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La autoridad en el Estado Cuartel

De reciente edición, bajo la coordinación de Luis Alberto Buttó y José Alberto Olivar, una importante compilación camina las pocas librerías que quedan: “El Estado Cuartel  en Venezuela: Radiografía de un proyecto autoritario” (Negro Sobre Blanco, Caracas, 2016). Desprevenidos, solemos abordar los diarios acontecimientos desde una perspectiva apresurada, banal y caprichosa, por lo que urgimos de aquellas que autoricen un enfoque consistente, coherente y profundo, como el que ahora dispensa la academia.

Supuesto anacronismo, la noción de Estado Cuartel o de Guarnición, acuñada en 1941 por Harold Lasswell, tiene una sorprendente vigencia que comprueba Jo-ann Peña Ángulo al referirse a la autoridad que lo explica y realiza (101-118), en un interesante abanico teórico que toca el sedimentario  “gendarme necesario”,  la socialización del peligro, el pretorianismo popular que permite el “avance sigiloso del militarismo y de un Estado Cuartel”, auspiciando el debate sobre la mentalidad militar, la ética profesional y el profesionalismo militar, aunque – sentimos – truncó el argumento de la identidad a partir de la guerra (109, 111, 116).  Autoridad que se entiende como el ejercicio de un conjunto de facultades, competencias y atribuciones, en la que enfatizó Chávez Frías (deóntica), en contraste con la fundada en el conocimiento y la experiencia (epistémica): a la una, ordinaria u ordinativa, le basta la titularidad en el desempeño de una responsabilidad pública, mientras que, a la otra, iresponsabilizándose, le importa menos la credibilidad y la confianza que suscite, divorciada la normativa con los hechos que la desmienten, según deducimos de Peña Ángulo (102 ss.), advertidos en un ensayo anterior de  Buttó respecto a la “exacerbación del principio de autoridad” (17).

En una democracia de vocación plebiscitaria, bajo la inevitable conjunción cesarismo-pretorianismo,  siendo el ejército el principal instrumento, sumado un número importante de gobernaciones en su haber, Maduro Moros funge como  un “civil rodeado de militares” trastocados en el “grupo más poderoso de la sociedad”  (103 s., 107, 103, 114), con el (sobre) peso de todos los recursos materiales y simbólicos del Estado. La obediencia y sumisión se desprende de la cultura, los mecanismos, el lenguaje, los rituales y ceremonias de cuartel (110, 113), dificultando e imposibilitando el ejercicio de la autoridad epistémica, oportunamente auxiliada la autora por Jacques Derrida (114 s.).

Peña Ángulo abre una estupenda senda para abordar situaciones que le dan relevancia a esta etapa de la vida republicana, como la militarización de los espacios públicos, sin que impida la muerte violenta y, al parecer, ilimitada de inocentes ciudadanos, o la muy temprana de niños, como Oliver Sánchez y Alexander Guerra, por falta de medicamentos;  la consagración legal de un rango militar como el del consabido Comandante en Jefe, cuando es una condición o carácter inherente al ejercicio de la presidencia de la República, según la Constitución; la destacada figuración de Ramón Rodríguez Chacín o de Roger Cordero Lara, a pesar del cuestionamiento que sus faenas represivas ocasionaron antes del advenimiento del socialismo del siglo XXI; y los negocios que permean al interior de la entidad armada que, faltando poco, goza constitucionalmente de un sistema contralor propio. Estudios y opiniones, como  los expuestos por una voz autorizada, la del padre Alejandro Moreno, ofrecen pistas para un posterior desarrollo de la autora de marras sobre la inexorable crisis de autoridad en un Estado Cuartel.

La labor de Peña Ángulo, como la del resto de los competentes autores de una obra necesarísima – sobre todo – para la dirigencia política, más de las veces desavisada, lo reconocemos, contribuye a la comprensión de un fenómeno – comprobado – nada efímero e insustancial. Labor que incluye el acopio de las evidencias de una época que, fatal costumbre, pueden traspapelarse, confundirse o perderse.

@LuisBarraganJ

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