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La condena a Leopoldo López

La hegemonía finalmente resolvió anunciar la condena máxima a Leopoldo López, sin duda porque sus jefes llegaron a la conclusión de que eso era lo que mas les convenía. Todo esto ha sido la caricatura judicial de un proceso político, en el que López ha sido y es utilizado para que el poder trate de imponer el principio de transposición –uno de los principios de propaganda goebbeliana–, que busca inculpar a los adversarios de los desmanes, tropelías o crímenes propios, en este caso la instigación y perpetración de la violencia política como un instrumento de intimidación social.

Pero además, el interés por encarcelar a López es muy anterior al 12-F del 2014. Hacía varios años que lo habían inhabilitado, vía las maniobras de la Contraloría, y vía la manipulación política de la judicatura le amenazaban con otros supuestos juicios de diversa naturaleza. Y repito, “supuestos juicios”, porque bajo la egida de la hegemonía despótica, en nuestro país es absolutamente imposible que haya ni siquiera la sombra de una justicia legal en casos de notoria importancia pública. Luego, juicios como tales, tampoco hay. Hay, eso sí, paredones de fusilamiento moral. Carcelazos vengativos. Condenas entalladas a los fines propagandísticos de un régimen cada vez más decadente.

Este es el contexto en el que hay que entender lo que pasa con Leopoldo López. Es obvio, así mismo, que su potencial político ha sido suficientemente percibido por los detentadores del poder hegemónico, dentro y fuera del país, y desde hace mucho tiempo se propusieron limitarle o impedirle que pudiera actualizar ese potencial en el dominio candidatural. Estrategias muy propias de las neo-dictaduras, o dictaduras disfrazadas de democracia, que, por ejemplo, permiten cierta dosis de participación política, pero sometida a los controles que garanticen que no se ponga en peligro el continuismo del despotismo o la neo-dictadura.

La condena de 13 años, 9 meses y 7 días, luce como lo que es: una aberración judicial e institucional. Lo que no debe sorprender en un país que no tiene institucionalidad judicial, esto es, independencia de poderes en el ámbito de la administración de justicia. Lo que ayuda a comprender, por qué todas las denuncias en contra de los jefes de la hegemonía, o de sus protegidos, nunca logran traspasar la barrera de la impunidad oficialista, al mismo tiempo que todas las denuncias en contra de personajes de la oposición política, social o comunicacional, se van canalizando y utilizando según convenga amedrentar, encausar, procesar, enrejar o exiliar.

No por nada es que Venezuela es el país con mayor cantidad de presos políticos, perseguidos políticos y exiliados políticos, de todo el Hemisferio Occidental, con la sola excepción de Cuba. Se dice o escribe rápido, pero se trata de una realidad que no se puede asimilar. No podemos los venezolanos resignarnos a que esa una característica central que nos identifique ante nosotros mismos y ante el mundo. Esa podrá ser la realidad irrebatible de la situación de estos años de mengua, pero la cultura democrática de la nación venezolana exige que ello cambie a fondo y que se pueda avanzar hacia la democracia, el estado de derecho y la convivencia plural.

La condena a Leopoldo López es una puñalada a todas estas legítimas aspiraciones. Pero también es un acicate de las mismas. No hay paradoja. Lo que hay es voluntad de resistir, de luchar, de superar la hegemonía despótica y depredadora que destruye a Venezuela.

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