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Incomunicados 

La sensación de completo divorcio entre la conversación que ocupa a la sociedad venezolana y la de la dirigencia política, es abrumadora. El tiempo pasa y lejos de resolver los vacíos, las distorsiones, la asincronía comunicacional tan evidente, pareciera que todo este trastorno va agudizándose, cada vez más. Sobre la necesidad de que un relato sencillo pero integrador conecte a ambos polos de esa dinámica, mucho se dice, pero poco se hace. Y lo que se hace, tiende a estrellarse contra el muro de la irrelevancia, la falta de compromiso, la trivialidad. La cobardía, también, para emprender algunos giros sustanciales: asumir con entereza las debilidades y los errores cometidos, para poder avanzar sin lastres. La rectificación sigue pendiente, aunque, por lo visto, buena parte del liderazgo aspira a que sea el tiempo y no las acciones conscientes lo que doblegue a la memoria. Y todo eso antes de que 2024 llegue para cobrar la desconexión. 

La tragedia de Las Tejerías ofreció un desolador ejemplo de lo expuesto. No han faltado pescadores en río revuelto dispuestos a cosechar plusvalía propagandística gracias a la circunstancia. La confusión entre sentido de la oportunidad y la vulgar instrumentalización de la catástrofe, la torpeza en el abordaje de la situación, cabalgó sin pena a lomos de ciertas siglas políticas. En otros casos, la agenda informativa aparecía secuestrada por intereses distintos, trámites cuasi-privados, extemporáneos y prescindibles considerando la hondura de la angustia nacional.  

La poca importancia que se da al diseño de políticas comunicacionales que, aun ajustadas a las hormas de estos tiempos “líquidos” ofrezcan algo de sustancia y sujeción, lleva a preguntarse si el desplazamiento de la política y de su vital espacio relacional está alentando también la incomunicación. Lo llamativo, en todo caso, es que no se vea preocupación por influir efectivamente en el estado de ánimo colectivo; y que el patrón de la disociación siga su curso, como si nada, el de políticos hablándose a sí mismos. Pensar en favorecer una negociación o arribar a una elección sin atender la urdimbre de lazos simbólicos y afectos que brindará plataforma a un proyecto-candidato es, de paso, un sinsentido.  

No bastaría con admitir que los cambios políticos-ideológicos que reordenan al mundo conmocionan también a Venezuela. Que la globalización nutre una agenda diversa en cuanto al debate de temas, tendencias, ideas, identidades. La gran transformación cultural y material que sirve de marco a estos procesos, la revolución digital que habilita espacios no tradicionales de encuentro, parece dislocar a políticos que habitan con entusiasmo las nuevas plataformas, pero se resisten a abandonar los moldes comunicacionales del pasado. Mientras las nuevas generaciones sólo entienden de horizontalidad, las fuentes de poder y legitimidad siguen atadas a las jerarquías de la tribu política, marcando pauta a la hora de relacionarse, ora con el adversario, ora con públicos rebasados por la información y la impaciencia. “El ciudadano corriente vive hoy la política como un exceso de ruido que no le orienta, pero sirve para irritarle”, dice Daniel Innerarity. “Tenemos una especie de calentamiento global de la ciudadanía que dificulta hacerse una opinión de lo que pasa e imprimir a la sociedad la dirección deseable”. 

Cabe pensar entonces que la política también falla porque la comunicación política no sirve, es insuficiente o inapropiada. Al respecto, recordemos lo que argüía el profesor y periodista Fernando Paulsen: hay un mito en torno a la comunicación, creer que el significado de los mensajes radica sólo en las palabras que se intercambian, cuando en realidad el significado está en las personas. Por más que se apele a convenciones para unificar criterios, la subjetividad, historia, cultura y contexto siguen siendo factores esenciales a la hora de precisar esos significados, de hacerlos digeribles y útiles para todos los interlocutores. Paz, democracia, justicia o libertad no son nociones entendidas de la misma forma ni resuenan igual para los diversos actores que toman parte en el conflicto. Como habitantes de esa caverna que describe Platón, no podemos desprendernos de las apariencias sensibles que afectan y modifican nuestro conocimiento y perspectiva, nuestra verdad. Una alegoría, por cierto, que en tiempos de virtualidad e infoxicación, de percepción urdida a partir de sombras y ecos, adquiere visos dramáticos. 

Combatir la incomunicación, entonces, supone sintonizar mensajes y contenidos políticos con la certeza de que habrá que revalidarlos en un espacio de intersubjetividad (allí donde, según Popper, es posible someter la «hipótesis psicológica» al contraste o la comprobación). Es lo que nos permitirá hablar unos con otros incluso en las condiciones del diluvio, como diría Arendt. Para ello, toca reivindicar una gimnasia forzosa para el político, la de promover una visión compartida que sea capaz de registrar los pulsos de una sociedad en crisis. Un país que ahora mismo necesita más esfuerzo dialéctico y menos exposición narcisista, más disposición a la autocrítica y menos apego por la escenificación, seguramente valorará el acercamiento genuino, comprometido y empático de quienes aspiren al poder.   

@Mibelis 

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