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Hoy nos sale lenguaje “amoroso”

El diccionario de la RAE incluyó algunas nuevas palabras en su versión más reciente, la 23.3.  Y, como siempre, algunas no son del agrado de todos.  Por ejemplo, eso de haber aceptado “accesar” como equivalente a “tener acceso a algo”, me tiene a la vez contra el suelo y con la piedra afuera.  Porque ya el idioma tenía “acceder”, con lo que teníamos suficiente.  No creo que, en este caso, los académicos que tienen como divisa: “Limpia, fija y da esplendor” desde hace más de dos siglos les haya hecho mucho caso.  Con otros términos, han sido más afortunados y han aceptado términos que hacían falta.  Admitió también la expresión latina “annus horribilis” —quizá después de haberlo popularizado la reina Isabel II— para significar un año terrible, en el cual las cosas no han salido como se esperaban.

Pero de igual forma aceptó: “atarvan” —un colombianismo al cual me aficioné desde los viejos tiempos en que serví en la frontera tachirense y donde encontré muchas cosas hermosas y buenas, entre ellas, la mujer de mi vida.  El nuevo sustantivo sirve como un denuesto para tachar a la persona maleducada o de modales groseros.  Vale decir, la mayoría de los individuos —iba a poner “personas”, pero medité mejor— que conforman el régimen; del usurpador para abajo.  Lo que resta de espacio, se lo voy a dedicar a uno de estos atarvanes: Elvis Amoroso.

Este es un tipo tan despreciable, casi de la calaña de José Temiente, que tuvo la osadía de proponer su nombre como candidato a magistrado del TSJ, siendo él miembro de la comisión parlamentaria que debía escoger a dichos togados. Juez y parte, le dicen a esa viveza pendeja.  Menos mal que le salió el tiro por la culata porque, al ratico, alguien hizo notar que era un recién llegado a la abogacía y que “la mejor Constitución del mundo” especifica que, para ser miembro del TSJ, debe tenerse quince o más años como jurisperito. O sea, que le faltaba un requisito.

Los que nos lleva a otra palabra: el adjetivo con el que terminé el párrafo anterior.  Un “requisito” es una circunstancia o condición necesaria para algo; una formalidad indispensable para el cambur, la canonjía más bien, que aspiraba.  El vocablo proviene del participio pasivo del verbo latino requirere, que se forma del prefijo intensivo «re-” más quaerere, con los significados de “buscar”, “preguntar”.  O sea, que hay que indagar, inquirir, aclarar mucho antes de aprobar al sujeto.  Y no llenaba el molde.  Pero es una de las mejores muestras de la picaresca en la cual los rojos han convertido lo que era un destino respetable, honorable.  Tan es así, que el presidente del Tribunal de la Suprema Injusticia estuvo sindicado de dos asesinatos…

Si algún término puede emplearse para definir al tal Amoroso es “execrable”; un adjetivo que define el mataburros como “que merece ser condenado o criticado con severidad”.  Porque “execrar” es un verbo que equivale a “vituperar”, “reprobar severamente”, “declarar malo o detestable”.  La palabra deviene de exsecratus, el participio pasado del verbo exsecrari, «lanzar una maldición».  Se forma por el prefijo negativo “ex-” y la palabra “sacer”, sagrado.  Este último vocablo es el ancestro de palabras nuestras del uso diario como “sacrificio”, que es lo que debe hacer el grueso de los venezolanos para poder llevar algo de comer a la casa, o para comprar el medicamento que tanto requiere alguien de la familia.  “Sacer” también es el germen de “sacrilegio”, entendido como la violación de algo sagrado.  Cosa que se agrava más cuando quien lo comete conoce la alta valoración que se tiene del objeto profanado.  O sea, como ocurre con Amoroso cuando aprovecha el alto cargo que detenta (empleo bien el verbo) como arma arrojadiza en contra de sus adversarios políticos solamente —así sea leve o inventada la falta—, mientras hace la vista gorda en todas las graves transgresiones que cometen sus conmilitones rojos.

Y llego a la última palabra de hoy.  Después del último “documento” firmado por Elvis, donde equipara a Guaidó con Rafael Ramírez; siendo que este es un ladrón de siete suelas buscado internacionalmente, mientras que aquel puede tener falencias (como ser humano que es), pero no es ni una milésima parte de lo rapaz que que han demostrado ser muchos de los copartidarios de Amoroso, pero que decidió no ver, ciego selectivo; podemos afirmar que es una rémora para el recorrido del país hacia donde debiera moverse: hacia el Estado de Derecho. 

Porque el sustantivo “rémora” tiene dos acepciones; por una parte, define a un teleósteo marino que tiene un disco sobre la cabeza que le sirve como ventosa para adherirse fuertemente a los cuerpos de otros peces o a los cascos de los barcos para que otros hagan el esfuerzo de trasladarse.  Ya Plinio el Viejo, en su Naturalis Historia, comentaba: “¡Ah, la vanidad humana! —cuando sus navíos, armadas sus las proas con espolones de bronce y hierro, aparejados para la guerra, pueden ser retenidos y fijados en un punto por un pobre pez que no llega a medio pie de largo”.  Pero también sirve para designar a la persona que retrasa, dificulta, el avance de algo o detiene.  Vale decir, Amoroso; que es un obstáculo, para el progreso de Venezuela.  La palabra, como las anteriores, viene directamente del latín, con las mismas letras, y formada por el prefijo ya analizado “re-” más el sustantivo “mora”, también llegado sin cambios al castellano para denotar retardo, atraso, que es lo que caracteriza a una buena parte de los funcionarios del régimen.  Como el analizado hoy con palabras “amorosas”…

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