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Julio Cortázar y el compromiso del escritor

Ser escritor, intelectual, persona pensante en tiempos en los que la mercadotecnia le ha adjudicado la forma y dirección de mercancía, teniendo un valor de cambio que tiende a no ser justo y equitativo, llegar a una idea se ha transformado en toda una odisea. No solamente tener la idea, lograr modelarla, darles una utilidad pública a las palabras, si no tener la posibilidad de llegar a aplicarlas con éxito, es una de las situaciones más complejas de una modernidad que nos hace tan distintos, pero a la vez tan efímeros, inconsecuentes con nuestra percepción de la realidad y aislados de la vital naturaleza que es donde está la respuesta y satisfacción de nuestras necesidades.

El filósofo Zygmunt Bauman (1927-2017), acuñó los conceptos de modernidad líquida, sociedad líquida o amor líquido para definir el desencadenamiento actual de la historia civilizatoria; expuso que en la modernidad las cosas estaban, desde el denominado Renacimiento (siglo XVI, después de Cristo), fijas, sólidas, donde no puedan cambiar en el futuro; donde las soluciones definitivas no están descritas, si no que se amparan en un tiempo de incertidumbre y caos; hay crisis en todas las relaciones humanas, en contexto de socialización y bajo criterios internos de comprensión del hombre mismo; el miedo viene a formar parte de la existencia. Lo natural que es la triada nacimiento-desarrollo-muerte, se vuelve un calvario para los seres humanos, buscan en la fe el alivio y en el abstracto de una vida más allá de la vida, la excusa para entender la propia existencia. El miedo, explica Bauman, causa en el hombre moderno aferrarse a una identidad donde el tiempo en la medida que sea veloz neutraliza el pensar en la finitud de la existencia, sintiéndose seguro de que a pesar de que las cosas no van a durar mucho, aparecerán nuevas oportunidades que le dan a la existencia un nuevo sentido al temor de perder la vitalidad de existir. Y sucede en todos los aspectos de la vida, materiales y de relaciones con la gente, nos hace conscientes de que somos cambiables y por lo tanto tenemos miedo de fijar nada para siempre; la vida nos va haciendo flexibles, sin un compromiso para siempre, sino listo para cambiar la sintonía, la mente, en cualquier momento en el que sea requerido; esto crea una situación líquida explica Bauman, como un líquido en un vaso, en el que el más ligero empujón cambia la forma del agua,  generándose una situación de perpetua inestabilidad que tiene efectos sobre la identidad que influye de manera determinante en la naturaleza de la vida de gente que hace unos setenta años atrás, en plena mitad del siglo XX, se apreciaba  estable, bien  instalada en instituciones sólidas y permanentes.

Dice Bauman que en el hombre moderno hay “…devastación emocional y mental de muchos jóvenes que entran ahora al mercado de trabajo y sienten que no son bienvenidos, que no pueden añadir nada al bienestar de la sociedad, sino que son una carga…; la gente que tiene un empleo experimenta la fuerte sensación de que hay altas posibilidades de que también se conviertan en desechos. Y aun conociendo la amenaza son incapaces de prevenirla. Es una combinación de ignorancia e impotencia. No saben qué va a pasar, pero ni sabiéndolo serían capaces de prevenirlo. Ser un sobrante, un desecho, es una condición aún de una minoría, pero impacta no sólo en los empobrecidos sino también en cada vez mayores sectores de las clases medias, que son la base social de nuestras sociedades democráticas modernas…”

La modernidad líquida Y concluía que ante esa circunstancia “hoy hay una enorme cantidad de gente que quiere el cambio, que tiene ideas de cómo hacer el mundo mejor no sólo para ellos sino también para los demás, más hospitalario. Pero en la sociedad contemporánea, en la que somos más libres que nunca antes, a la vez somos también más impotentes que en ningún otro momento de la historia. Todos sentimos la desagradable experiencia de ser incapaces de cambiar nada. Somos un conjunto de individuos con buenas intenciones, pero que entre sus intenciones y diseños y la realidad hay mucha distancia. Todos sufrimos ahora más que en cualquier otro momento la falta absoluta de agentes, de instituciones colectivas capaces de actuar efectivamente”.

Hemos llegado, a todas estas, al síndrome del “efectismo”, de la “inmediatez” sin mayor procesamiento de ideas o palabras; en ese siglo XX, hubo una voz que retumbó en el mundo, porque salía de un ser humano que se encontraba disperso entre el viejo mundo y el nuevo mundo; decía: “…Hasta lo inesperado acaba en costumbre cuando se ha aprendido a soportar.

