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La educación es la mejor defensa

Durante la era colonial, la educación era privilegio de unos pocos. No obstante, un pueblo aunque no tenga mucha educación, con estrategias y objetivos claros y bien definidos, puede contribuir de manera decisiva y  vital en causas transcendentes para su propio bien. Pero paradójicamente, un pueblo ignorante puede también ser llevado a acometer acciones innobles que le inflijan sufrimiento hasta llegar incluso a poner en riesgo su propio bienestar.

La derrota del imperio español que llevó a cabo el Libertador Simón Bolívar fue gracias a la participación de un ejército de aguerridos soldados, que guiados de manera inteligente por sus líderes, lograron una hazaña histórica, premiada por la libertad y la derrota del despotismo, aún cuando la mayoría de sus miembros no había disfrutado de una buena educación.  Pero vaya paradoja, cuando ocurrió el terremoto de 1812, ese mismo pueblo que engendró a tan bravos soldados,  se rindió a las tropas realistas después de escuchar las arengas de Monteverde  y los mensajes de los obispos, clamando que el terremoto era un castigo de Dios por haber apoyado a los independentistas en contra del Rey y la voluntad de Dios.   Así,  ingenuamente lo creyó todo, no apoyó mas a los independentistas, renunció a la libertad y de nuevo se sometió al despotismo contribuyendo al triunfo de Monteverde y a la pérdida de la primera república.

Esto demuestra que un pueblo ignorante, desprovisto de educación, representa un peligro para su propia identidad nacional, para su sociedad y hasta para la independencia misma del país.  Y valga un ejemplo más. En 1902, por poco no perdimos nuevamente nuestra independencia cuando  las cañoneras de Inglaterra y Alemania, invadieron a Venezuela y ocuparon nuestros puertos solicitando el pago de deudas gubernamentales contraídas por varios gobiernos cuyos líderes, ignorantes de las reglas básicas de buena gobernanza, hipotecaron al país endeudándolo más allá de su capacidad de reembolso, poniendo así en riesgo la soberanía nacional.

Es evidente, que en las dos situaciones, la actitud y actuación del pueblo correspondía a la costumbre que tenía hasta  ese momento. Durante tres siglos, había estado acostumbrado a la sumisión impuesta por un gobierno absolutista, arbitrario y por la Iglesia, obligado a obedecer a Dios y al Rey.  Luego del triunfo definitivo de la independencia, el pueblo y sus líderes, sin experiencia en la sana conducción de un país, comenzaron por violar las leyes y en particular la Ley suprema: la Constitución. Grupos de civiles y militares optaron por disputarse el poder, no por la vía democrática sino a punta de golpes de estado. Con ese aprendizaje, aunado a la herencia colonial, el pueblo se acostumbró a la arbitrariedad, irrespetando las leyes y aceptando gobiernos efímeros, en medio de un ambiente de permanente inestabilidad política, enguerrillamiento y ausencia de formas elementales de convivencia y civilidad.

Lo que se esperaba de los primeros cien años de independencia era la instauración de la democracia y la unidad de un solo pueblo consciente de los valores de respeto mutuo y solidaridad entre ciudadanos,  el desarrollo de un Estado de Derecho, el equilibrio de poderes (Montesquieu), una justicia independiente y el comienzo y consolidación de la costumbre de un irrestricto respeto a las leyes.  Desafortunadamente,  la realidad ha sido otra.  La instauración de la democracia no figuraba entre las prioridades de nuestros primeros líderes.  Sin una misión clara, prevaleció una guerra de cien años entre nosotros mismos que nos desvió del objetivo primordial, la construcción de la República. Pese a todo,  no se puede pensar que todas las acciones de incivilidad jurídica y de desgobierno desplegadas durante los primeros años de existencia como nación independiente, hayan sido dirigidas deliberadamente contra Venezuela. Lo que sí se puede afirmar en base a las razones expuestas, es que simplemente, dichos actores no sabían lo que hacían, eran incapaces de percibir la magnitud del daño que le estaban causando al país, a la sociedad y por ende a ellos mismos.

