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Jaime Camino, gran cineasta, se nos ha ido

Orfandad, es la primera palabra en la que pienso para expresar la pena de haber perdido a Jaime Camino. Toda la semana estuve angustiado con la noticia del estado tan delicado de su salud, que ya no auguraba nada bueno. Apenas hace unos cuantos días le había escrito un correo electrónico -con el que cerraré este lamento que no hubiera querido escribir nunca- para contarle la casualidad de que en mi ciudad natal se había abierto un festival de cultura con su último trabajo en el cine. Y digo casualidad, porque mi larga, rica amistad con él me llevó a lamentar no haber participado en ese programa, que le hacia un reconocimiento indirecto. En otras ocasiones rendí homenaje a su obra, como en la muestra retrospectiva de su cine que organicé en el «Hábitat Center» de Nueva Delhi, en mis tiempos de la India, en los que Jaime, además, tuvo mucho que ver.

Estoy hablando de la pérdida de uno de los directores de cine más importantes para la comprensión, la preservación de la memoria de la guerra civil española (que a mí me toca por varios costados); de un intelectual que escribió guiones y novelas y mantuvo una valiente postura en los momentos más duros y peligrosos en que se conculcaban las libertades creativas, bajo el yugo, no por ramplón y pusilánime menos cruel, de la larga noche Franquista.

Jaime Camino trató, en el celuloide, con arte e ingenio peculiar, episodios fundamentales de un pueblo que sufrió el desastre de una guerra civil que ha dejado una huella muy honda y dolorosa. Y su pertinente forma de denuncia no cayó nunca en el panfleto. Además, Jaime agregó a su visión de un mundo cinematográfico testimonial, la agudeza y la sensibilidad de la poesía y de la pintura (y hay que recordar que también fue un excelente pianista). Su película sobre las Meninas de Velázquez y su cinta sobre García Lorca condensan, en una mirada lúdica y reflexiva, dos instantes cruciales del arte y de la literatura.

Jaime Camino formó parte de una brillante generación de vocación transgresora a la que de manera desenfadada se le llamó la Gauche Divine y muchos años después, tal vez aún con la inercia del recuerdo de esa pléyade que transformó Barcelona, desplegó un amable liderazgo para convocar mensualmente, durante varios años, a una tradicional tertulia (en la que tuve el privilegio de participar) que congregaba figuras variopintas y destacadas en el mundo de las ideas, el teatro, el diseño, la pintura, como el grande teórico, Premio Nacional de España, Ives Zimmermann; Pascual Iranzo, estilista, perfumero, peluquero del Rey Juan Carlos (y de Serrat, Botín, García Márquez); el gran crítico Román Gubern; los hermanos Rubert de Ventós, abogado uno y filósofo el otro; el empresario Luis López de la Madrid, y eventualmente, José Luis de Villalonga, entre muchas otras influyentes figuras de la cultura en Cataluña.

Jaime Camino, ya en lo personal, jugó un papel decisivo en la inclinación de la balanza de mi destino vital (no sólo del diplomático). A punto de concluir mi misión al frente del Consulado General de México en Barcelona me preguntó, durante una comida en Pedralbes, sobre cuál podría ser mi puesto futuro. Yo, que venía de ser embajador en Colombia y con experiencia en Centroamérica y en el Brasil, le respondí que gustosamente volvería a la región. Después de unos instantes reflexivos inquirió:»… Qué clase de amistades imaginas que tendrían tus hijas»; y el mismo se respondió, afirmando que la gravitación comercial y turística que ejerce Miami en las élites sudamericanas atraería a mi familia, eventualmente, hacia los oropeles de esa sociedad y él se permitía cuestionar la pertinencia de esa dimensión «didáctica».

Acto seguido, Jaime mencionó al subcontinente Indio, contándome algo que le había dejado marcado. Durante una recepción ofrecida por la señora Indira Gandhi, en un festival de cine internacional en Delhi, había conocido a mujeres brillantes que no solo eran versadas en la rica tradición del Hinduismo, Budismo, Jainismo, o del Islam, sino que además eran dueñas de una cultura universal envidiable. No crees -preguntó, afirmando de nuevo Jaime- que además de representar un reto profesional formidable que trabajes para tu país en una de las más importantes civilizaciones del mundo, en lo familiar, se enriquecerían más tus hijas, con una visión de la realidad asiática, tan diversa de la que ya vivirán en el Occidente?

Huelga decir la mella que tuvo en mi procura de traslados y responsabilidades esta reflexión tan amiga. El resultado fue que por primera vez pude inclinar la balanza de las altas decisiones y gracias al apoyo de mi Canciller de entonces me desempeñé como embajador en la India, Nepal, Sri Lanka y Bangladesh.

Es, en medio de esta gran tristeza por su desaparecimiento, el momento de agradecer y reconocer a Jaime Camino su generosa, aleccionadora amistad y esa afortunada sugerencia que cambió nuestras vidas (conservo también su último regalo, un reloj de bolsillo que le habría obsequiado su padre).

Y volviendo al homenaje que se le rindió a Jaime en el puerto de Tampico, sin imaginar la inminencia de su partida, transcribo el último mensaje que ya no pudo leer mi gran, admirado, añorado amigo:

Querido Jaime

Me llevé la grata sorpresa de ver que habían programado tu película «Los niños de Rusia» para abrir un festival anual dedicado a la doctora Cecilia Ridaura -una gran mujer, que llegó en el Sinaia, el último barco del exilio español a México- y con su marido Vicente (ambos médicos valencianos) se radicó en Tampico, abriendo la mejor librería que ha tenido este puerto donde nací.

El director del centro cultural que organiza el evento y que va en la edición XVII me pidió te dijera que el fin de la proyección fue de una gran emoción: todos los presentes se levantaron con lágrimas en los ojos. Le propuse entonces que presentáramos un ciclo de tu cinematografía en el cine club que mantiene su centro cultural y se ha interesado mucho; ojalá pudieras disponer un envío de una selección en DVD.

Las cosas siempre son así. Ayer mismo, antes de ver el cartel con la mención de tu película estaba pensando precisamente en ti y en organizar algo en el puerto para mostrar tu trabajo. Suelo pasar algunas semanas al año aquí para ver a mi madre y a mi hermano y ahora me quedaré hasta navidades.

Te mando un abrazo con todo mi afecto

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