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La democracia, un concepto evanescente

José Tomás Esteves Arria

En el año de 1989, Francis Fukuyama, el notable experto en ciencias políticas, estadounidense-japonés desbordaba optimismo, al escribir su “best seller”,  El Fin de la historia y el último hombre, en donde profetizaba que la democracia y la economía de mercado se impondrían en el mundo entero, porque en aquel año se había derrumbado el muro de Berlín y habían caído como un castillo de naipes, las dictaduras comunistas del Este de Europa. Pero con el ascenso de Ergogan en Turquía y su feroz represión, y hombres ultra-nacionalistas en Hungría y Polonia,  vuelven los temores acerca del futuro de la democracia, como el “sistema de gobierno del pueblo para el pueblo y por el pueblo”, como pontificaba el gran Abraham Lincoln.

La democracia como sistema de gobierno es relativamente nueva en la historia de la humanidad. En efecto,  si seguimos a Herodoto en su tercer libro de su Historia tiene más de dos mil cuatrocientos años cuando apareció por primera vez en la ciudad-estado de Atenas en Grecia, como una forma diferente de gobierno a los terribles despotismos orientales, y monarquías omnímodas de oriente. Los romanos desconocieron la existencia de la democracia pero hicieron valiosos aportes, en su República, en especial la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y la delegación o representación del poder,  primera manifestación de la democracia representativa.

A continuación, se estableció después de varios siglos en otros países de Europa Occidental como Inglaterra, nación que poseía uno de los parlamentos más antiguos, y otras naciones como Francia que tuvo una violenta revolución para instaurar una república. Sin embargo, fue la independencia de Estados Unidos la que posibilitó la creación de la democracia en el continente americano y en la actualidad es una de las más sólidas  y antiguas del mundo.

En el estudio sobre la evolución de la democracia se ha distinguido el profesor Giovanni Sartori, de la Universidad de Florencia.  En efecto, después de la segunda guerra mundial a pesar de haberse instalado la democracia como sistema político mayoritario en todos los países de Europa, y que todos los actores en las luchas políticas la habían aceptado como única forma de gobierno deseable, se ha notado un vaciamiento de su significado convirtiéndose en una forma aplicable a cualquier cosa.

Este vaciamiento o erosión semántica, según nuestro investigador se debe a una profunda transformación del lenguaje político causado por tres tendencias filosóficas influyentes en el período: el marxismo, sobre todo la escuela de Francfort ( Adorno, Marcuse, Habermas) que trata o se ha apropiado del término, y al mismo tiempo invade con el lenguaje marxista el tema, también existe el relativismo, según el cual las palabras tienen significados arbitrarios y niegan así cualquier diálogo inteligente, dejando el significado de lo que es la democracia a la arbitrariedad y conveniencia, y por último, el conductismo que excluye con su empirismo dogmático toda oportunidad de teorización.

Nosotros le añadiríamos a esta tesis del distinguido académico, el hecho que la democracia tiene tanto prestigio en el mundo occidental, que otras formas de despotismo toman su nombre (República Islámica, República Popular, etc) para justificarse. En Argelia por ejemplo, un gobierno nacionalista, con una élite militar, celebra elecciones manipuladas y siempre se define democrático y socialista. El continente africano está lleno de pseudo-democracias y cripto-tiranias, quizá la más notoria sea el gobierno de Angola donde la hija del presidente es la mujer más rica de África.

Winston Churchill, el mejor estadista occidental del siglo XX, decía que la democracia no era perfecta, tenía sus imperfecciones, pero así y todo, seguía siendo el mejor de los sistemas políticos para manejar las sociedades y sus conflictos. También, se le pide mucho a la democracia, igualdad económica, protección ambiental, etc,  En este punto, el economista Ludwig von Mises, decía al respecto (Acción humana, 1949) que “… la democracia, por tanto no es una institución revolucionaria, sino el medio apropiado de impedir las revoluciones y las guerras civiles. Produce un método de reajuste pacífico del gobierno de acuerdo con la voluntad de la mayoría”.  De igual modo,  Karl Popper,  decía al respecto: “personalmente al sistema de gobierno que puede ser modificado sin violencia le llamo democracia y al resto tiranía”.  José Ortega y Gasset, citado brillantemente por Friedrich von Hayek en Los fundamentos de la libertad, ( Madrid, Unión Editorial, 2008, p. 142)  nos explica a su vez que :

La democracia responde a esta pregunta: ¿quién debe ejercer el poder público? La respuesta es: el ejercicio del poder público corresponde a la colectividad de los ciudadanos. Pero en esta pregunta no se habla de qué extensión debe deba tener el poder público. Se trata solo de determinar el sujeto a quien compete el mando. La democracia propone que mandemos todos, es decir, que todos intervengamos soberanamente en los ‘hechos sociales ‘. El liberalismo, en cambio, responde a esta otra pregunta: quien quiera que ejerza el poder público, ¿cuáles deben ser los límites de éste? La respuesta suena así: el poder público ejérzalo un autócrata o el pueblo, no puede ser absoluto, sino que las personas tienen derechos previos a toda injerencia del Estado

Quizá también debido al gran prestigio político de la doctrina liberal que preconiza el respeto a los derechos humanos, la extensión del sufragio universal y sobre todo la división tripartita de los poderes, a quienes propician las libertades económicas, derecho de propiedad, eliminación de controles de precio, de cambio, acceso al trabajo, eliminación de establecimiento de salarios mínimos, los enemigos de la economía de mercado han inventado el adjetivo neo-liberal como algo peyorativo.

Alexis de Tocqueville el gran liberal francés, creía que la mayor amenaza para la democracia era que los deseos de igualdad socavarán las libertades. También alertaba sobre el déficit de personas especialmente preparadas en las filas de la dirección política implicaba un gran riesgo: permite la actuación y el desempeño de demagogos y oradores carismáticos que pueden alcanzar el poder del pueblo con simples promesas.  El caso de Estados Unidos es emblemático, las élites demócratas y republicanas no supieron explicarle a las masas norteamericanas el beneficio del libre comercio internacional. El famoso muro para evitar el ingreso ilegal a Estados Unidos lo comenzó a hacer Bill Clinton pero no lo publicitaba como se debía. Y hoy por hoy, se tiene miedo precisamente en la nación más democrática del mundo por el comportamiento del actual gobierno norteamericano.

Sea como fuere, la verdadera democracia, es sin apellido, así existe una democracia popular, y hasta una democracia “participativa” en Venezuela, donde los jefes del gobierno toman las decisiones y se la participan a los gobernados, etc.  Tampoco se puede llamar gobierno democrático a un gobierno como el venezolano que todo el tiempo tiene como modelo a la dictadura más antigua del mundo junto con la de Corea del Norte.  Para el gobierno venezolano, el vocablo “pueblo” no se refiere al conjunto de todas las clases sociales sino a un conjunto amalgamado en el que predominan los marginados, los pobres de solemnidad. Así de esta manera las clases medias y altas acaban siendo arrinconadas como opresores y privilegiados, que colaboran con un enemigo externo que sería el imperialismo yanqui. Esta es la manera simplificada de hacer la política que tiene la revolución en el poder.

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