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¿Hecho en Venezuela?

La sesentona propuesta del llamado «plan de sustitución de importaciones» parece ser, si nos atenemos a lo que dicen sus principales voceros, algo en lo que gobierno y oposición están de acuerdo. ¿Base para un consenso, al menos sobre el tema económico? Ojalá aunque fuera eso.

Y es que la idea, de lógica elemental, suena bien. Luce seductora. Se basa en la idea mítica de un país autosuficiente, que produce todo lo que consume. Era el delirio final y fallido de Albania. El resultado, de los ’60 (década en que la consigna estuvo en boga en toda América Latina) a esta parte, está muy lejos de eso. Al menos en Venezuela, seguimos importando e importamos más.

Ocurre que la propuesta tiene un talón de Aquiles: el tamaño del mercado al que se orienta, el mercado interno, tanto por su baja capacidad adquisitiva inicial como por el número de consumidores que lo componen. No sólo porque se necesitan muy pocos actores productivos para copar un mercado interno restringido, lo que convierte a la economía en poco competitiva y de características ontológicamente monopólicas, sino porque la gran industria -que es condición del desarrollo- requiere de inversiones de tal tamaño que sólo un mercado diez, cien, mil veces mayor puede propiciarlas. Tal vez por eso fue sólo en Brasil, Argentina y México donde esta estrategia más o menos tuvo algún éxito hace medio siglo.

Corea del Sur, por ejemplo, a diferencia nuestra, entendió ya en aquellos años 60 que la posibilidad de desarrollo estaba en los mercados externos y no en su modesto mercado interior. Por no hablar de los grandes países capitalistas desarrollados que desde los siglos XVIII y XIX, imperialismo político y militar mediante, todo lo hicieron exportando y exportando mucho. Lo que hace China hoy.

En Venezuela, eso estuvo claro al menos desde los ’80 luego del evidente fracaso del populismo estatista y petrolero vernáculo. El legendario libro del IESA «Venezuela: Una ilusión de armonía» ya lo planteaba. Sólo si orientamos nuestro aparato productivo hacia los mercados externos, podremos ocasionar el crecimiento de nuestras fuerzas productivas para lograr el desarrollo. Es decir, identificar aquellas líneas de producción en que nuestras ventajas comparativas y competitivas sean suficientes como para acceder a aquellos mercados. Lo demás puede importarse. Lógicamente, impulsando las exportaciones se producirán y se consumirán en el país muchos bienes que hoy se importan: hecho en Venezuela, sí. La empresa privada, por su propia naturaleza, debe ser pivote fundamental de esta acción exportadora. A tal fin, el Estado debe asegurar puertos y aeropuertos modernos, autopistas en buen estado, servicios eficientes (energía eléctrica en primer lugar), trenes y todo tipo de transporte abundante y eficiente, facilidades aduanales, y todo cuanto aquélla requiera, pues de ella provendrá el incremento de ingresos fiscales cuyo destino ha de ser lo que más cuenta: la educación, la salud, la seguridad y las infraestructuras, cuatro bases sine qua non del desarrollo económico, cuatro palancas para la justicia social, en un círculo virtuoso que de suyo ocasiona la creación incesante de nueva riqueza, no sólo petróleo. Sin todo lo cual, dicho sea de paso y Marx dixit, es impensable cualquiera sea el sueño de socialismo que se profese.

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