En la vida aprendemos a lidiar hasta con las situaciones más insoportables…”; y era más incisivo: “Toda mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo; cada día que tenemos la suerte de poder vivir, es un nuevo día que podemos aprovechar al máximo…”; y remataba con: “…Creo que todos tenemos un poco de esa bella locura que nos mantiene andando cuando todo alrededor es tan insanamente cuerdo. Poseer un poco de locura en nuestra vida nos puede recordar que aún estamos vivos, no tiene por qué ser nada negativo…Por eso no seremos nunca la pareja perfecta, la tarjeta postal, si no somos capaces de aceptar que solamente en la aritmética el dos nace del uno más el uno…”

El hombre que dijo estas frases se llamó Julio Cortázar, cuyo nombre completo fue Julio Florencio Cortázar Descotte, nacido accidentalmente en Bruselas, Bélgica 26 de agosto de 1914, pero criado en Argentina con todos los honores de identidad, cultura y esencia sureña latinoamericana, y falleció, de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), un 12 de febrero de 1984 en Paris, Francia. Cortázar es una de las primeras víctimas del SIDA, por la vía de la negligencia médica, una transfusión de sangre para tratar una úlcera estomacal lo sentenció e hizo que uno de los escritores más creativos y versátiles del siglo XX, se fuera antes de terminar ese recorrido delirante por el mundo de los vivos.

Cortázar fue, como buen intelectual latinoamericano, un creador de estructuras fantásticas en su narrativa como en su poesía y ensayística; su obra cumbre, “Rayuela”, publicada en 1963, publicó Rayuela, que vino a reforzar la corriente del realismo mágico que estaba en boom en esta temporalidad de las letras hispano-ibero-latinoamericana. El argumento de “Rayuela”, es la confluencia de varios relatos, por un lado la unión dispar de Horacio Oliveira y Lucía, conocida como la Maga, que viven un romance tórrido y apasionado, la maga lo ama, ella está enamorada, sin embargo, él mantiene una actitud distante, no quiere involucrarse en la relación a pesar de sentir un sentimiento fuerte hacia ella; la causa de este desprendimiento se basa quizás en la disparidad del nivel intelectual, ya que Horacio posee una educación completa, mientras la Maga por tener una baja formación educativa, apenas puede intervenir en las largas discusiones intelectuales que sostiene su amante, con otros compañeros de su entorno. Ambos pertenecen a un club llamado Club de la Serpiente, donde asiduamente se reúnen con un grupo de amigos.  La Maga es extrovertida, ingenua, tierna y aventurera; cualidades que atraen a Oliveira; el Club de la Serpiente está conformado por un grupo de músicos, artistas y escritores, que se pasan el tiempo bebiendo y escuchando música de Jazz; discuten diversos temas, pero la Maga no puede seguirle el hilo por su escasa preparación cultural. No obstante, el club le demuestra afecto y condescendencia.

En esta novela hay una crítica social aguda, en la cual los valores humanos de una persona se miden en razón de la fuerza de la palabra y la capacidad de relacionar los saberes con el contexto en donde gravita su vida. La novela como tal se elaboró en un estilo fraccionado de argumento, en tres partes, que se describen en desde un escenario que es parte de la experiencia de su mismo interprete en un mundo sólido, refractario. Los tres escenarios en los que se desarrolla la obra están llenos de emoción, profundos sentimientos que hacen referencia a la parte psicológica; se enuncian los episodios que viven cada uno de sus personajes y con un mensaje de amor que se fundamenta en el honor y la indiferencia.

En “Rayuela” está un mensaje oculto que muestra el compromiso social del escritor. “Del lado del allá”, como primer argumento, se narra la historia del personaje principal conocido Horacio Oliveira, él es de nacionalidad argentina, nacido en Buenos Aires, residenciado en París, el cual sostiene amores con una mujer de nombre Lucía, alias “la Maga”, resaltando las diferencias y contradicciones entre sus amigos por diferentes situaciones que afectan al ser humano en su cotidianidad. Se hace hincapié a que el hombre es virtuoso en razón a sus diferencias y no por sus coincidencias o consensos. La vida en las sociedades subdesarrolladas es piadosa y conservadora del miedo, ese miedo que Bauman califica de factor desestabilizador de las instituciones sólidas que venían caracterizando la vida civilizatoria hasta el siglo XX. En razón de esto, el escritor erige sus banderas de lucha contra el miedo y asume sus consecuencias actuando, confrontando las diferencias y no siendo sumiso a ellas.

