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La conjura “de los menos”

Hay que decir que la tragedia venezolana plantea un engorroso laberinto: no sólo por la inaudita escabechina económica del país petrolero o la complejidad de la emergencia humanitaria, sino por la distorsión de aquellos valores que hacen viable el funcionamiento de toda sociedad, la pérdida de Auctoritas que deriva en anomia, en imposibilidad para gestionar conflictos civilizadamente mientras se atornilla un autoritarismo cuasi tribal, sostenido en el miedo y la represión; esa dislocación de las reglas más básicas, el extravío traducido ora en aislamiento, en desconfianza mutua, ora en rapiña, antes que cooperación. Intentar maniobrar con tal trastorno mientras se pone el ojo en una ocasional transición podría desalentar a las almas más temerarias. Lo que vendrá -amansar al desbordado engendro que también roba el sueño a los mandones- anuncia un tramo espinoso: quizás tan desafiante como el que implicó pasar de los modos de la política del s.XIX (botín de la puja entre notables, generales y caudillos; dirimida en conciliábulos o sitiada por la sombra tenaz de la guerra civil) a los ideales de una república democrática que, con todo y los tropiezos, comenzó a gestarse en las conciencias de los venezolanos a partir del s.XX.

En efecto, tampoco fueron pocas las trabas que la sociedad enfrentó durante aquellas duras, a menudo brutales etapas. El choque entre luz y oscurana, entre política y antipolítica, entre democracia y autoritarismo no es cosa nueva en nuestra historia. Y es que la insurgencia de la movilización popular que aportó carne, nervio y huesos a aquel afán modernizador, al hambre de nueva era (un espíritu emparentado con los bríos de la generación del 28 o las candelas del octubrismo) también colisionaba con la visión recelosa tanto de gobernantes atraídos por la idea de una democracia “sin masas” o acogida de forma paulatina, como con la de élites cultas que bajo el influjo del positivismo, justificaban la presencia controladora del caudillo entre pueblos “inorgánicos”: pueblos juzgados como incapaces de ejercer su autonomía, “Yo” sin instancia moral, especie de infantes políticos sin apego por las normas, “rebaño humano” -dice Taine- nulo a la hora de decidir sobre su destino. Pueblos inmaduros que, según alegaba en 1919 un ilustrado Vallenilla Lanz, requerían el tutelaje de un gendarme de mano dura y calificado para la tarea de disponer por ellos hasta que pudiesen erguirse, hablar, caminar por sí solos.

Entre golpes y trancos, una voluntad popular reacia a aceptar la guillotina de la uniformidad se veía así sofocada en su conatus, maniatada por el conservador dictamen de quienes preconizaban las bondades de un Estado liberal en lo económico, pero adverso a la participación política amplia o distinta a la del voto censitario, por ejemplo. Zarandeados por los intensos cambios que se dieron durante el trienio adeco, entre 1945 y 1948 (cuando finalmente se consagra el sufragio universal), aquellos sectores afines a las corrientes más radicales de ese pensamiento –la “gente decente”, como se mentaba a sí misma, picada por los prejuicios y la rabia, por el desdén hacia una sociedad plural, de pronto visible, que se organizaba políticamente- siguieron cebando la tesis de que la autocracia respondía mejor al verde talante de una nación como la nuestra. Esa descalificación del gobierno civil, junto a la improvisación y los traspiés, aliñaron el caldo perfecto para la vuelta del militarismo “salvador” y la conculcación del hacer y hablar juntos, la naciente práctica política… ¡cuán infeliz trofeo de la falsa consciencia ilustrada! La promesa de devolver la democracia confiscada «una vez restablecido el orden» sucumbía también por culpa de la regresión.

Si con Maquiavelo afirmamos que el pasado presta espejo útil al presente, toca divisar en nuestra historia esa “lección de las cosas antiguas”, su sugestivo déjà vu. Pues estos tiempos sombríos también cunden en llamados a la “salvación” pública lanzados desde el seno de esa suerte de clubes de nuevos iluminados, paladines de la antipolítica, siempre tocados por el ánimo de la provocación y la sospecha. De allí que amén de la apuesta a milagrosas invasiones, arrimen incluso al debate alguna ladina invitación a adoptar en una eventual mudanza no un gobierno “de los más” -eso que Aristóteles veía en la democracia- sino de un excluyente y “fuerte” gobierno “de los menos”; una “dictadura virtuosa” operada por elegidos, a fin de estabilizar la República antes de “ir a una democracia de verdad”: así de pasmoso suena el salto-atrás, así de descaminado el abrazo a la purga decimonónica.

Sí: la democracia -ese ideal de participación amplia y aglutinante que en Venezuela conoció mejores días- de nuevo es vista por algunos como un “coco”, un lujo que conviene restringir, no un avío fundamental para asegurar justicia, bienestar y progreso. Urge entonces reavivar el reclamo que nunca debió ser desatendido: ¿quién dice que los venezolanos queremos conformarnos con menos?

@Mibelis                                                                          

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