Así, cuando comienza el siglo XX nos damos cuenta que prácticamente, debemos recomenzar a sentar bases sólidas para la consolidación de la Republica. Pero el momento para ese “recomenzar” cada vez se aleja a la velocidad de un espejismo. Ha continuado la desunión al amparo de un caudillismo residual que dio origen a nuevos golpes de estado hasta 1958. Inclusive la era democrática que se inicia a partir de esa fecha, no escapa a los múltiples intentos de subvertir el orden establecido, poniendo en peligro nuevamente, la soberanía nacional.  Civiles y militares seguían aplicando la experiencia de lo único que habían aprendido, vivir en la arbitrariedad donde la regla es irrespetar las leyes y usurpar el poder supremo que reside en el pueblo, para sustituirlo por gobiernos de facto. La clave de este comportamiento está en la educación. Aunque hasta ahora se ha avanzado muchísimo, especialmente a partir de 1958, se deduce que la educación que  hemos recibido no ha servido para erradicar esa costumbre nociva para la sociedad, vieja de doscientos años.

Para mejorar nuestra suerte debemos comenzar por entender que, civiles y militares somos un mismo pueblo, oriundos de una misma cultura y sistema de educación; no somos etnias peleando por un pedazo de territorio. Nada nos separa, debemos integrarnos a una sola sociedad y juntos reconocer que nos hemos equivocado en la conducción del país y que por ello estamos pagando un alto precio. Somos  los únicos responsables de haber relegado el país a un puesto poco honorable en el concierto de naciones.

Debemos  tomar consciencia que tenemos todo para modernizar al país en lo político, social y económico y llevarlo al rango de país desarrollado.  Esa consciencia debe llevarnos a reconocer que estamos inmersos en un banco de arena movediza que no nos deja avanzar.  Se requiere reconocer que el precario estado de desarrollo en que nos encontramos, solo ha sido posible porque quienes se han colocado en posición de líderes, no se han trazado una misión coherente de gran transcendencia para la construcción definitiva de la República. Ha privado entre ellos, más el interés mezquino por el bienestar grupal que el interés nacional, vicio social que nos persigue hasta nuestros días.  Ante esta indiferencia, el pueblo, huérfano de guía de verdaderos líderes, ha cedido a la tentación de la viveza, a la arbitrariedad engendro de la ignorancia, grillo que nos ha agobiado durante doscientos años.

Afortunadamente este daño no es irreversible. Es reversible con más y mejor educación, acompañada de un fuerte componente de educación cívica para que el individuo desde la escuela aprenda los principios de la democracia y respeto a las leyes.  Solo así se podrá llegar a reducir este pesado fardo a niveles que, de una vez por todas, permita que el hilo constitucional fluya serenamente a través del tiempo durante los siglos por venir. Esta será la mejor manera de rendirle honores al ideal de moral y luces del Libertador y pedirle que con su antorcha ilumine el camino de las futuras generaciones.  Para ello se requiere profundizar el conocimiento y modernización del país. Necesitamos un ejército de ciudadanos instruidos para hacer de cada venezolano un soldado de la democracia y del desarrollo.

Para asegurar este ideal en el largo plazo, es vital llevarlo a la práctica desde la primera infancia.  Así, de manera progresiva iremos cambiando de mentalidad, reforzando nuestra capacidad de pensar y reflexionar y entender lo que significa la letra y espíritu de la Constitución y las leyes, conocer y entender nuestros deberes y derechos como ciudadanos y las formas de cómo defenderlos

Llevemos adelante, por fin, la siembra del petróleo, sembrando el país de universidades, institutos científicos y tecnológicos, laboratorios de investigación, multiplicar el IVICS, el IESA y claro está, la multiplicación de centros de formación profesional con un gran componente de tecnología digital para dar apoyo al comercio, la industria y la agricultura. Es vital la participación de nuestras academias, universidades, centros de investigación científica y tecnológica  y de todas las organizaciones y colegios profesionales en la creación y administración de instituciones universitarias y de nuevos centros de estudios avanzados a través del país. Demás está recalcar que un proyecto de esta envergadura solo será posible si cuenta con la voluntad política y la participación de los entes gubernamentales afines.

Como premio a este esfuerzo tendremos un pueblo educado y dotado de civismo, consciente de su responsabilidad de garantizar la salvaguarda de la democracia y la defensa de la soberanía nacional. Las generaciones beneficiarias de esta enseñanza, irán dejando como herencia la costumbre y orgullo de vivir en democracia y con claridad, verán como comienzan a desaparecer 200 años de engaño, durante los cuales estuvimos creyendo que la “viveza”, quiero decir, la arbitrariedad nos llevaría a un mundo mejor.

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@kuikense

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