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¿La construcción de la miseria?

Las realidades son inexorables. Sobre todo, cuando se enlodan de desgracias. Y es lo que pareciera estar forjándose en la Venezuela donde decía avanzarse “a paso de vencedores”. Sólo que el tiempo debió degradar el significado de tan inspiradora expresión. No tanto el tiempo cronológico. Como con el tiempo de la política. O sea, el tiempo que aprisiona el significado de los hechos. Pero a favor de las circunstancias que le abren paso a exigencias e intereses que buscan reacomodar el poder dominante. 

Es definitivamente, el curso que traza la historia política para entonces configurar el marco de sus referentes. Por eso, a quienes tienen o manejan el poder político no les resulta difícil manipular las realidades a instancia de sus juicios. Indistintamente de lo razonable, racional o no, que sean sus apreciaciones de lo ocurrido.

Sirva esta una explicación para comprender los ajustes o cambios que permiten a cualquier sistema político, las decisiones que convengan a solicitud de su ideología o proyecto de gobierno. Sobre todo, a regímenes políticos enceguecidos por lo que el poder encausa. Más, si están acogidos a preceptos precarios u ofuscados. Es el problema que ha comenzado a penar Venezuela a consecuencia de los radicales cambios que están aprobándose por la miopía y apetencias del régimen dominante. Particularmente, el que trata de cambiar la concepción democrática del Estado venezolano por la pretensión de un Estado comunal. 

En medio de tales desarreglos, es poco probable que algún estamento o institución pueda escapar. He ahí la razón por la cual las decisiones asumidas en sus ámbitos de coerción e intransigencia, se vean acompañadas de represión, usurpación, chantaje y extorsión. Incluso, soborno. Ni siquiera la educación como ámbito, podría escapar de ello. 

Triste, pero cierto y lamentable. A pesar de lo que su importancia exalta como palanca de desarrollo económico y social. Nada de eso funciona al momento de convencer a un régimen autoritario o totalitario a claudicar ante medidas de obtusa e injustificada razón.

El problema referido, ha comenzado a evidenciar el carácter obstinado de un sistema político distanciado de la aceptación que articula la dinámica funcional de un gobierno regido por el sistema político democrático, con la estructura institucional. Es la conjuración que está por arrasar al sistema educativo venezolano. Pero con fiera incidencia, a la universidad autónoma nacional, su comunidad, objetivos y compromisos. Es acabar con su historia y prospectiva académica.

El problema en cuestión, tiene algunas connotaciones que no se advierten. Menos, a primera vista. Tienen en principio, complicaciones de orden normativo y laboral que el régimen busca solapar con injustificadas razones. Pero que además se ha prestado a que esquiroles, confundidos y desentendidos hagan ver una realidad que desdice de la significación del docente universitario. No del docente convencional que poco o nada reconoce o acepta lo que la Universidad representa en su esencia académica y naturaleza crítica. 

Pero al mismo tiempo, cabe destacar lo que el trabajo profesoral compromete de cara a la disquisición en la que se apoya la teoría económica. Especialmente, al destacar la ley de oferta y demanda como criterio del equilibrio funcional entre recursos y necesidades. Sin obviar, las implicaciones de aquellos sentimientos y valores que determinan en el individuo las satisfacciones que motiva la labor docente universitaria. 

Sin embargo, en los predios de esta explicación, se cuela el asunto político toda vez que el problema acá aludido está ocurriendo en medio de un escenario fuertemente movido por posturas específicamente políticas. Unas, representativas de una clara manipulación que adelanta el régimen a los fines de exhibir una situación de relativo “sosiego” enmarcada por una aparente “democracia”. Pero que en lo cierto, dicha “tranquilidad” no se corresponde con las realidades que caracterizan la dinámica social, económica y política venezolana. Otras, argumentadas con la claridad conceptual y persuasión personal de quienes se anotan a luchar por valores morales, como por la dignidad reivindicada desde una postura firme.

Un análisis comparativo

En el centro de esta realidad, se suscitan condiciones demostrativas de composturas antagónicas. De un lado, están quienes le hacen el juego al régimen sometiéndose a su modo unívoco de arreglar el país. Actúan animados por dudosas convicciones (políticas) del quehacer académico. O porque lo hacen en sintonía con el llamado del régimen en el sentido de ofrecer la imagen de una universidad en consonancia con el desarrollo anunciado en manidos documentos oficialistas. Y promocionado por cadenas de medios oficialistas.

Del otro lado, se hallan quienes consideran que su trabajo profesoral está anclado falsamente. Montado sobre una relación laboral que se halla fracturada por ejecutorias unilaterales del propio régimen. Quienes así lo manifiestan, opinan que las condiciones docentes, tampoco las del país, no se adecúan a las mínimas necesarias para asegurar un proceso de enseñanza-aprendizaje que garantice la formación del profesional requerido para asumir el desarrollo económico en los ámbitos solicitados. 

En cualquiera de los casos, resulta imposible negar que la Universidad venezolana no ha dejado de prestar sus servicios a la nación. Tal como establece la Ley de Universidades: “(…) a ellas corresponde colaborar en la orientación de la vida del país mediante su contribución doctrinaria en el establecimiento de los problemas nacionales” (Artículo 2).

Sin embargo, el régimen tampoco ha dejado de actuar en contrario. Puede decirse que se ha empeñado en arrinconar presupuestariamente a la Universidad autónoma. Así puede inferirse que no se han dado las condiciones, menos ahora, para hacer que el funcionamiento universitario esté a la altura de las exigencias que la rodean. En todos los sentidos. Por consiguiente, no hay salarios cónsonos con el desempeño y dignidad del universitario. Ni para profesores. Ni tampoco, para empleados profesionales, técnicos y obreros. O becas estudiantiles. Y otras asignaciones que redundaban en beneficio del discurrir universitario.

No se trata de azuzar la voluntad como razón que incite la presencia de los miembros de la  comunidad universitaria en sus ámbitos de trabajo. El problema podría evitarse sopesando las condiciones que lleven a reflexionar la situación desde la perspectiva de la disposición física, económica, académica y emocional del universitario. Además, cabría pensar que debajo de todo, el régimen busca encubrir un problema incitado por la aplicación de una ideología perversa y un proyecto de gobierno siniestro.

Sin duda, esta situación afecta al estudiante en su proceso de formación. A ello igualmente incide la adversa crisis de servicios de todo tipo y género. De comunicación, transporte, salud, alimentación y otros de básica complementación, que han agravado la funcionalidad del país. Más aún, en los veintidós años de “revolución bonita”. Peor, en los últimos años.

Pareciera que el régimen busca anclar sus propuestas socialistas en la pobreza física, anímica e intelectual del venezolano. Con marcado sarcasmo, en el universitario. Es lo que su proyecto político-ideológico pauta cuando exhorta a mantenerse apegado a modos de vida zarrapastrosos. Donde ser pobretón, brinda mayores ventajas a su gestión política. 

Así que sin salud, sin economía, sin justicia, sin infraestructura, sin producción, sin escuelas, no hay razón para pensar y motivar la formación de médicos, economistas, abogados, ingenieros, geógrafos, administradores, educadores y tantos otros profesionales que exige el desarrollo. 

Todo el panorama que da a conocer el régimen de lo que busca para Venezuela, es demostrativo del profundo miedo que tiene al conocimiento y al saber. A la educación universitaria que infunde progreso y crecimiento. O acaso el régimen, inspirado en su socialismo del siglo XX, trama –solapadamente- acrecentar de manera impune e impúdica ¿la construcción de la miseria?

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