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La avaricia, la miseria y las migraciones

Cuantas veces el tema es abordado la silvestre ignorancia asegura estar en presencia de un enunciado comunista. Así detractores y feligreses de Marx. Pero cuando Jesús de Nazaret echó del Templo a los mercaderes, hambreadores del pueblo judío, faltaba mucho trecho para que Marx enredara al mundo con su teoría socioeconómica. Pero la avaricia, tan longeva como el inicio de los tiempos, ya alimentaba la miseria.

La avaricia no permite que la gula crematística del mercader sea saciada. Lo incitó a la creación de corporaciones que ejercen absoluto dominio sobre la economía. Tanto, como hasta para distorsionarla. Manejando con destreza la publicidad, estimuló falsas necesidades en la vida cotidiana, antes modesta pero distante de la miseria. Cuando un producto arroja los beneficios previamente estimados, lanza al mercado una nueva versión a precio muy superior, condenando a prematura obsolescencia al que comenzó a ser novedad hace menos de seis meses. De suerte que para “estar al día” es menester cambiar de aparato (vehículo, cocina, teléfonos celulares, etc.) cuantas veces inunden el mercado con uno nuevo. Imposible resistir lo ofertado con masiva y conminatoria publicidad, mediante estribillos con efecto de “jab” al mentón. “LLAME YA”, es ejemplo de los malos procederes publicitarios.

Hoy los países desarrollados están sufriendo los efectos de una crisis humanitaria de añeja gestación. Quienes dieron concreción al desarrollo económico capitalista, con logros sociales e institucionales incluidos, han sumido a la sociedad planetaria en serios aprietos, gracias a la indolencia innata del avaro. La distorsión de los mercados impulsó los desequilibrios económico-sociales, dando impulso al crecimiento exponencial de la marginalidad y la inestabilidad política, al fortalecimiento y avance del extremismo islamista y su penetración en Occidente.

Ocurre que los capitanes de la industria, a pesar de la mano de obra esclava disponible, o quizás por eso, no hicieron inversiones de importancia en plantas industriales y menos en educación que, con la sumatoria de valor agregado, rescatara del atraso a los países por ellos dominados; se dedicaron sólo a la extracción de minerales, hidrocarburos y a la explotación agropecuaria pagándolos a precios viles, mientras los trabajadores y con ellos todas esas naciones, se hundía en la más espantosa miseria.

En el colmo de la gula crematística mudaron sus centros de operaciones. De pronto los africanos se tornaron más que molestosos violentos o la materia prima se hizo escasa; o los centroamericanos, influidos por la prédica de los derechos humanos en democracia, se hicieron indóciles. Entonces, ¿qué hacer? se auto-interrogó el dueño de una afamada explotadora de materia prima. La respuesta fue tan “simple como un anillo”. En China tenemos una dictadura política con libertad económica para el capital nacional o extranjero, más el derecho a mano de obra en condiciones de neo-esclavitud. Y aquí y así estamos, presenciando la tragedia de las migraciones. La del suicidio colectivo de quienes se echan a un proceloso mar o aventuran por los desiertos: del Sahara o el de Arizona para “atrapar el sueño” de vivir dignamente, como corresponde al ser humano.

Frente a tanta desolación, toca a la ONU convocar a un Gran Convenio mediante el cual los países desarrollados aprueben leyes que obliguen al gran capital a incorporarse a la lucha contra la miseria que azota al África, a Centroamérica y otras zonas del mundo, reorientando sus inversiones hacia esas depauperadas regiones. Es la fórmula que permitiría anclar en sus países de origen a poblaciones sin esperanza, de arraigarlas en lo profundo de su espacio telúrico. En fin, el único proyecto que podría derrotar la miseria generadora de la violencia que agobia a la sociedad terráquea.

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