podido averiguar con gran dificultad, los zamuros se adueñaron de la isla, porque confundieron con carroña un estiércol llamado petróleo. Entonces los gobernantes cambiaron de nombre. Aunque ya no fue posible mantener la libertad, sino que vino la tiranía. El tigre merodea todavía por los aledaños”.
  • Los caribes: “Los caribes convocaron asamblea en la capital de las provincias, reinos y ciudades” Hablaron, discursearon, contendieron, discurrieron, riñeron, argumentaron, propusieron una y otra vez. “Agotados los caribes no sintieron la llegada del Rey Pavón y sus hoplitas. Llegó por mar desde las hiperbóreas tierras heladas que están al norte. En las provincias, reinos y ciudades gobiernan ahora las Nuevas Tribus de los pavones. Y ejercen el poder sin condominio”.
  • Las cucarachas: “Las cucarachas llaneras fueron las primeras en darse cuenta de aquella anormalidad (…) Ya no hay héroes, por eso las cucarachas llaneras se dedicaron a la vida rutinaria, dejaron pasar la oportunidad y el tiempo. Pero se dieron cuenta (…) Y las cucarachas comenzaron a buscar un héroe, con desfiles, concentraciones, cerveza, carne asada, güisqui, todas las orquestas y cantantes, busca que te busca. En eso estaban las cucarachas de toda la tierra, cuando comenzó el baile de las gallinas”.
  • Mapurite Embajador: “Muy antigua es la fama de la tribu mapurítica como para tener necesidad de recordarla. Entre todos los habitantes de esta podrida tierra y provincia de los animales, el pueblo de los mapurites sobresale por la precisa condición de su hábito. Seguramente la estofa mapurítica se habría mantenido al margen de la historia, si no hubiera ocurrido el insólito acontecimiento que, no sólo permite, sino obliga al historiador, en su condición de historiador, a registrar el hecho (…) Y todo porque el Rey de los Mapurites, es decir, el más peorro, fue Embajador. Allá estuvo, en la Corte del Rey, donde se cree a pie juntillas que toda la vieja y noble provincia de los animales criollos es ágrafa, empecinadamente ágrafa; que toda la rica gama de culturas formadas por los animales criollos, República, Gobierno, Pueblo, Congreso, Universidad y cotarro de letrados, es estofa mapurítica.”

Confiesa el escritor el porqué de su pánico socialista, la razón de ese espanto bolivariano:

“La culpa es de las palabras: No ve usted que las palabras se me alborotan en la cabeza como si fueran un avispero alborotado. Sólo que, si uno echa a correr, después de darle una pedrada al cacuro, las avispas se quedan con las ganas, Pero las palabras, como avispero, se alborotan en el cacuro, en el avispero que está dentro de mi cabeza. Entonces yo salgo corriendo para que no me piquen. Pero las avispas están ahí, en la cabeza, y ellas son la que tienen que correr para que yo no las mate. Y la mejor manera de matar esas avispas es pronunciarlas.”

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