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Inflados y coronados

Poco antes de que estallara la pandemia en la otrora Tierra de Gracia (así llamó Cristóbal Colón a Venezuela), me apersoné junto con mi amigo el economista P. en el negocio del empresario H., también compañero nuestro desde épocas más felices.

H. comercializa piezas específicas para cierta clase de automotores. Al momento de nuestro arribo  sostenía un diálogo bordeando el acaloramiento con un cliente. Palabras más, palabras menos, la cosa transcurrió así.

“¿Cuánto me cuesta el repuesto?”, preguntó el comprador.

“30 verdes”, respondió H.

“¡Pero si hace unos días me cobrabas 25!”, argumentó el cliente.

“Quienes me suplen cambiaron la seña. Mis manos están atadas”, ripostó H.

Luego de un conato de argumentación, el cliente, algo ofuscado, terminó por aceptar el nuevo costo. Extrajo los greenbacks (término coloquial gringo para referirse a los billetes), H. los examinó meticulosamente para precisar la ausencia de rajaduras, cortaduras o rayas, entregó la mercancía y el refunfuñón parroquiano se marchó.

“La hiperinflación venezolana también se ruye al todopoderoso dólar. ¿Cómo es eso, P.? ¿Qué explicación tienen los economistas para este fenómeno?”, inquirí, luego de que H. mandara a bajar la Santamaría (así llamamos en Venezuela a las puertas arrollables de los comercios. Uno de estos días me voy a dedicar a averiguar de dónde surgió este apelativo).

“La Ley de Oferta y Demanda también aplica aquí”, afirmó P., revolviendo con una cucharita un guayoyo (café negro claro) que H. nos había brindado.

“Creí que esa ley la había mandado a derogar el chavismo cuando controlaban el congreso unicameral”, dije, “junto con la Ley de la Gravitación Universal, la Ley de la Conservación de la Energía…”

“…y la Ley del Talión”, agregó H., quien siempre ha compartido conmigo algunas inclinaciones por la mamadera de gallo (guasa).

“Es simple. Venezuela hoy en día es un mercado cautivo, bajo la férula de estos monopolios de enchufados, donde no entra ni un alfiler que no sea controlado por ellos”, contestó P.

“Los enchufados fijan los precios, entonces, a su real saber y entender, ¿no?”, insistí.

“Tan es así”, intervino H., “que ya les voy a clarificar la causa del incidente que ustedes acaban de presenciar con este último cliente”.

Nuestro compañero empresario tomó un sorbo de su café y nos refirió que el mayorista que lo surtía de esas piezas le había revelado en días pasados que él, a su vez, dependía del famoso general en jefe Q., quien detentaba el monopolio de la importación de esos repuestos desde antes de que el galáctico inmortal falleciera en diciembre de 2012. El mismo general en jefe Q. quien, de un solo tirón y sin pasar por la academia militar, brincó de sargento técnico a equipararse con Bolívar, Páez y Sucre. Como dicen en Güiria, ¡qué mantequilla!

“Corrígeme si estoy errado, P., no soy economista”, aduje, “pero esa circunstancia define lo que se conoce como mercantilismo. O más bien, ¿capitalismo de compadres?”

“Capitalismo de enchufados, de generales en jefe y militarotes, de almirantos y almirantas, de jefes del pus y de toda la gama de sus socios parásitos, como los chinos del chavismo”, concretó H., observando, a través de un ventanal, la descarga de varias gandolas (camiones pesados) atiborradas de harina pan, pasta y otros víveres en un negocio de asiáticos que colindaba con el suyo.

“Es la misma metodología aplicada en China y Rusia”, añadió P. “Luego de fracasar con el socialismo generador de hambre, muerte y migración forzosa, imponen su capitalismo de cosa nostra, con mafias que no solamente acaparan mercaderías, sino que también poseen el usufructo de las divisas que, en buena parte, provienen del tráfico de…”

Nuestro economista se interrumpió prudentemente un instante, para luego rematar: “Y mejor nos callamos porque, como cantaba Jethro Tull en nuestra época de cucarachones (jovenzuelos), estamos muy jóvenes para morir y muy viejos para rocanrolear. Dígalo”.

“Hay algo que no me cuadra”, opiné. “Si en los EEUU la inflación ronda el uno por ciento anual, ¿por qué nosotros padecemos este desmadre en los precios aun pagando en dólares?”

“Porque aun cuando los enchufados nos abarrotan con algunos renglones, todo sigue escaseando. Los suministros no alcanzan para cubrir las necesidades básicas. Es más, los billetes de cinco, diez y veinte dolores se ponen difíciles de conseguir casi todo el tiempo”, aclaró P.

Les relaté a mis dos amigos la siguiente anécdota. Una amiga mía recibía de sus hijos residenciados en Chile doscientos dólares al mes, a través de mecanismos creados por venezolanos de la diáspora para hacer llegar cantidades de dinero mediante transacciones electrónicas, de divisas a bolívares soberanos, a algunos bancos locales.

Mi amiga tuvo que decirles a sus vástagos que le ajustaran la mesada a doscientos cincuenta dólares. ¿Por qué?, preguntaron los muchachos. Porque exactamente la misma cantidad de alimentos, medicinas y artículos de higiene ahora le valían más. E, inclusive, ello era así aun adquiriendo productos de inferior calidad importados en su mayoría por adivina quién.

“¡Por los enchufados!”, acotó P.

“¡Y vendidos por los chinos con que nos inundó el galáctico!”, remató H.

Salimos a la calle. Unos caleteros criollos acarreaban la mercancía de los asiáticos hacia el interior de su local. Los transeúntes observaban la faena con curiosidad y aprensión. Con toda seguridad, pocos de ellos cargaban en sus bolsillos suficientes churupos (dinero) para comprarse tan siquiera la cantidad mínima de nutrientes necesarios para la subsistencia.

Esta zozobra, por supuesto, no les quita al sueño a quienes disfrutan de cercana intimidad con el rrrrégimen.

Y ahora tratamos de sobrevivir más angustiados todavía porque la pandemia nos agarró con catarro y sin pañuelo. Pandemia originada en el terruño de esta inmigración parasitaria. Pandemia agravada porque la dictadura del winipú (Winnie Pooh) Yi Ying Ping intentó ocultar la amenaza de esa enfermedad, igual que hicieron los rusos cuando reventó el reactor nuclear en Chernóbil, hace treinta y pico de años. Los comunistas no cambian, así se vistan de capitalistas mafiosos.

Tenemos hambre y sed de justicia.

Mientras los venezolanos nos morimos de mengua, los jerarcas y los enchufados, los chinos del chavismo, los rusos de Putin, los cubanos castristas, los elenos, paracos y farrucos están gordos y cachetones, como cochinos rumbo al matadero.

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@QAlbuerne

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