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Hundidos en la anarquía bolivariana

Rápidamente, el humo de la democracia se ha ido esfumando. Se oyen voces que pretenden reivindicar lo imposible. O erigir absurdos. Pero tan contradictorias intenciones, lejos de lograr algunas de las promesas sobre las cuales pudieron depararse distintas oportunidades en provecho de la construcción de realidades de necesaria injerencia para el desarrollo, terminaron afectando propuestas de crecimiento capaces de motivar el ideario que habría inspirado el progreso que presumía merecer el país.

Al final del trayecto emprendido en los primeros veintitrés años del siglo XXI, sólo pudo  observarse que las realidades se habían apartado profusamente de los compromisos que fundamentaron las declaraciones que dieron forma al cuento de tener un país que calzara con las maravillas que perfila la geografía nacional.

Era aquella Venezuela democrática, cuya cimentación fue iniciada transcurrida la primera mitad del siglo XX. Aunque no vio concluida su construcción en proporción y dimensión. Sin embargo, entrada la tercera década del siglo XXI la traición tomó la forma de país. Las mentiras que sirvieron a la corrupción para cambiarle el perfil al sistema político de acento y configuración democrática, configuraron lo que luego fue visto como el cadáver de la justicia.

Profundas esperanzas que, en principio, habrían labrado el sendero que trazaría la ruta por la cual Venezuela definiría su paso en el tiempo marcado por el siglo XXI, se desvanecieron rápidamente.

La historia que venía escribiéndose, pareció haberse borrado de un momento a otro. La secuencia que en sus páginas se había transcrito, fue interrumpida. Un demoledor informe preparado por la Organización de Naciones Unidas, publicado al inicio de la tercera semana de septiembre de 2022, dejó en claro el daño que furibundos politiqueros le profirieron a Venezuela. Politiqueros venezolanos ganados al mundo de la impudicia y amparados por la impunidad malsana.

Cuando la desvergüenza se vistió de “socialismo”

Esa situación era de esperarse, por cuanto el régimen político imperante en Venezuela fundamentó su modelo de gobierno en una ideología que no podría compararse con los estamentos que fijan la cultura nacional. Escasamente, los postulados que pautan el ideario socialista son el reflejo equivocado de una corriente revolucionaria que tiene la codicia, el odio y el resentimiento como supuestos valores políticos. De ahí, la situación ha devenido en una vulgar anarquía.

El valor del Estado venezolano, a decir por lo que ordenan las ejecutorias gubernamentales, cundidas de venenosas intenciones, da cuenta de lo que la maldad determina en la conciencia de quienes toman las decisiones de Estado. O sea, quienes formulan y administran políticas de gobierno.

Razón tuvo Jean de la Bruyere, escritor y filósofo francés, del Siglo XVII, cuando refirió que “los malvados son como las moscas, que recorren el cuerpo de los hombres y sólo se detienen en las llagas”. Es la fijación bajo la cual actúa el malvado. Por eso, politiqueros que actúan infundidos por condiciones de tales calañas, buscan la venganza por anticipado.

En la ausencia de gobierno y carencia de Estado

Y el ejercicio de la política, muchas veces se ve tentado por este tipo de comportamientos. Sobre todo, cuando tienden a encubrir preferencias bajo el disimulo que permite al politiquero actuar entre dos flancos en contrario. Quizás, ante dicha razón, el filósofo Jean-Jacques Rousseau, decía “lo que es malo en moral, también es malo en política”.

No es difícil deducir que algunas razones explicativas del carácter contradictorio que deja ver la conducta desatinada de quienes son engullidos por la maldad, son demostrativas de la corrupción moral y ética que habita en la conciencia de cuestionados personajes consumidos por la codicia que groseramente reclama la praxis de la micropolítica.

Justamente, en la mitad de ese escenario se halla estacionada la corrupción, las violaciones de derechos humanos, los resentimientos y las malas mañas. Ahí, se convierten en determinaciones que devienen en contaminaciones de la moralidad, la ética y las libertades. Y caer en lo profundo de tan oscuro vacío, es como morir ahogados en medio del desastre del desgobierno socialista. O  hundidos en la anarquía bolivariana.

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Un comentario

  1. Simón Bolívar (Caracas, 1783 – Santa Marta 1830) murió hace casi dos siglos, y fue el gran héroe y exitoso general de los ejércitos populares que lograron la Independencia de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Panamá y Bolivia. Bolívar nació, creció y murió en sociedades esclavistas y su propuesta de «Presidencia Vitalicia con derecho a elegir sucesor», copiada del General haitiano Alejandro Petión y del General francés Napoleón Bonaparte, copiada del General Julio Cesar quien destruyó la República en Roma, es una expresión de su pensamiento monárquico, ya que admiraba (como su mentor político Francisco de Miranda) la monarquía constitucional británica. Bolívar no fue un pensador no existe un «pensamiento bolivariano», fue un hombre cultísimo formado en la Ilustración y ecléctico, fue un político, militar formado en la guerra (no de escuela) y estadista, no un pensador, filosofo ni creador de escuela de pensamiento. Es un error pensar que la política partidista actual en cualquier país que lo considere legítimamente uno de sus héroes pueda calificarse de «bolivariana»: No estamos en 1830. Bolívar no es un actor político sino memoria histórica, la esclavitud fue abolida y los vigentes ideales de la democracia moderna y los Derechos Humanos fueron desconocidos para Simón Bolívar, quien Dictador de Colombia en 1828 no se decidió a dar el gran paso histórico de abolir la esclavitud. En Hispanoamérica parece que Kafka es el dios tutelar y los debates políticos partidistas se nutren de realidades desfasadas de la realidad en dos siglos.

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