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¿Juego político “tronchado”?

Deberá reconocerse que conciliar o concertar propósitos dentro del ámbito donde se circunscribe el ejercicio de la política, no es fácil. Sobre todo, cuando quien lo intenta no los comparte, o no está compenetrado con los intereses que aduce la contraparte. Más aún, si ésta es protagonista de la coalición dominante de la escena donde estaría dándose la confrontación de las partes en pugna. 

En Venezuela, esto pareciera no haberse entendido debidamente. Si acaso, se ha comprendido una exigua porción. Aún así, desde el mismo momento en que la oposición democrática concibe su estratégica ofensiva basada en un proceso continuado según el cual se advertían tres fases de acción a saber: cese a la usurpación-gobierno de transición-elecciones libres, el hilo que amarraba dichos estadios no fue lo suficientemente sólido, ni tampoco acatado, para determinar a la brevedad la recuperación de la democracia tal como se había estimado.

Sin embargo, a pesar de la proyección de tan denodada estrategia, los conflictos políticos siguieron escalando parajes que no por escabrosos fueron alcanzados. El resultado de tan turbulento atrevimiento, coincidió con la artimaña provocada por el sedicioso afán del régimen en cuanto a enquistarse en el poder. Aunque a desdén de cualquier secuela que su perversidad haya generado. O pueda seguir causando. Aquel adagio de “divides y vencerás”, se convirtió en el criterio político que mejor ha servido a la inclinación alevosa del régimen de embutirse en el poder.

Convencido de lograr su pérfido objetivo, el régimen usurpador ha comenzado sus cálculos en función de arrebatarle la legitimidad de origen y de desempeño al Parlamento (democrático) mediante cualquier trapisonda o enredo que pueda trazar como ejecutoria de forzada condición. 

Al lado de apostar por la celebración de elecciones parlamentarias formuladas bajo sus condiciones de cerrados procedimientos, el régimen busca solapar sus oscuras tácticas en argucias planteadas alrededor de razones que favorecieran y justificaran sus decisiones. Así se tiene que, desde hace rato, el régimen viene preparando la estructura política para encubrir excusas que tiendan a provocar la abstención electoral que persigue (ante la proximidad de las elecciones parlamentarias en diciembre de 2020) para entonces justificar cualquier cuento o artificio que conmueva y convenza a la comunidad internacional de sus “democráticas intenciones”. Por encima de la tramposería que acomete, como parte del guión acostumbrado

El problema que generó la publicación de prensa sobre hechos de corrupción, tanto como sobre el impase que ha venido abonando la distancia entre consideraciones políticas de parte de emisarios puntales del gobierno interino de Venezuela, conmocionó a la opinión pública. Aunque mucha agua ha corrido por debajo del puente que une causas y efectos, pareciera contraproducente dejarse arrastrar por la fuerza de la corriente que apunta “aguas abajo”. 

O sea, no tiene mayor sentido que luego de advertir los reveses creados por la usurpación continuada de un régimen abiertamente declarado represivo y opresor, además oscurantista y estafador, la ciudadanía casada con la oposición democrática se preste a ser “peinada” por un juego político -a sabiendas- alevoso y predeterminado.

Sobre todo, al caer en la infame generalización como forma de esquivar cualquier acusación puesto que lo contrario obligaría a escudriñar en detalle las realidades vividas. Y así, precisar las realidades cuestionadas. Pero he ahí la dificultad de cara a las responsabilidades de parte de quienes impugnan, sin las correspondientes pruebas. 

Sin embargo, lo acontecido, pese al peso que habrá de recaer sobre factores políticos que han acompañado la insistencia opositora en cuanto a la recuperación de la democracia venezolana, no es razón alguna para amortizar alguna escalada de la popularidad del régimen usurpador. Las encuestas lo confirman toda vez que dan cuenta de la caída que viene encarando el engendrado régimen.

Lo que si es seguro que deberá modificarse, serán tácticas y estrategias que podrán imprimirle nueva velocidad al proyecto libertario. Muy por encima del escepticismo que las realidades señaladas provocarían, nunca podría pensarse en que por tan circunstancial problema se asegure que la fe desaparezca y las esperanzas sean desplazadas por las angustias y la desconfianza abonada por la cizañaría de quienes se lucen en el oficio de gobernantes desde la usurpación en ejercicio. Todo esto ha animado la idea de inferir que las realidades vivenciadas serán acaso producto de un ¿juego político en decadencia? O de un ¿juego político “tronchado”?

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