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La actitud de la paz

Cuando hablamos de la palabra actitud abarcamos dos planos: el psicológico y el físico; pues, la actitud de una persona se conoce tanto como la disposición a proceder de cierta manera, así como la postura que el cuerpo asume ante un estado de ánimo. Por una parte, la actitud revela la voluntad del individuo con respecto a su postura o comportamiento en referencia a algo o alguien. Las actitudes asumidas por una persona revelan su sistema de valores, así como sus creencias.

Tanto la actitud psicológica como la física tienen origen en el ser interior, son la manifestación de un proceso, el cual le provee al ser humano la capacidad de manifestar en su cuerpo y en su proceder la manera cómo se relaciona con respecto a un concepto, situación o persona. La actitud no es algo que se pueda esconder, siempre de una u otra forma se revela. Porque nuestro cuerpo es la casa donde habita nuestra alma y así como en un espejo podemos ver reflejada la imagen de nuestro cuerpo; de la misma manera, nuestro cuerpo es el espejo donde se refleja nuestra alma.

Por ejemplo, se denomina actitud de bailarina, a aquella que se describe como una posición clásica en la cual el cuerpo se levanta sobre una pierna, mientras que la otra se encuentra doblada por la rodilla en un ángulo de 90 grados. Y un brazo se haya elevado por encima de la cabeza formando una cúpula. Aunque la actitud es vista como el resultado final de un proceso. Entendemos que éste va más allá de un proceso psicológico, sociológico o filosófico. La actitud es el resultado de un complejo proceso del alma que le da forma o expresión a nuestra relación con el mundo. 

Las virtudes y los errores humanos son conceptos abstractos, pero perfectamente reconocibles en actitudes. Aunque no tienen una forma per ce, se revelan en la postura del cuerpo, el tono de la voz, la intensidad de la mirada, el movimiento de las manos y mucho más. La mayoría de las veces la actitud se expresa en la manera de hablar aunada al lenguaje corporal. Por lo tanto, podemos decir que la alegría tiene forma de sonrisa, la rabia tiene forma de entrecejo fruncido y la paz tiene forma de mirada serena.

Nuestras actitudes expresan nuestro sistema de valores. De tal manera que nuestra actitud revelará siempre qué o a quién apreciamos. Aquello que valoramos se expresará siempre en nuestro proceder. Las máscaras sólo pueden ocultar los deseos del corazón por un poco de tiempo; más temprano que tarde, la verdad surge a la luz, así como un cuerpo hundido que termina flotando en la superficie.

En el mundo moderno se le ha denominado a la actitud con los calificativos positivo y negativo. Así, la actitud positiva se conoce como la voluntad del individuo que se expresa tomando una posición de coraje ante los desafíos, esfuerzo ante los obstáculos, autocontrol ante las situaciones desesperantes, paciencia ante la resolución de las situaciones fuera de la premura de nuestro tiempo interno.

A su vez, la actitud negativa se entiende como la falta de voluntad para sacar provecho o beneficio de las situaciones desafortunadas. Más aún, podríamos decir que más que falta de voluntad es la decisión predeterminada por el individuo de no poner su voluntad a favor de su propio beneficio y, por ende, de los que le rodean, para alcanzar resultados satisfactorios de las situaciones difíciles que enfrentamos cada día, queramos o no. 

El apóstol Pablo en la carta a los Filipenses expresa: “Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia; completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros”.

De acuerdo a estas palabras, es imposible poder dar el consuelo del amor de Dios si nuestra actitud no es la actitud Cristo-céntrica que describe el apóstol Pablo en esta carta. Solamente podemos mostrar empatía, cuando sentimos lo mismo, cuando nos hacemos unánimes, en un mismo pensar y sentir con los otros. Si nuestras motivaciones son equivocadas, nuestra actitud revelará nuestro error, será imposible expresar el afecto entrañable y la comunión con el otro. Si nuestra motivación es la vanagloria, no habrá ninguna consolación para los otros, ni mucho menos para nosotros. 

Creo que estamos viviendo tiempos cada vez más difíciles. Creo que en tiempos como estos no hay cabida para la soberbia. Todos, sin excepción, estamos expuestos al mismo mal. El que piense que es invulnerable está cometiendo un grave error con consecuencias irreparables. Es necesario revisar la actitud que estamos asumiendo ante toda la aflicción que nos está rodeando. Es nuestro deber humano primordial como individuos, como comunidad y como nación proveer el consuelo necesario en todas las áreas básicas de la vida. 

Al hablar de la actitud de la paz nos referimos a este llamado del apóstol a asumir la actitud Cristo-céntrica de la humildad, de la mansedumbre, del amor, de la empatía, la cual es la manera de establecer el vínculo de la paz. En la actitud de la soberbia, la altivez, el orgullo, el egoísmo y la injusticia no puede establecerse el vínculo de la paz, tampoco puede haber consuelo ni solidaridad.

No nos engañemos pues, examinemos nuestro corazón, vengamos delante de Dios y cultivemos en nuestro espíritu las virtudes. Así, de esa manera, la actitud que asumamos individualmente frente a los retos y situaciones de la vida podrá ser la actitud de la paz. La actitud que genere paz y sea capaz de traer consuelo.

“Que la paz que anuncian sus palabras esté primero en sus corazones”.

San Francisco de Asís.

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3 comentarios

  1. Me encantan tus analisis de los valores que nos traen luz a nuestro día a día. Felicitaciines y gracias por todo li que nos escribes. Diis te bendiga!👏👍❤

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