Del “lado da acá” de la historia, en “Rayuela” se narra que Horacio luego de haber transcurrido varios años regresa a su ciudad natal Buenos Aires, su ciudad natal, a establecer su vida con su antigua novia, mostrando la relación de amistad con una pareja de amigos con los que comparte su historia, pero contada “la Maga” y su propia experiencia. Allí el autor muestra cómo desde la postura diferente de Lucía, “la Maga”, el mundo pareciera menos complicado, conforme con un miedo que lo considera natural el personaje, donde la incertidumbre es necesaria para mantener el sabor humano en las relaciones sociales y donde los amigos, así anden en contradicción y desapego, hay la unidad de la “amistad”, del “té” por la mañana y la tostadita de pan; hay costumbres que sin ser expresadas están ahí marcando la pauta para una vida cada vez más dinámica y cambiante. El escritor se muestra acá comprometido con la cultura del vulgo, con su idiosincrasia, con sus saberes populares y, sobre todo, con la fluidez de los acontecimientos que hacen ver la modernidad líquida como algo potencialmente real e imperecedero.

El tercer argumento de la novela va orientado desde “otros lados”, donde se agrupan variados elementos de la historia anterior que tienen la característica de estar desprendidos, pero pertenecen a esta; el autor unifica las historias de carácter cotidiano de Horacio y Lucía, y la incorpora a una serie de múltiples micro-historias partiendo del protagonismo sin tomar en cuenta la linealidad, ya que en esta trama no se requiere de ella; esa micro-historias permiten ver en Cortázar su compromiso con la diversidad, la heterogeneidad de los sentimientos y sensaciones, involucrando en las historias urbanas, el espíritu de la creación natural que viene del abstracto creativo de las ideas, como la música y la sensación perenne de que la naturaleza está allí para acobijar al hombre y protegerlo, no viceversa. Cortázar se resume en “Rayuela” con la siguiente frase: “Sin pensar en preocupaciones andábamos buscando, teniendo en mente el lograr definitivamente encontrarnos…”

            En una entrevista que concediera a finales de la década de los setenta del siglo veinte al escritor y periodista uruguayo Omar Prego Gadea (1927-2014), Cortázar expresa: “…Desgraciadamente las revoluciones parecen conllevar una tendencia a la estratificación (o quitinosidad…). Las revoluciones adoptaron formas

dinámicas, formas lúdicas, formas en las que el paso adelante, el salto adelante, esa inversión de todos los valores que implica una revolución, se operaban en un campo moviente, fluido y abierto a la imaginación, a la invención y a sus productos connaturales, la poesía, el teatro, el cine y la literatura. Pero con una frecuencia bastante abrumadora, después de esa primera etapa las revoluciones se institucionalizan, empiezan a llenarse de quitina, van pasando a la condición de coleópteros…”

Según infiere Jaume Peris Blanes, en su ensayo “Cortázar: entre la cultura pulp y la denuncia política”, del 2012, la cuestión de lo político en la obra de Cortázar se halla ligada a un problema más amplio: el de la conflictiva relación del discurso literario con la realidad social e histórica y con los proyectos de emancipación social que habían aparecido en América Latina en las últimas décadas.

Cortázar se puso a la orden, en este sentido, del debate literario latinoamericano durante todos los años sesenta y principios de los setenta y que obtuvo respuestas diferentes y contradictorias por parte de escritores e instituciones culturales, generando enconadas polémicas literarias que llegaron a alcanzar un grado espectacular de virulencia.

La Revolución Cubana significó para Cortázar una transformación global de su idea acerca de la cultura política latinoamericana, erigiéndose en referente fundamental de los intelectuales de izquierda y amplificando las expectativas de cambio social y cultural llegando a convertirse en la fantasía de numerosos intelectuales occidentales que vieron en la Cuba revolucionaria la materialización de las utopías colectivistas y el epicentro de una nueva cultura latinoamericana, donde los intelectuales dejaban de estar en las academias y en las vidrieras de las estanterías ideológica de las sociedades, para comenzar a formar parte de los grandes retos del mundo moderno, desde combatir la explotación salvaje del capitalismo hasta converger en el producto acabado de un socialismo que no termina de arrancar ante la diatriba de un aislamiento internacional, impuesto por los países industrializados para defender el mercado y el hábito de sociedad consumista que augura la subsistencia del capital por encima de los programas sociales que beneficien a los estratos más débiles y necesitados de la sociedad actual.

Cortázar hace alardes del concepto sartreano (del filósofo francés Jean Paul Sartre) de compromiso como un acto reflexivo y no tomado a la ligera, donde el escritor es independientemente del contexto y se asume a sí mismo, comprometido con el esfuerzo, convicción y confianza que él como creador tiene en sus historias y en la gente que le inspira esas historias. La afirmación de Sartre acerca de que la literatura es un discurso del arte donde solamente existe el decir responsable del sujeto ante el universo. De eso trata la postura de Cortázar, de un compromiso de él, de su creación con el mundo que le sirve de inspiración y argumento.

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